lunes 24 de diciembre de 2007
sábado 3 de noviembre de 2007
CONTRICIÓN DE LA ÚLTIMA CRUZ
Ya gime iconoclasta ese cerrojo,
Do, soltando las llaves abrazadas
Con pena o dolor (cándidas e izadas),
Curtido colofón es de gorgojos.
La veo azotada por tenderos rojos;
Miro, veo la ventana avergonzada
Del telón y su obra en tris ajada,
En lágrimas de lágrimas del ojo.
Cielo, te ciernes azul, nervios gruesos,
La calle te remeda en rejas vanas,
Y yo, azul, bajo mis velados huesos,
Siento sin tocar. ¿Sin tocar no sana?
Busco; no a sanas cicatrices rezo.
¿Pecosa o pecadora la ventana?
Vale, 1999.
Do, soltando las llaves abrazadas
Con pena o dolor (cándidas e izadas),
Curtido colofón es de gorgojos.
La veo azotada por tenderos rojos;
Miro, veo la ventana avergonzada
Del telón y su obra en tris ajada,
En lágrimas de lágrimas del ojo.
Cielo, te ciernes azul, nervios gruesos,
La calle te remeda en rejas vanas,
Y yo, azul, bajo mis velados huesos,
Siento sin tocar. ¿Sin tocar no sana?
Busco; no a sanas cicatrices rezo.
¿Pecosa o pecadora la ventana?
Vale, 1999.
jueves 25 de octubre de 2007
HEBEN Tragedia a Cinco Actos
DRAMATIS PERSONAE
Godofredo (Vasallo insurrecto)
Violeta (Cautiva)
Alfredo (Heredero del vasallo)
Flora (criada principal)
Guillermo (el señor del feudo)
Cleofás (el vasallo traidor)
Quirima (la bruja)
Bonifacio
Efrén (criados)
Eliseo
Vasallos
Comensales
Criados
Heraldos
Prólogo
Promedia en la tierra el derecho de usurpar el deber de un tirano venido a menos. El segundo de ese censo, ya menos incipiente según su costumbre, dilucida los preliminares de la conspiración en el decurso de tales ansias. Pero la subsidiaria pugna tiene reos principales que transigen o transcurren, ya no sólo bajo el influjo terrible de una purga sangrienta, sino más bien por el verdadero pulso de la sangre que se derrama en otros infatigables recodos. El principal, aún en su solio, segado por la omnipresente profecía de una bruja, se impacienta en los rigores de la intriga, así demora la vera de su espada que, si se apura, malamente puede coincidir en una vaina que la embote. Mas, siéndole parcial la profecía en sus jornadas venturosas, ya declina hasta el punto predicho aun por la tardanza. Los dos monstruos del paisaje palaciego se acechan; el principal, auxiliado por un espía, se arrellana conforme a su ley y en la excepción busca salvación; el que aspira encumbrarse, ya destrona subrepticiamente las esperanzas del rey. Así la casa del vasallo se cierne oscura, como la bellota del trance, y las intemperies íntimas las tutelan peores subalternos. Allí, una joven, raptada por el usurpador, usurpa sitio entre las flores marchitas de su cautiverio. Su enconada renuencia es castigada por el tirano. Su celadora, a la sazón ya no del cuidado impío sino al de su don de servidumbre, la salvaguarda y aun por complicidad de su enojoso deber no la descuida. Madura está la tierra y no las espigas del socorro[1], para que el rebelde, con el advenimiento de su sucesor, mude la corona en otro linaje. El heredero, venido de barbarie extranjera, ya parece llevar consigo las medallas del porvenir. Se allega al viejo; recorre las huellas infantiles que el desarraigo hubo hundido hasta un fondo aún más palpable. Antes de volver a ceñir el sello de la intriga y la espada de la guerra, descubre, en el permitido recreo de la vid, la joven cautiva. Alucinada ella lo condena, y alucinada se deja disuadir del subitáneo amor del extranjero. Mas, guardándose de ojos de vinagre, lo despacha sin revelar el usufructúo del anonimato. Lo cita a un día cercano en que le vea para seguir viéndole. La cuidadora advierte en el incesto la ocasión de eliminar al tirano con un ardid parricida, y con entusiasmada ignorancia la criatura la secunda. Se pacta una cena en que los más de quienes tributan al rey concurran en afiliación jerárquica. El usurpador en ella preside la vela que todo lo vela. Los platos se distribuyen en el tablón de doble fondo, y el vino pernicioso se escancia en las copas de todos los comensales. Mas la deletérea dosis del insospechado parricida la apura el mismo, en vano espera ver caer al raptor, y sus rodillas doblan para otra fe que ya es perjura de su antiguo afecto. Sale y desfallece sin mostrar al padre su ignorancia mortal. La celadora lo descubre en la maleza furtiva, descubre el odio de quien timado maldice su burlador entre fiebres. Lo socorre en vano y, sintiéndose culpable hasta el oprobio, va por la amante cuyo dolor aun lo empeora. Ya, arrasada por los reproches de su criatura, resuelve ir en pos de la malicia y el truco. Busca la bruja que el rey ya busca. Pacta con ella la cura que ya el rey se persuade de conseguir para sus fiebres, y en la horrible coincidencia la bruja resuelve su venganza, la de conjurar la estirpe de un rey. Así, como la revuelta de un padre desasistido por el hijo, se precipitan todas las incógnitas; el rey se extravía antes que corroborar las ruinas de su reino, y hasta la complicidad de un parricida es sentenciada adversamente. La viuda enfrenta al tirano, encinta busca atarle, pero es cortada al sesgo de la ignorancia. En sangre recae el énfasis y así el nuevo rey prueba su uva hebén, a la vera de un criminal incesto que le deshereda.
A C T O I
Escena 1
(Estancia de Guillermo)
CLEOFÁS
Mi señor, es poco cuanto se ha de decir de vuestro vasallo Godofredo. En la última vendimia, fue entonces la última uva la que redondeó cabalmente el guarismo de esa buena cosecha. Si yo, al crepúsculo de esa savia detenida, me embriagara mientras escruto el vino que en la boca taso, nada veré doble que no sea la nada de dos caras: dos efigies de una moneda que nada a la sazón de su brindis calcula, aunque con igual doblez tintinea. Pero como sabéis, se compra y se vende con mejor trato en tanto se ahorre uno la arenga de encarar esos perfiles. Y, en tiempos tal vez austeros, no ha que gastar de tan precavida hacienda. Pero si lo doble duplica su amenaza mientras al espejo se maquilla, pues contra la hipocresía de su arco, ya que por duplicidad del antídoto, si debéis aguzar escrúpulos, pues sabido es que si nada muestra su flagrancia en contra de vos, es porque tampoco está del lado vuestro y así transige.
GUILLERMO
Luego en otro lado conspira, a favor de una suerte impar.
CLEOFÁS (saca una moneda)
Señor, si queréis se corrobora con echar una volada. Este círculo es antiguo, y su centro, como el de todos los de su especie, es el corazón de una extinta autoridad, con el que ahora nadie compraría un cascarón huero. Mirad como sus dos rases, retrato leal de ningún ceño fruncido imperecederamente, aún al tacto son mellados. Dejemos, pues, que nos confirme su oratoria de Cesar remoto.
GUILLERMO
Callaos, insensato. Dejad que esas plumas escriban su propio testamento. Cual Ícaro no os empluméis con el luto de otra era, pues un enlutado sol os derretirá hasta la cera en donde acuñáis el sello de vuestra incuria. Tampoco vengáis con la rapacidad de un mal albur, pues vos mismo caeréis en el fondo de esa corrupta dieta y una indigestión será vuestro único recreo en el infierno.
(Desenvaina la espada)
Y tanto más verídica se transfigura en carne mi amenaza, que el metal vigente os mancará en el mismo sito en que caigáis en tentación, y ni que vuestra cojera se demude en el ayuno hallaréis otro reposo que no sea en el tormento. Es la vara con que mido lo que amputo o cuanto aun con un simbólico tajo completa mi destajo.[2]
CLEOFÁS (guardando la moneda)
Calmaos, majestad.
GUILLERMO (ciñe espada)
Entonces no me perturbéis. Aun enceguecido por el furor, de una estocada tanteo el blanco que me irrita.
CLEOFÁS
Mi respetuoso consejo es que no os apoyéis mucho en ella, pues también para los más de los monótonos ha sido su báculo. ¿Cuántos cojos rezagados alcanzarían vuestras prisas triunfales para advertiros la adversa premura de traspasar un ajeno quicio?
GUILLERMO
¿Qué decís, tunante?
CLEOFÁS
Que a veces es propicio un paño de lágrimas como la vaina de un filo belicoso, y aun lo primero aventaja otro trámite si el contraste es la paciencia. Si cierto es que con desenvainar una espada ya habéis ganado un trecho, otra porción extrema se consigue con desenvainar, ante la vista de muchos, el rocío de un mal de ojo. ¿Cuánto no se puede promediar en una gradación infinita de ardides, siempre a la vera de esas dos rentas?
GUILLERMO
¿Qué queréis decir, hombre, que os mate con el extremo de mi espada, y luego entinte la extrema insolencia en vuestro llanto, acaso para suscribir cuanto tasáis a vuestra viuda?
CLEOFÁS
Obligadme a no reñir con vos, mas si mi servidumbre aún os ofende yo cambio partido hasta complacer vuestros excesos. Revisad lo que os digo: él hostiliza vuestras sospechas, pero aún no podéis imputarle un desacato a traza de su porte; ni uno al que tengáis que castigar con el rigor de dudas incipientes. Exigidle, más bien, que sus tributos colmen la legitimidad de vuestro sueño…
GUILLERMO (aparte)
O la salvación de mis pesadillas.
CLEOFÁS
Exigidle que cosechas fuera de tiempo indemnicen el estío. Ganaos el voto general de que sus retrasos y reticencias ya os mueven a imponer vuestro derecho, acaso tan parcial como indiscutible. Irritadlo con comparecencias y desplantes tan minuciosos como la maduración del trigo. Con las espigas de su mismo trigal, intrigad entre sus pares. Sé que está por llegar su heredero: me cuentan que sus ignominiosas aventuras de caballero andante bien lo pueden hacer andar un poco más, tal vez hasta la horca. Dejad, pues, que la servidumbre demore en la difamación de tales andanzas. Que en danzas la chusma se diviertan con ese tema; serán la envidia de su prójimo, y éste, por despecho, ruborizará la otra mejilla que sangren en pos de engordar otro chisme reciente.
GUILLERMO
Se me figura que con esa retahíla habéis promediado vuestro consejo. Con mucho habéis dicho bien; lo que es un milagro para alguien cuya única virtud es la servidumbre.
CLEOFÁS
Mis vicios no tienen que importunar sino mi sueño, señor.
GUILLERMO
Aunque también podrían avenirse. Así que despertaos, para que comparezcáis con sus tesoros a tributar mis desvelos.
CLEOFÁS
Sin importunaros, naturalmente.
GUILLERMO
Tanto por importunar a otro madrugador. Ya he de advertiros que os conviene que la procedencia de vuestro consejo instruya su ley allá bajo, y qué mejor disciplina debéis a vuestros importes que la bajeza vuestra, así ningún punto os difamará por delegarlo a otros. Sí, que la turbación de la subalterna casa compita con sus rivales. Desigual será la lucha, si con mi derecho me inclino a principiar la encarnación de vuestra servidumbre, ¿no lo creéis, mi fiel Cleofás?
CLEOFÁS
Y mi fe me mueve a cumpliros en peregrinación…
GUILLERMO
Partid, pues.
(Sale Cleofás)
Que las joyas, a mi frente ceñidas, ya van al frente, y si no me apuro se rezagan mis ansias y la fiebre anticipa sitio en mi frente.
(Se sienta en el solio, mira en derredor, abrumado)
Pero mirad entorno a vos, ¿no estáis sentado donde se os figura que ha de ser? Sí, ya he llegado al punto, tal hubo predicho ella. Veo que los muros me asedian; se estrechan mis dudas, tal hubo predicho en trance.
(Se levanta, desafiante)
Este punto no será mi sol, sino apenas la puntual alba de un longevo devenir, y aun crepusculares son las mieles que endulcen mi larga dicha…
(Oscurece)
Escena 2
(En una estancia de Godofredo)
GODOFREDO
Con el cerco que siembro ya os cerco, tan cerca de vos llevo la cerca que cuando despertéis sólo saltaréis a vuestra pesadilla. ¿Qué sobresalto, pues, palpitará aún entre las púas de mi cosecha? Mientras más siembre, en los límites que me imponéis, más estrecha, también atrapadas entre raíces, se malogrará vuestra muerte. Guillermo, Guillermo, sólo sois un súbdito con corona, mi magnánimo porte no destronará vuestro porvenir, mas mis serviles os trocarán las alhajas por sus escupitajos; con tal pedrería, opaca y blanda, regiréis, constipado, entre las pestilencias de vuestra ruina.
(Entra Flora)
FLORA
Señor, perdonadme que irrumpa así. Pero mirad en mí la urgencia de una criatura que os suplica misericordia.
GODOFREDO
¿Y vos habláis por su condición? ¿Tan mal está que, con maldad o malicia, intercala una embajada subalterna?
FLORA
Tanto porque calla es que su silencio en vano me ha disuadido de no interceder. Soy locuaz, como se sabe, señor, y muchas multas justamente he pagado por el precio de mis profusos mensajes; multas a la que la misma elocuencia imputada se obliga a enaltecer; pues acaso en mora de una servidumbre que nunca os lleva la contraria, os acato siempre. Castigadme, pues, si los excesos de mis temores han proferido palabra y no han callado como la apretada cicatriz que salve a mi niña.
GODOFREDO
Entonces, ¿algo la hiere? ¿Las flores de las que ella es devota? Mirad que sus pétalos son fragantes, pero los espinosos serpentines son los que encumbran la fragancia destilada.
FLORA
No son las flores cuanto la hiere, señor. Más bien el perfume, intercalado con la sospecha de una espina, es un rito al que ella ha dado un nombre providencial. Todas las mañanas se ciñe una guirnalda de flores silvestre que, como premio a mi apremio, se inclinan a la vera de mis atajos; las corto en manojos de docenas y en varias cuentas las llevo a su alcoba. Aunque ha menguado la prisa de sus laboriosos dedos, pálidos en una urdimbre de malestares, se me figura, ay, que con discreción orna su sepulcro. Su silencio, su frugal dieta, el luto prematuro de su desnudez sumergida en las aguas perfumadas de una cuenca… Ay, tal inventario, señor, vacía mis ojos para rebasar mi llanto. Las lágrimas distantes, que caen de tan cerca, son el único resquicio del fulgor extinto de sus ojos. Como una flor se llama, como una flor se nos marchita nuestra adorable y pálida Violeta. Señor, os suplico que conmutéis el cautiverio, oscuro y húmedo, por los apacibles días de la vid. Os suplico que le dejéis cuidar las persistentes flores del viñedo que ya en doquier se descarrían.
GODOFREDO
La rapté de una estancia inmunda, la sustraje de padres crueles que le instigaban con las espinas que ahora ella, contraria a mi favor, tributa. La traje aquí. Le concedí de antemano una gracia en mi casa, rodeándola de vuestros cuidados. La quise para mí lecho, y por ello me apeé de mi rudeza con que la fuerza de mi brazo la trajo en volandas, acaso para ganarme el favor de su femenil reproche. Pacientemente visteis que le di sitio a mi mesa, sus huraños hábitos, y la ingratitud de otros modales fingidos por añadidura, colmaron la espera de mi brindis, muchas gotas casi rebasaban el sudor de mi ira, y por no rebosar un puño no contuve mis lágrimas. Aunque le congratule su signo y le insté un porvenir feliz, ella procedió contrariamente; por eso le castigo.
FLORA
Ella ha venido de un lugar duro, no le confinéis en la dureza de esa alcoba. Señor, mirad sus tiernas mejillas, no es el odio cuanto las abraza así, es la gélida vegetación de transcurrir a la sombra, mientras teje las flores de cuanto se marchita. Vegetar a la sombra de un odio que no es el vuestro, con los rayos del avaro sol tasados en crepúsculos, le hace cavar al ras de malas raíces. ¿Qué floración despuntaría el letargo de su condena, si no es la promesa de un fruto adverso? Al confinarla así, os cerráis vos mismo al entendimiento, y la obligáis a ella que coma del carnoso mal, de cierto con la misma fruición con que Eva mordió la manzana de su amante.
GODOFREDO
¿Osáis blasfemar con un desacato al margen de mis límites, mujer? Bien heredera sois de vuestro ejemplo… ¿o sois la serpiente que instiga a Violeta?
FLORA
No, mi señor. En cambio soy una penitente que os ruega compasión. Dejad que la niña gane su tiempo. Entre los recodos del viñedo, hallaría el horario a cuya observancia os honre.
GODOFREDO
Justo es advertiros de su ingratitud, pues dejadla al sol parece ser otra condena que le broncearía a la luz de su desdén. La muchacha es terca, como quizá habéis alentado vos misma. Sin embargo, tenéis razón en que el recreo de unas horas de intemperie le demuestre que un techo es el atajo de un cielo venturoso. Su fe, que aun por no cumplirse la desespera, necesitará ensayar el vértigo en cada escala que promedie mi techo. Tendrá cuanto le engalane, si sonríe al lado de mis títulos.
FLORA
¿Entonces le dejáis que salga al viñedo, señor? Allí, una barraca ha de guarecer su reposo al ras de mi vigilante orilla. Ya veréis que mejor le sentará el semblante. El follaje sombrío de su mente se atenuará y sus cuidados trocarán tales tallos por las flores de su celo.
GODOFREDO (a distancia)
¿Está enloqueciendo?
FLORA
No, señor. Sólo que no es de cuerdo acorralar su cordura.
GODOFREDO
Qué cuerda afináis cuando vuestra servidumbre desentona, anciana. Iros, pues. Cuidadla mientras ella cuide de las flores. Mirad que se llama Violeta.
FLORA (hace una reverencia)
Señor.
(Sale)
GODOFREDO
Qué tormentoso tesoro puedo salvar de mis botines.
(Entra Bonifacio)
Escena 3
BONIFACIO
Señor, comparezco con la prontitud de la noticia. El rey Guillermo os insta a que aumentéis espigas a la contada cosecha, a que suméis a lo que ya despuntó, y aun ninguna otra demanda compensa sus excesos de exigiros un trigal inexistente para el tiempo ordinario; y nada más a vos exige una cuota superlativa.
GODOFREDO
Le daremos su porción, Bonifacio, pues ya me caso con un ardid. Si os preguntaréis cómo puedo sumar si, en un esfuerzo sumo, el último grano que cae nace en pos de su sola cuenta… pues os digo que ya sembré la duda conforme a quien me insta.
BONIFACIO
Señor, es raro que el estío dé una mejor espiga de cuantas ahora pinchan su cenit.
GODOFREDO
Fue a mediodía que sembré, antes el alba me agobió, mas el crepúsculo es para regocijo de quien lucha en el retumbo de su paz.
(Aparte)
Si, ya veré despuntar las puntas de mis huestes.
BONIFACIO
¿Qué hacemos por de pronto, señor, llevar lo del día mientras preparáis los reclamos de la próxima asamblea?
GODOFREDO
Quedaos aquí. En un rato llegarán vuestros pares, que vuestra impaciencia no sume una cuenta impar.
BONIFACIO
¿Y qué hacer con ellos, puesto que son mis pares que a nones juegan?
GODOFREDO
Por de pronto completar el censo de vuestras servidumbres, eso os nivela a vuestra pregunta. Luego, en razón del conjunto, obrar sin que nada os demore, sin distraeros en nada. Llevaréis la porción a la que tenemos derecho.
BONIFACIO
¿La que se debe, señor?
GODOFREDO
A la que tenemos derecho, bellaco.
BONIFACIO
Bien, señor, pero un derecho así nos torcería el lomo.
GODOFREDO
Si no os alivia el ir erguido en pos de un derecho ulterior, qué tanto os puede alentar la onerosa joroba del deber.
BONIFACIO
Ciertamente que no os entiendo. Pero de cierto que las razones incomprensibles son los ojos por que mejor veo, aunque torvamente insistan en mis deberes, señor… no vaya ser que al espejo sean mal de ojos.
GODOFREDO
Dejad de deliberar cuestiones que no le incumben a la raza de la que desciendes. Quedaos acá, es vuestro deber no llevar la contraria a los derechos que en una recta sin mora os ordeno. Si gustáis que el deber os hostigue, pues ciertamente mi cuidado no escatima la renta de iros espoleando siempre.
BONIFACIO
Entonces, señor, ¿simplemente confió el tributo?
GODOFREDO
Ni más ni menos. Escuchad lo que se os diga, sed corteses, ya que no aún cortesanos. La sumisión vuestra es el tributo que anticipo para Guillermo.
(Aparte)
El primer signo invisible de subversión.
(Se acerca a Bonifacio)
Si os pregunta de mi semblante, contestad parca y sosegadamente. Si insiste en que ampliéis vuestra respuesta, obligándoos con la misma superlativa demanda con que exigió al trigal, contestad con los contados granos que no lleváis. Decidle, pues, que cuanto ha pedido, a razón de su impaciencia, en la tierra apura su prosperidad. Decidle que en la próxima cosecha doble serán las espigas las que despunte y triple la hoces que las sieguen. Si desea que lo indemnice antes con algún tributo intermedio, decidle que muchos varones ya han madurado como el trigo de su tesoro, y con tez oro tintinean más enérgicos. Muchos fueron criados para suplir cualquier déficit. Si acepta la recluta, no discutáis con él un cómputo que os lleve a la imprudencia. Sólo escucháis cuanto tendréis que advertir acá. Que vuestros compañeros os escolten en silencio, pero si veis que sus bocas profetizan ya una vívida herida en vuestro lomo, entonces cicatrizadles el tajo con las raras raíces del camino, mejor sería conjurar sus comisuras con la promiscuidad de vuestro azar.
BONIFACIO
Mejor sería, señor; apuesto a que sí. Yo, como buen supersticioso, siempre guardo combinaciones en la cruz donde desmaya mi bolsa; hojas que antaño fueron talladas en la piedra ruda, cogollos que adormecen los monstruos de los malos sueños, pétalos que enserian virginidades distraídas y polen que hace estornudar otra vez al empolvado enano…
GODOFREDO
Callaos, antes que os constipéis con el repertorio de vuestra vulgaridad. Haced tal he dicho, y, cuanto no se os figure de mi voz, ya remachan vuestras cadenas.
(Sale)
BONIFACIO
Qué señor más señorial, cualquiera diría que no debe observancia a un superior. Señoreal hubiera querido nacer, pero según su plumaje pomposo no es más que un pavo real sin corona… tal vez se lo coman antes de navidad. Ay, que no completen la cena con mis muslitos…
(Mirándose las piernas)
Viéndolos bien, al lustro de estas calzas, no están ni tan mal formados, y a fe que tampoco me calza mal el anacronismo… veo que si no me sirvo de estos muslos de avestruz, bien puedo esconder la cabeza por no huir a tiempo… Aunque si las plumas del tirano prevalecen, yo seré, al tiempo que cómplice servil, el comensal más próximo en su lado siniestro…
(Entran Efrén y Eliseo.)
Escena 4
EFRÉN
Qué hay, Bonifacio. Se nos dice que escoltemos vuestro servicio.
BONIFACIO
La servidumbre es la que debéis escoltar, por lo que subalterno sois de cuanto yo, en guía del grupo, soy encomendado.
ELISEO
Duro es que tengamos que sudar sobre la misma tierra que nos sala.
BONIFACIO
Más duro es que tengáis que ablandar, con llanto o súplicas, a quien restaña el látigo sobre vuestro lomo. Imaginaos cuánto tenéis que llorar, y cuánto que rogar, cuán doloroso para vos la comunión de esa renta, tan lejos el más allá para que el señor suelte el fuste acá. Es mejor que no os resistáis a sufrir, con menos llagas se convencerá quien castiga, el arte es la paciencia de detallar apenas lo mínimo.
EFRÉN
Al menos en un feudo ulterior, en el que señores seremos de nuestro propio tormento, nos aguarda, al fin, la extensión que nos sucede.
ELISEO
Terratenientes, cuando nos tape la tierra… Ya verán esos siervos el rigor de nuestro cetro.
BONIFACIO
Pero cómo podéis pretender una ley propia, si se os enterrarán en donde el señor arruma las cruces de su puntería. ¿A quién regiréis? ¿A quien mengue vuestra hacienda? Luego reinaréis sobre vuestra ruina, pero sólo hasta que os destronen. Ahora os contaré hasta el número que entendáis: según me contó una tía, un anciano, a quienes sus parientes daban por muerto, se le sepultó bajo una lápida ajena, pero apenas por debajo del epitafio. Cuando el hombre despertó de su fúnebre modorra, escarbó con sus miembros embotados la medida con la que unos haraganes le cubrieron, escarbó hasta el fondo de su resurrección. Cuando al fin brotó, cual la primaveral semilla del estiércol, regresó a casa, y todos los concurrentes al sepelio le dieron por aparecido; unos se desmayaron en el corro; la viuda se le figuró que ya lo acompañaba en el otro reino, y, antes que reconocer a su marido, con prisa reparó en las caras de los parientes la corona de quien preside el paraíso…
ELISEO
¿Creyó hallarla en alguna coronilla?
BONIFACIO
No, cómo creéis, tras tanto velar, más bien se le figuró que aquel apagado velorio era el infierno… (Todos ríen)
ELISEO
Bonifacio, ¿recordáis haber visto alguna vez como vuelve los más olvidados?
BONIFACIO
¿Los más olvidados? De cierto que no los recuerdos. ¿Quiénes son que los recordáis en memoria vuestra?
ELISEO
Sois rápido, pero os juro que si olvido el suegro, mi mujer tiranizará mi memoria con peor rigor.
EFRÉN
Accedere naturae partes.[3]
ELISEO
Ella no entendería esa parte que decís, pues a fe que aun con mi ignorancia la cojo in fraganti.
EFRÉN
Sine illum priores partes hosce aliquos dies apud me habere.[4]
ELISEO
Bonifacio, decidle a este truhán que me hable en cristiano, si no quiere que lo crucifique en la marca del silencio; pues habéis de saber que, justo por yo no saber ni la “o” por lo redondo, con otra “x”, y no con un cero, firmo mi amenaza…
(Bonifacio ríe)
EFRÉN
No os ofusquéis, señor. Nada digo contra vos. Dejad a vuestra mujer que sea según su partido: ne expepers partis esset de notris bonis.[5] No os ofendería nunca, ¿acaso no entendéis mi silencio?
ELISEO
Si calláis en latín, pues no. A partes iguales, partes privadas no publican su justicia…
EFRÉN (aparte)
No la cojáis más in fraganti, pues un día la escojo a la vera vuestra.
BONIFACIO (quien los había escuchado con atención, riéndose)
Callaos los dos, pues de silencio os vengo a hablar.
(Aparte)
Actoris partes defendere…[6]
ELISEO
Ya que calláis, Efrén, que las veletas de vuestra boca giren sin atinar la dirección de vuestros pedos.
BONIFACIO (ya severo)
Callaos os dije. Siendo el más gracioso de los tres, ¿tengo que reprimiros?
EFRÉN
Adelante, Bonifacio, que ya de silencio no tenemos que discutir.
BONIFACIO
Declamada sea el refrán, pues debemos partir con el socorro, y a fe que mejor sería que pedir auxilio. Así que debéis cuidaros de no hablar delante de otro que no os obligue como yo, luego sólo por mi voz tendréis voz… ¿Entendisteis, vos, Eliseo?
ELISEO
Si me obligáis, sí. Siempre he sido listo, cuando conviene pensar en los azotes que el desacato implica.
EFRÉN
¿Cómo es posible que tal presuma ser mejor que la torpeza de su justificación?
BONIFACIO
Pues si sois tan apremiante para preguntar así, a lo bruto, más conviene anticipar al menos lo falso, no hay que desairar al impostor… Con vos también va, Efrén; así que solo mi voz os ordena voz. Si un desorden troca la pinta de vuestro silencio, vosotros sabréis que sin desorden ordeno que calléis para siempre. Nuestros serviles hábitos han de llevarse sin recodos, han de ser directos e impostergable en sus prefiguraciones. Así que no vengáis a joder con acertijos ni pullas ni coplas. El ingenio es un lujo retrogrado que el progreso de nuestras votos debe despreciar sin remordimientos. Ahora a marchar, no vaya ser que no seamos en la sermonada de mañana.
EFRÉN (a Eliseo)
Qué serio se pone cuando nos ordena, desordena mis esperanzas.
ELISEO (a Efrén)
Y qué alegre, cuando se burla de nos, me entristece que no respete nuestros chistes.
ELISEO
Genus est, quod plures partes amplectitur, ut animal; pars est quod subest generi, ut equus.[7]
EFRÉN (enojado)
¿De qué especie sois vos que con latín intriga? Decidme, ¿me ofendéis en latín? Pues yo con una lengua más vulgar os respondo, según intriga a mi parte…
(Salen. Oscurece)
Escena 5
(En otra estancia)
GODOFREDO
Con la claridad de este día se encandila el alba, y el ocaso, aun inmune a sus jarabes, no concilia su letargo a la luz de estas vespertinas sombras. Hoy llega mi hijo, el único, el heredero que lejos llevó consigo el patrimonio de su casa. Mujer, ya veréis la condecoraciones de su estirpe. Veréis que los efectos marciales que ciñe le honran para un trono.
FLORA
Viene de lejos, señor. Tan lejos ha dejado sus monedas, que la suerte de haberla trocado por otras lo traen con bien a la casa de su padre. Muy conocido es entre la gleba que una fama ganó como caballero andante, pero se dice que si sigue andando así, le pararán en el mismo sitio donde yazca insepulto.
GODOFREDO
¿Qué decís, mujer del demonio? ¿Cómo os atrevéis, deslenguada, hablar así? Sin son ciertos las murmuraciones que exageráis con vuestra insurrecta servidumbre, aun por flaca os pesará haberlas proferido en la casa en que servís, pues entonces no querríais engordar sino para figurar nada y así sufrir menos. Si me juzgáis severo, ya veréis porque soy padre de mi hijo, y por su rigor extrañaréis mi connivencia.
FLORA
Perdonadme, señor. No os alteréis. Lo que se dice apenas incumbe al ignorante que lo afirma. En esa tierra tan disputada, la servidumbre sólo empuña el cetro que sus adversos tesoros ignora.
(Entra Alfredo)
Mirad, señor, aquí viene vuestro amado heredero.
GODOFREDO
Largaos de aquí, mujer. Iros a ver como retoña la jardinera.
FLORA (a Alfredo)
Señor, seáis bienvenido.
ALFREDO
Padre, dejad que me vea. Flora, si mala fue la venida, repleta de tormentos e incomodidades, ahora la fatiga la torna vuestra bienvenida.
FLORA (con una reverencia)
Señores, permitidme partir lejos, para que os encaréis, padre e hijo, sin la media de mi cara. En este plazo, yéndome lejos, os serviré mejor.
(Sale Flora)
ALFREDO
Padre, esta Flora no despunta. Si ha de tasar un fruto con su lenta savia, brotará para confirmar un luto.
GODOFREDO
Pues es natural bajo este techo los artificios de esta anciana, en los recodos de su lengua a veces halláis el doblez de una buena multa. Pero allegaos. Qué me decís, amado hijo.
ALFREDO
Que el retorno tuvo tantas interrupciones como la partida. Tengo tanto que contaros que quizá me interrumpa un número igual de asuntos.
GODOFREDO
Hablad, hijo, pues ya otro tanto de cifra gemela aguza mi apetito.
ALFREDO
Pues os digo, padre, que cuantos rige Guillermo, están embotados como el arado que conducen. La gente desapegada se ciñe al apero con sopor, e igual abre la tierra para la semilla como para al finado. Pero, qué puedo contar que no hayáis sabido por empeño propio. Mas si puedo contaros la mar de zozobras, y hasta fábulas que se urden para dormir tales náufragos. No sabéis, padre, como indistintas fronteras por doquier se yerguen, cual serpiente tientan el tiento del viajero; y ora os ofrece el fruto de la perdición, ora os acomete con una mordedura fiel a su raza, sin alegoría en su inoculación mortal. Mientras estuve de mercader, pinté tan marcial cual convenía; tan atroz en la defensa como fuese atacado en mi doble fondo. Creedme que los usureros son en el canje tal los enemigos más briosos lo son en el bando contrario. Se gana bien si estáis mejor armado, luego podéis curtir mejor si estafáis a los hostiles. Hay lugares en donde la moneda, cuya efigie es sólo su peso en oro, rueda más que los siervos que se revelan en vano. Lugares, padre, en donde el vértice cierto es el sepulcro, pero ni así alguien se puede arrepentir a solas; sabido es que todos los muertos de una sola peste o un solo fierro, gemelos de muchos, van a taparse en comunión plural. Hay agujeros tan grandes que sólo los rebasan las extintas proles para las cuales fueron cavados. El desorden y la voracidad son los señores que mejor han repartido sus feudos entre la gente bárbara y distante. Ciertamente la regencia de Guillermo es la mejor organizada de cuantas tuve ocasión de comparar.
GODOFREDO
Venid, Alfredo. Estáis de vuelta, ingentes peligros os demostraron que sois el único heredero, cuya excepción corresponde también a mis planes, pues qué otra naturaleza dicta ley con vuestra llegada.
ALFREDO
Qué decís, Padre.
GODOFREDO
Os digo que sois vástago de vuestra estirpe. Así, como vuestros ojos se entornaron en el sopor de crepúsculos sangrientos, habéis aprendido a aguzar la vista en un mínimo resquicio. Virtuosa arte, cuando a través de un hilo de luz se destrama cuanto en el mundo desnuda su violencia…
ALFREDO
Y os digo, padre, que el lío de los homicidas cambia las promiscuas monedas del orbe.
GODOFREDO
Pero por un ojal de metal se debe ver la costura del misterio.
ALFREDO
Resuelto en acuñar a la mitad el signo que administre tales trámites.
GODOFREDO
¡Con qué brillo tintinea el brillo de vuestra inspiración!
ALFREDO
A ver, ¿me compráis un candil a la vista de una mortaja? ¿Turbáis mis ojos, don maravilloso de cuanto me reserva lo sucesivo, con las velas de un sepelio? Pues, sin llevar luto, estoy a oscuras, y así no atino a comprender a la luz de esas cuentas, padre…
GODOFREDO
No, hijo. Para revelaros el luto de quien se esconde, enlodo sus oscuras velas, que henchidas lo llevan al rutilante abismo. De este lado, mientras os miréis al espejo, debéis ver que soy fiel a vuestra herencia, y así el reflexivo rigor, de reflejaros doblemente, nos congratula.
ALFREDO
Excusadme que, aun por verme a ras de vos, no veo una entendida arruga que sobresalga de tal madeja.
GODOFREDO
Ya veréis. ¿Acaso no veis vuestros mismos ojos? Pues, ¿cómo podéis llamaros ciego si llegasteis por perseverancia vuestra al espejo que os pulí? No os extrañéis, amado hijo, de cuanto os rodea, pero aquí la savia cambia. El comercio, insepulto, sólo transige con los buitres que le hostigan, pero con otros efectos he cambiado cuanto aún espera consumar su cambio. Subterráneamente premedito el sepelio de Guillermo, acaso insepulto y al arbitrio de los mismos buitres. Ya os cuento, hijo, la cuenta de esas velas.
(Oscurece)
TELÓN
A C T O I I
Escena 1
(En los jardines)
VIOLETA
¿Qué rocío apacible se adviene a hurtadillas? Mirad como en igual sigilo se reparte en una numeraria estirpe. Ah, las flores de afuera crecen mansas, en cuclillas de sus raíces anticipan un salto lento y laborioso, acaso hasta la cruel y vertiginosa mano que las siega. Los pétalos que Flora llevó a mi cautiverio, mutiladas de su arbitrio silvestre, no crecían más, todo transcurrir no reverdecía en aquellas ocasiones en que yo lloraba, sobre su mal, un mal propio. Sí, mis lágrimas cayeron en sigilo, a la sombra de mi llanto suplían la copiosa ausencia de un rocío precedente. Pero, ¿no lloro ahora, cruelmente librada en estos predios en que la vid destila su porción terrena? ¿Adónde voy si las raíces de mi llanto prosperan en el solio de un paciente revés? ¿Quién puede arrancarse de sus huellas para caminar al margen de una sepultura que se hunde al peso de cada planta? ¿No son los brindis de un raptor, que ahora en derredor veo en sus primarios frutos, las cuencas rebosantes con que es escrutado el talle mío? Mirad, racimos de ojos por doquier… ¿No veo por las órbitas, donde el llanto apenas destila un breve desahogo, que se ahoga mi porción de sal? ¿Con qué cuidado celo los tonos de estas flores, sino con el luto de mi porvenir?
(Enderezando los tallos)
No me guardéis reverencia, porque, tan deshecha estoy, que no puedo imponeros una regencia de dolor. Soy yo, queridas, quien aguarda por vosotras. Creced, la savia os apremia. Creced, que la miel tiene su tiempo y en el alambique de una ponzoña guarda la dosis que me aguarda.
(Murmurándole a una de las flores)
Tú has adelantado a tu prójimo. Dime si una altura superlativa puede llevarte a espalda de tu huella. Mira el campo, ¿qué breve intervalo en mi pesar me hace rehuir para siempre de un pertinaz raptor? No mires arriba… Dime, pues. No eleves oraciones a un cielo tan distante, pues no verás, sino por una fe ciega apenas, un amén diminuto que se aleja mientras más te hundes. Aun por crecer de tus raíces, aventajas en virtud la fe que desflora el cielo. Mira en derredor. ¿Qué breve intervalo? Contéstame… Contéstame…
(Entra Alfredo)
ALFREDO
¿Qué queréis que os conteste?
VIOLETA (en un sobresalto)
¿Quién sois vos?
ALFREDO
¿Es eso lo que me preguntabais antes de conocerme? Pues os digo que mi nombre importa poco si sabéis que soy yo.
VIOLETA
¿Vos?
ALFREDO
Es una pregunta verdadera a la que no puedo ser infiel. Mas he de halagaros el que hayáis de preguntar mejor de lo que os respondo.
VIOLETA
¿Qué buscáis aquí, las uvas que me vigilan? Mirad que si coméis unos de esos ojos, menos imputaciones advertiréis a vuestro señor. ¿Es él que os envía? Pero os pregunto esto otro: ¿Cómo puedo fugarme si la complicidad de estas flores no me quieren escoltar? De cierto veis que están quietas…
(Lentamente y con pena)
Y, sin disuadirlas, yo las secundo…
ALFREDO
Sois generosa al preguntarme sin avaricia. Yo no os doy el nombre, pues no quiero que vuestro prodigo habito tase tan pocas letras. No sé, sin embargo, por qué me censáis a unas iniciales que ya os perturban. Si el juramento de un extranjero os calma, tened como cierto el mío, que por venir de tan lejos no halla su verdad en el desarraigo sino a la vera del retorno. He venido a ver estos nuevos viñedos, y encuentro que el jardín de mis recuerdos infantiles reverdece con la fragancia de otrora, mas un nuevo y maravilloso perfume se impone a mi memoria. Sin haberos conocido antes, no os olvido, mujer. Luego, hacer memoria es deshacer recuerdos que no os honran debidamente. Pero, decidme, mi bella niña, jardinera al parecer de sus virtudes, ¿qué os perturba así, qué monstruosa tiranía se adorna con vuestras saladas perlas? De cierto que ornada así puede figurar como un galán de cualquier encumbrada corte. Mas, aun purgando la flor de una noble juventud, sancionaré con mi espada a quien os oprime así, me volveré contra quien me aventaje en título de ser mi blanco tan claro a mi enconado luto. Decidme, niña, ¿sois de este fronterizo viñedo que para nadie parece trazar un límite? ¿De qué fortaleza venís? ¿Qué padre os veja malogrando su precioso legado? Decidme, ¿es mi arrebato la que os arrebola las mejillas? ¿Teméis? No queméis mis esperanzas con vuestros rubores, dejad que la luz de vuestras mejillas guíe mi tiento… y que vuestros besos, bella, dicten su ley en mis labios.
VIOLETA
No temo por vos, en las mejores palabras habéis probado ser hombre de una palabra, y se me figura que no sólo con ellas, y si como celo de ellas, cumpliréis lo dicho con el rigor de vuestro brazo. Si veis que mis mejillas enrojecen es porque al fin el tono de mis esperanzas se impone, nunca para burlar las de un aliado gallardo. Agostada bajo la sombra de un cautiverio, deliré como los profetas a quienes en mis horas de sobriedad les pedía misericordia y acaso un tributo afortunado de sus vaticinios… Ay, mas pobre de mí, pues no importa ya describiros mi tormento, pues de cierto que ahora veis que la penosa sucesión de ellos os inspira lástima.
ALFREDO
No es lástima la que me inspiráis. Mas si habré de sentir una lástima que me haya de combatir resueltamente, será por mí mismo al no poderos convencer de lo contrario. Lo contrario os tributa un verdadero homenaje, mujer. A vuestra belleza, a vuestro delicado talle, a vuestro cutis dulcemente arrebolado con el fulgor de una energía secreta, a vuestros dedos entrecruzados con la alterna belleza de un credo tenue, a vuestra fragante cabellera, profusa e inextricable para salvación de mis laberintos, honro estos frutos que antaño os espiaban. Si un adverso vino juzgasteis de sus promesas, yo con un brindis futuro torno lo caduco. Pero decidme, ¿qué protector cruel os ha relegado en su hacienda?
VIOLETA
No sabéis cuánto me conmueven vuestras atenciones. Ya no veo consuelos en vuestros cumplidos, pues otra porción cumplen que me placen verdaderamente. ¿Preguntáis que qué celador con ruindad me confina? Muchos, señor, puedo deciros. Tanto que, sólo al padecer el mismo delirio de mis fiebres, podéis contarlos a la vera de relampagueantes tormentos. Uno aquí, otro acullá; si duermo, si velo…
ALFREDO (aparte)
Ah, pobre. ¡Qué belleza así perturbada guarda su equilibrio en apenas un punto!
VIOLETA
Vivo allá, en aquella barraca… antes los muros me perseguían en un solo punto, al que mis pesadillas llamaban lecho. El canto de las piedras, encrucijada de cauces secos, cantaban el terciopelo de un hongo. Sólo un fantasma, que maternalmente se gana la enemistad de su amo, cuida que a mis vertiginosos paisajes no llegue la impaciencia de un perseguidor.
(Mirando con suspicacia alrededor, en sigilo)
Puesto que me cortejáis mientras prometéis vengarme, y así tanta fe pongo a mi devoción, os doy mi amor. El cielo que desde su altura me ha rebajado tanto, ahora me dice tan cerca al oído que conviene que no sepáis más. Iros, mas con amor os digo que os espero en mi cautiverio.
(Empujándolo)
Iros, iros, iros…
ALFREDO
Aquí será vuestro altar.
(Aparte)
Clandestina si os encumbráis en el delirio; más ya os aperéis de vuestra fiebre en pos de regir invicta la fe…
(Sale)
VIOLETA (volviéndose a las flores)
Veis que sobre la tierra otros pasos vienen. Aunque de tierra extranjera, mi amado, del primer golpe, deshizo la yunta que labraba mi pernicioso camino hasta al cielo. Su ternura, venida de un recóndito destierro, me enternece. Todo cambia, señoritas, libertada seré de este predio en que floreció la raíz de un tirano… sí, pero debo cuidarle de que no le descubran, de que no prevalezca inerme en la mira del carcelero… mañana, dijo; sí… tardará tanto en llegar que se me figura un inconcluso ayer el hoy que se demora… seré libre en sus brazos, si sus brazos me cercan… y si en brazos me acerca a él. Libre, libre; y nada a ras de la locura ha de retoñar. Llanto decís, no, no, no son lágrimas los frutos que veis en mis ojos; translúcidos, salados, húmedos, sí, pero fructifican felizmente…
(Girando)
Mirad como sobre mis pies bailo un nuevo himno. Si tenéis fe en que no os abandonaré a discreción de un despechado tirano, os arrancaréis de allí para secundarme. Venid conmigo, girad, girad… él mañana, tras el giro de un sol brillante, vendrá…
(Entra Flora)
Escena 2
FLORA
Violeta, mi niña. ¿Tan ávida estáis de girar en el centro de una turbada alegría?
VIOLETA
No, mujer, ahora los acordes corrigen mi baile, alegremente aprendo de un paso a otro, de una vuelta a otra. Mas me entristecen que las flores a mi cuidado se cuiden de secundar mi tiento…
FLORA (tocándoles los cabellos)
Mi bella. Criatura, si con mis cuidados os pudiera guardar de la tiranía. Os cuido cual más os creo necesario para vuestra fe, mas, aun por vuestro credo, cuido que vuestras oraciones tristes surquen el cielo en vano. Os cuido porque os amo, mas so pena de mi amor también se me ordena que os cuide. Cómo desearía que mis cuidados no contravinieran el origen de su celo. Con igual género mi observancia me divide, y, siendo la misma, me alejo de vos cuando me sentís tan cerca.
(Con los labios casi rozando los de Violeta)
Qué tormento, cuando tan cerca estoy de vos, que la última cerca nos separa. Si escucháis que mis labios os rozan es porque muy lejos de vos beso vuestro retrato. A dúo os cuido y doblemente sufro por vos, en este trío sólo un tercero nos salva, ya que invisible él, que invisible no sea su milagro… Veo en vuestros ojos, apacibles ahora, la sombra de un venturoso brillo. Venid, mi frutal ave.
VIOLETA (ganando otra vez el fulgor)
No es una sombra la que veis cual máscara, es la vivacidad de mis ojos oscuros las que alumbran la nueva ruta de mi llanto, mujer. Vos, ¿no visteis quien partió de aquí, con el halo de una promesa que mañana lo divinizará?
FLORA (con premura)
¿Alguien os importunó, Violeta?
VIOLETA
No, mujer, alguien, a quien ya llamo mi amado, halló la ocasión de ser oportuno tal es propicia mi devoción a él.
FLORA (casi sin respiro)
¿Vuestro amado? ¿Adonde el vino ostenta un vértigo antes que se rebase el colmo cuyo ras aun profana el límite de vuestra memoria?
VIOLETA
Aquí, mujer. Ciertamente no era una aparición hostil, ningún rasgo febril de mis delirios marchitaba su rostro. La pureza de su voz gorgoteaba como un límpido hontanar, sus ojos claros aclaraban cuanto su voz decía. La viril templanza de sus promesas, ora rugientes cual las olas del pedregal, ora crepitante cual la espuma de una orilla salvadora, enaltecía su distintiva talla de viajante.
FLORA (aparte)
Se me figura que describís a vuestro hijastro.
(En voz alta.)
¿Os dijo su nombre?
VIOLETA
Se llamará como lo llame mañana.
FLORA (aparte)
Ah, mi niña. El cruel monstruo también engendró la perdición de vuestras esperanzas.
VIOLETA
¿Qué decís, mujer?
FLORA
No os conviene, Violeta, que nos alejemos más de lo que la distancia nos separe. Si sois apartada de mí, aún más lejos que la vera de nuestra paradoja, cualquier otra tiranía aventajará el cautiverio de hoy.
VIOLETA
Decís mal, mujer… mañana veré a quien libremente llamaré mi libertador.
FLORA (aparte)
Ahora veo que las anónimas pretensiones de un incestuoso os librará de un lazo filial. Luego fiel he de ser con mi derecho, y si el parricida os sigue amando, seréis bien cuidada en adelante…
(Interpelando cuidadosamente)
Si decís que en el confiáis, puesto que improvisó su anonimato sin los apuros de un delirio, confío entonces en que puede reprimir a quien os hubo raptado, al trocar el despecho del verdugo con su propia muerte. Mas aún no debéis denunciar a quien furtivo espera que lo maten, tampoco debéis confesar a vuestro salvador los pormenores que os relacionen directamente.
VIOLETA (escrutadora)
¿Qué completa vuestro discurso, mujer? ¿Qué alevosía os ilumina así los ojos, rigiendo luego la conjunción de mis estrellas? ¿Cómo podéis pretender ventaja en un atentado cuya jerárquica víctima os oprime de antemano? Decidme…
FLORA
¿Acaso con un cómplice cuya intrepidez sólo conoce vuestro amor? Pues basta, mi niña, que sea así, y que vos creáis aún más por la fe que le tengáis. Habrá un banquete en casa de Godofredo, asistirán muchos de sus vecinos y otros principales en los que no descuento a quien conocisteis hoy. Según vuestras femeniles descripciones, es de porte caballeresco, así que de cierto asistirá. Sí, ya veréis; con su propia muerte acusaréis a vuestro carcelero…
VIOLETA (adelantándose con atención)
¿Cómo es tal?
FLORA
Muchas savias pulsan una inocua fracción, por separado no completan un tributo mortal, mas si la plenitud de nuestro ingenio las colige en una sola pócima, aderezada con los legítimos deseos de la venganza, su destino enerva una veta cual ponzoña. De cierto que esto haremos: con una seña se macula el plato.
VIOLETA (ya con creciente malicia)
Y tras una subrepticia clave delataremos el comensal ahíto…
FLORA (con pesadumbre)
Sí, mi niña, y si en adelante vuestra libertad no conviene mi servidumbre, entonces yo, aun bajo el yugo de mi signo, os he de libertar de quien os acerque cuanto a la distancia de lo desconocido ya os odia… Si por él sois defraudada, yo de su inconstancia os rescataré.
VIOLETA (girando con vivacidad)
Los acordes de este himno corrigen mi baile. Flores, ya no temáis… venid conmigo. De cierto que vuestros rubores me advierte timidez, y no miedo…
(Oscurece)
Escena 3
GUILLERMO
Numerario ha sido el séquito que envió el infame. Numeraria la porción, pero sin que la cifra profetizara un grano más en el momento mismo del vaticinio. Un trío remitió hasta mi corte… un trío que frente a mí recitó tres veces cuanto se les impartió sin mora. Uno encabezó el coro y los otros le secundaron calladamente. Cleofás, mis demandas tal vez le hostigan, mas la calma es depositaria de un interés secreto. Ninguna reticencia se subleva desmañadamente, y, sin embargo, ya notáis que sospecho un subsidiario móvil por el cual aún me guarda reverencia. El haberlos despachado afrentosamente de mi corte, no castiga el desparpajo de quien los envió…
(Entra un heraldo.)
HERALDO (hace una reverencia)
Señor, permitidme paso hasta vuestro solio…
GUILLERMO
Pasad, heraldo. ¿Qué buenas noticias inviste vuestro porte?
HERALDO
Pues no soy yo quien juzgue propicia la talla que me salva de la intemperie. Decid vos si merezco salvarme de una deshonrosa desnudez. Si el castigo es ir en pelotas, de antemano boto a favor de vuestro voto.
GUILLERMO (severamente)
De cierto os digo que habléis antes de que mande a redondearos la vida en una picota.
HERALDO
Perdonadme, señor. Bien, lo que he venido a decir por mi puede ser mal dicho, pero al menos me aventaja mi buen talante…
CLEOFÁS
Entonces, ¿queréis que os talen antes, bellaco?
GUILLERMO (desenvaina la espada con rabia)
Iréis en bola, pero antes os desinflo en el centro.
CLEOFÁS (interviene)
Señor, calmaos. Es poco conveniente matar un heraldo antes de su prédica, pues, aun siendo buenas lo que trae, mala será la venganza de sus noticias.
GUILLERMO (conteniéndose)
Ahora hablad, tunante.
HERALDO (acobardado)
Señor, que el hijo de vuestro vasallo Godofredo llegó para su regocijo…
GUILLERMO
¿Qué decís ahora, Cleofás; conviene matarlo, puesto que lo dicho me combate?
CLEOFÁS
Ahora las noticias que os dio bien pueden allegarse cual cómplices.
HERALDO (prosternándose)
No, señor. Os suplico piedad. ¡Piedad!
GUILLERMO
Pues marchaos en pelota a darle una vuelta a vuestro cuello.
HERALDO
No os entiendo, mi señor.
CLEOFÁS
Que por celo de vuestro brazo os colguéis de uno con más viril sabia, antes que, en una vuelta, la multa dé alcance a vuestro pudor.
HERALDO
Señor, tengo hijos tiernos…
GUILLERMO
Y con el plazo de vuestras moras mi rabia tuvo nietos.
HERALDO
Señor…
GUILLERMO
Bien, iros… y no tentéis más, que os daré mortalmente en el centro de lo que sois: un cero que redondea su coraje. (Se marcha.)
CLEOFÁS
Como os dije, señor, el heredero estaba por venir. No habéis agotado mi consejo aún. Si pretendéis de su calma una rudeza, difamadle el hijo. Seguid apremiándole como el temor de perder una gran cosecha lo apremia. En la próxima sesión de vasallos, vuestra parcial censura será el partido de la mayoría. Expulsaréis a un enojoso refractario y nosotros a un ostensible vecino. Ahora os dejo, pues una parte también debo cumplir con mis pares. Os dejo en vuestro impar recogimiento. Señor.
(Hace una reverencia y sale)
GUILLERMO
Impar habéis dicho, mas con dos ojos veo cuanto con singular saña me turba… o con dos ojos soy doblemente ciego, siendo la ceguera el único pomo de que echar garra. Ya es hora que remonte nuevas profecías… no queda otro plazo, puesto que nada allana su cuesta. A cuesta cargo cuanto se acuesta con mal sueño…
(Oscurece)
Escena 4
(Otra vez el viñedo)
VIOLETA
El retraso, que no se perdona su prisa, le espolea; yo os perdono siempre. Mirad aquí viene, nombre tenéis que puntual a esta hora me llama. Vuestra promesa vuelve para jurar la fidelidad que, envuelta en la premura de ayer, marchó a cumplir sin falta la tardanza de hoy. Venid, amado, yo os perdono siempre…
(Entra Alfredo)
ALFREDO
Mi bella, aún el cautiverio, llano y expansivo, os abruma. Decidme, pues, si el blanco con el cual mi espada soñó tornar rojo en un solo ensayo se aclara en vuestra mente. ¿Ya simplificáis los monstruos de vuestros delirios? Decidme uno y yo le haré único de una estocada. Si para hallarlo habré de embriagarme con esta cosecha que os apremia en derredor, contad con que contaré al infame entre los dobles que vea. Decidme, pues, si os contentáis que, una vez vengada por la fuerza de mi brazo, os lleve del brazo vuestro, tiernamente vestida con el mismo celo de las caricias vuestras. Dadme los irresolutos folios que vuestros pálidos dedos estrangulan, y en ellos sentenciaré las estrellas que auspician al monstruo.
VIOLETA
Ah, mi señor, a vuestra voz me allego. No conviene exponeros abiertamente, mas os revelaré mi verdugo con vuestro propio tino. Será vuestra saña, la fidelidad de las instancias que empeñéis, las que mejor delaten en plenitud la entereza del muerto. Veréis quien es, como empeora hasta morir; y de un salto conoceréis el nombre y los dolientes con los cuales guarda la afinidad de un luto miserable. De ese azaroso episodio, saldremos a un acto reciente; la fuga de huellas que nos secunden reservará para sí el testimonio de acompañarnos. Marcharemos lejos, acaso a las tierras de las cuales venís, reconoceréis, por las sospechas de mis ojos, cuanto en tiempo tal vez crueles visteis en principio. Venid, amado. No me digáis vuestro nombre antiguo, pues de cierto ya os bautice en la pila de mis aguas, y a la vera de tal fe mi amén coincide con vuestro origen. Pero ahora debemos convenir en que la libertad urde vengar el oprobio.
ALFREDO
Con cuánta excitación, mi bella, me trazáis la talla de una venganza, que aun, ay, con el brillo de vuestros sollozos no alcanzo a distinguir. ¿Cómo, sin conocer a mi enemigo, puedo aventajarlo en vuestras urdimbres, si allá, en esa intrincada virtud, él ya profanó algunos recodos?
VIOLETA
Una clave os daré. Sí, sí, sí, señor, una clave os daré; un dístico, llave y cerrojo contiguos, y vos abriréis el sepulcro.
ALFREDO (aparte)
¿Es su turbada mente la que acentúa su equilibrio?
(Interpelándola.)
¿Cómo ha de ser, mi bella?
VIOLETA
Habrá un banquete al que de cierto asistiréis, pues vuestro porte es de principal. Uno de los comensales, que concurra hambriento, sólo verá pagado su apetito cuando una dosis lo engulla para siempre.
ALFREDO
A fe que no decís mal, pues hay un banquete al que yo concurriré.
(Aparte)
¿Así que el miserable anticipa el censo, y ya parcial lo oísteis entre sus muros? ¿A derecha o a izquierda de quien preside?
VIOLETA
Por principal es siniestro, dadle, señor, el lado huero que convengáis. El monstruo, que central ocupó su hora infame, es parcial a mi odio. Dejadlo a un lado, de un lado espera, pues ya lo veo de reojo. A su sitio llegará la sentencia de soslayo. ¿Acaso mi odio no se trocará en un guiño que aguce la vista de nuestro venturoso porvenir?
ALFREDO
Os rescataré luego. Mas dadme un beso que endulce el amén de mis labios, la fe de nuestras preces necesita de sus ungidos celadores.
(La besa.)
Mirad que los prodigios de esta enervada savia ya rigen sus eclipses en buena luna. Venid, amada… Dadme la clave de esa clave.
VIOLETA (besándole)
De cierto os doy cuanto os niego a todos; y tomo como mejor pago el precio de vuestro animosa boca. Acullá, cuando ya un señorial usurpador caiga entre el consuelo de sus deudos, hemos de partir, hacia el mundo que conocisteis con orgullo. Amos de nuestras alegrías, esclavizaremos tristezas, y, aun siendo exigua la servidumbre, el devoto lujo ornará nuestro dichoso lecho…
ALFREDO (besándola fogosamente)
Querida, la muerte será el alma de quien corrupto tenga cuerpo para emparentar con su bocado…
VIOLETA (mientras lo desviste)
Dejadme que os desnude. Las manos que yo misma oprimí con el infructuoso rezo de aquellos aciagos días, ahora quieren tentaros, palpar suavemente la vitalidad de la cual parten vuestras caricias. Dejadme que os pueda conocer cual sois. ¡Qué dios no profane nuestra enlace con incestuosas bendiciones!
(Oscurece)
Escena 5
(Aclara la escena, aparece Violeta terminándose de vestir)
VIOLETA
Aquí estáis, mujer…
(Entra Flora.)
FLORA (aparte)
Y aun por estar en este mismo paraje que os relaja, casi no soy la misma que miráis…
VIOLETA
Ya he concertado con él el asunto. Como me habéis dicho el asistirá al banquete. Pero, ¿Por qué os entristece cuanto por naturaleza de lo predicho debe alegraros?
FLORA
Yacisteis anticipadamente, mi niña. Un niño tendréis como fruto de vuestra impaciencia. Sí, bien lo sé. Yo, que con guiños de alumbre he burlado muchas veces los deleites del tirano, sé que esta excepción no mide con regla cuanto a término tendrá su medida. Ah, sí, en tales ocasiones adentro se concibe lo que quizá el exterior de una promesa falsa abandona, mas la amorosa vera, que ya es de vos, crece con otra edad y a término bueno abrevia su plazo en el vientre.
(Tocándole el vientre)
Meses que igual celaré, puesto que tampoco me acercan…
VIOLETA
Vuestras dudas me intiman un falso miedo, Flora… No habléis así, mujer. ¿Con cuántas candidez dejamos que las dudas usurpen sitio a nuestras certezas, y así demora el pensamiento que responde por tales lujos usurpados?
FLORA
Escuchadme, si os viene a la memoria el haberme escuchado. Os recomendé tasar las palabras, pues en la economía del significado no os hubierais revelado desnuda, sin la mesura de vuestro verbo. ¿Recordad que os dije que ningún exceso os sobraría para perjuicio, si aventajabais la prisa insensata de ir delante por nervio de una ceguera insensible? Pero no temáis, también lo inverso prueba la cordura, ¿acaso no os grito de tan allá el consejo que os susurra al oído? No temáis, pues a fe que ya conozco a quien, en nombre de vuestra mano, me llama en complicidad. Seguro ya estáis encinta, os congratulo, pues llegaréis a su lecho en cintas primorosamente atadas a él. Venid, no temáis. Alguien verdadero nacerá tan fiel a quien tentasteis con vuestras caricias.
VIOLETA (apremiante)
Sí, mujer. Si tan cierto es que vuestra congratulaciones corresponden a un lazo futuro, si a término de tales atenciones ya conocéis el hombre, para cuyo nombre una mitad concibo, pues ya habéis predicho la resolución de quien me salva. Le revelaré el rival que sólo a los ojos de una venganza consumada habrá de reconocer.
FLORA (aparte)
Revelaréis precisamente aquello contra lo cual él, sin saberlo, se rebela.
VIOLETA
Juramento es el que profiero…
(Tocándose el vientre.)
Y tan cierto de ir a la vera de quien dentro aún calla vuestras bendiciones.
FLORA (abrazándola)
Venid, mi niña…
VIOLETA (separándose súbitamente)
¿Ya tenéis la pócima?
FLORA
Sólo espera que la ponzoña de vuestros versos, de un piquete, delate el blanco.
VIOLETA
En ellos pondré mi arte…
(Oscurece.)
TELÓN
A C T O I I I
Escena 1
(En la estancia principal de Godofredo)
GODOFREDO
Cuando a la vista de vuestros reductos le distingáis, a mis puños enfrentaréis con un puñado de hombres, pero, Guillermo, ¿qué puñado os reservo en mi puño? ¿No fue bajo mi regencia que las más de vuestros hombres crueles fueron criados? ¿No les adiestré bajo las sombra de árboles plantados por los siervos de mi tierra? Soy el padrastro de su crueldad, y ellos ya se guardan del incesto, porque cuántos fratricidas le esperan en los campos que osen envilecer: tribus que venida de afuera se adentrará en su raza hasta sacar de dentro los corazones hostiles. Estoy cerca, Guillermo, y no lo sabéis. En vuestra precaria corte demoráis con los subterfugios de intrigas; tarde veréis mi puño, y de cierto adentro ya se decide vuestra temprana suerte. Para destronaros del título mío, os coronaré con un tajo, pues a fe que os confirmo una corona a vuestra medida, y eterno será el reinado que os mortifique, y lo de nunca también será para vos eterno, y larga la regencia que hinque su cetro para una fe más rapaz. Vasallo me habéis llamado con soberbia; pero hecho polvo del que venís seréis el otro, y el orgullo de un muerto acepta humildemente su destino, así vuestro porvenir condesciende con su corta espera; y luego, como os dije, ab aeterno: seréis el solo súbdito en la fosa de muchos.
(Tocan a la puerta.)
ELISEO (sin abrir la puerta)
Señor, aunque la amenaza a veces colma mi prisa, al pronto os aviso que el señor Cleofás aguarda por vos.
GODOFREDO
Hacedlo pasar, hombre, y marchaos más rápido, no os detengáis, no vaya ser que el ultimátum os pare al punto de demostraros la ventaja.
(Sale Eliseo)
CLEOFÁS (Abre la puerta)
Mi querido Godofredo, cuánto tiempo de diligencias puede demorar un venturoso horario, en que, durante los días de apacible reposo, se venga a visitar a los amigos.
GODOFEDRO
Pasad, hombre. Sin embargo os advierto que no hay reposo cuando se conviene que la paz de los sepulcros no perturbe la paz de los vivos.
CLEOFÁS
Entonces, permitidme que la más de la brega la empeñe yo.
GODOFEDRO
Hombre, contadme del infame Guillermo. ¿Aún contiene su cólera en los brindis de sus intrigas?
CLEOFÁS (riéndose)
No sabéis, señor, el odio insensato que os tiene. No sólo arremetería contra vos, sino que, muy contrario a su carácter, escucha mis consejos con paciencia, acaso para que su aversión supla ensayos rudos por medios más verosímiles de venganza.
GODOFEDRO
¿Así que se distrae el hombre?
CLEOFÁS
Sí, tal hemos acordado. Mientras él cree que os removerá a la vera de vuestros vecinos, nosotros ya mellamos la fe de sus últimos días. ¿Los hombres de la ribera están listos? ¿Un censo insospechado como decís, a espaldas de quienes no son adeptos, aguzan sus bélicas puntas? Ya me imagino las greñas de esos bárbaros, pintarrajeados como las quemaduras del infierno, tal le reclutasteis de la misma fogosa juventud.
GODOFEDRO
Sí, el primer ataque omitirá mi ira. Preciso es que ante la vista de Guillermo, el tumulto parezca ajeno a mi insurrección, aun ajeno a nuestra comunidad.
CLEOFÁS
Mas contra vuestra indiferencia se volverán sus otros vasallos. Tan rápido la parcialidad de vuestra espada debe irrumpir, que el desorden puede tomaros ventaja.
GODOFEDRO
Son unos cobardes, Cleofás. Anticipando las ventajas de su cobardía, convoqué un banquete en donde ellos presidirán su indigestión; el día de mañana serán los cortos súbditos que en sigilo caguen el hartazgo. Quienes figuren en el banquete se avienen mejor mientras mejores crean sus virtudes.
CLEOFÁS
Soy de vuestro dictamen.
GODOFEDRO
Y tal día escucharéis otra porción.
(Acercándose)
Mi hijo llegó, Cleofás, las experiencias de días brutales, y los crepúsculos lejanos en donde la tierra fiera eclipsa a los hombres bajo el sol, le adiestraron cual yo no podía hacer jamás. Mas ahora ofrezco un terreno fecundo a sus estratagemas, cual ningún estéril rival le hubiera cedido en gajes de sus ruinas. Él encabezará la rebelión cuando las huestes de Guillermo se vean azoradas por los “bárbaros.” Con apenas dos cargas su juicio ha de embotar toda resistencia, he allí, entonces, cuando mi sospechosa indiferencia se volverá feroz.
CLEOFÁS
Godofredo, ya habéis adelantado, a la par de mis obligaciones, la vera de vuestra investidura.
GODOFEDRO
Tanto porque al convocarlos antes de la sesión que ya Guillermo amaña, reuniré, en principio, a quienes me adversan menos. Y en testimonio de sus suspicaces arrugas, propondré indemnizar la vejez común de nuestras vecindades. Agasajaré a los concurrentes en nombre de la corte; los convidaré a una mesa oblonga de cuartones devastados en menguante, a una mesa cubierta de un mantel urdido en el telar de la corte. Regaré sus esperanzas, por mojar una trama que haga rendir mejor nuestros cultivos. Les hablaré de aumentar la recluta en la proporción fronteriza de unos distantes bárbaros, cuya primera embajada es la arenga. Y quienes hayan de advenirse a mi fingida sumisión, serán los más diligentes sumisos que medien para la conjura de mis promedios.
CLEOFÁS
Habéis dicho bien. Espero hasta la cena de esa cita, entonces. Me cuido de no emparentar con la glotonería de los ignorantes, luego, con mi frugal ración, me guardo para el brindis del día siguiente…
GODOFREDO
Brindo por ello.
CLEOFÁS
Por cierto, ¿dónde pernoctan las huestes?
GODOFREDO
Aún en mi imaginación, señor… No os apuréis, que ya os imagino mi cercano par, que impar será su suerte.
CLEOFÁS
Bien, yo también brindaré el mismo día. Ya verán las cuencas desheredadas, como nosotros dos nos repartiremos la heredad.
(Sale)
GODOFEDRO
Habláis por vuestro guiño, tuerto, y ya se aguzó un dardo impaciente para cuando despabiléis.
(Entra Flora)
Escena 2
FLORA
Señor, tan pronto como soy, heme aquí, os traigo noticias de Violeta, que mi retiro protege a la saga de sus oraciones.
GODOFEDRO
¿Cómo le ha sentado su retiro?
FLORA
De una tregua huraña, pasó a la laboriosa abstracción del anhelo, luego a la luz, que encandilaba el vértigo de su ceguera, circunscribía los recientes límites que ella palpaba. Tal manecilla que en el retraso tienta el garrote de un piadoso tesoro, así sus trémulas manos redondeaban las faltas de su vista, en la hora siguiente de sus tentaciones, pero piadosas son las esperanza del descarriado, que halla según su espera el pomo de la virtud. Vistió los hábitos en tanto los ceñía en la mora, y, por ulterior a la sincronía, sus dedos llevaron la cuenta de las flores que celaba. Pronto aprendió a hablar sin el acento de aquel cautiverio. Una vez le sorprendí recitando un ingenioso dístico, y con igual rima, ya con menos reticencia, miraba vuestros muros. La misma evolución, con que sus acordes iban alegrando sus guiños, les hacía tornar su mirada cambiante hasta aquí. Ya veréis que la terapia consagrará a la salud vuestra un primoroso premio. Sin que yo la guíe hasta vos, ella, frente a vos, os dirá el lugar al cual me refería. Sí, al punto tendréis sus dulces tardanzas en vuestro lecho.
(Con vehemencia)
No sabéis, señor, como en tan corto plazo ha cambiado. Sus mejillas han enrojecido con la tibieza del sol, y el tono que antaño la ruborizaba ahora le es el grado distintivo de una mejoría. Un tierno bronceado aviva la otrora palidez. El cabello suelto, ya no atado con los nudos de flores marchitas, prodiga un bálsamo a la resolana. Sus pies se plantan con ligereza y no echan raíces en ninguna huella precedente. Toda su gracia sigue el decurso de un baile que crece con gradual tino y se acerca a vos, a vuestra ceremonial espera.
GODOFEDRO
¿Alfredo no la ha descubierto aún?
FLORA
De cierto que no, señor; mientras la celo sólo de flores me habla.
GODOFEDRO
Como presumís, nada le he dicho a mi hijo. En tiempos inciertos vivimos, y es bueno que ya lo sepáis mujer, en que los climas asoman sus lutos amenazantes. Tengo un techo y mil filo que se erizan en tormenta. En este descampado, desenvaino el arado belicoso. Cuando escampe ya sobrevendrá el sosiego de una ceremonia. Aunque no entendáis las señales que el cielo de mis ojos os insta, manteneos en el viñedo con ella, es el único prado virgen después del banquete. Así como las cosechas de esas vides intactas esperan por el brindis de mis copas, tal aguarda mi mujer.
FLORA
Decidme, señor, ¿a partir de cuándo debo moderar esta observancia?
GODOFEDRO
Después del banquete os diré tal al punto transige con vos.
FLORA
Y a vuestro hijo… ¿su escaño en el banquete, lo promueve a otra sucesión?
GODOFEDRO
¿Qué pretendéis de esa pregunta, mujer, sino segar con sus garfios el pábulo de vuestra curiosidad? De cierto que si no os dais por satisfecha, es porque descuidáis mucho la vigilancia que os he ordenado.
FLORA
Ay, señor, si tanto la he vigilado que mi amoratado despecho remeda su nombre para consolarle en el mismo tono contiguo.
GODOFEDRO
Pues no desatéis más la lengua, mujer, porque libre os ceñirá un nudo al cuello. No tentéis más al apéndice que al cabo profiera el último grito de sus recodos, más bien manteneos apegada al pregón que os reserva una solución fija. En cuanto a Violeta, no le digáis nada de estos esbozos. Retratadla en nítida fidelidad, mostradle el espejo de su apacible retiro, en el agua en calma un cielo se calma. Celebrad un banquete en la barraca si queréis figuraros la escena de aquí, mas una vez que os advierta observancia, cumplidla aun sin las trasgresiones de vuestra locuacidad. Ahora, marchaos.
FLORA
Señor, lo que fuere que os aguarde, segura estoy de que vuestro heredero irá en pos de secundaros.
GODOFEDRO (a gritos)
Marchaos, marchaos a vuestras obras de servidumbre. No importunéis más.
FLORA
Os sirvo, señor.
(Aparte)
En un plato os sirvo.
(Sale)
GODOFREDO (en un grito)
Bonifacio, Efrén, Eliseo, venid al punto. (Para sí.) Estos monigotes amenizarán mi énfasis.
(Entran los siervos)
ELISEO
Señor, henos aquí, juntos, gemelos de tres cabezas.
EFRÉN
En trío os podemos repetir el dúo.
BONIFACIO
Yo doy fe de ellos, señor.
GODOFREDO
Os condujisteis con prudencia; la embajada que os encomendé bien la llevasteis a término. Tanta tierra caminasteis que con los mismos pasos habéis medido un sepulcro más profundo, os congratulo por vuestra pericia.
BONIFACIO
Señor, es doloroso tasar la espera con la tierra que me dais, pero de cierto que me duele más, que, siendo del polvo y al polvo yendo, no haya echado un polvo el día de difunto.
EFRÉN
Tenéis razón, Bonifacio, mi mujer me dice que la honra para un día de entierro es no enterrar en el límite de un lecho disoluto. Aunque contrario os parezca que el no tener que enterrar me lastime, me sentí tan desgraciado como si el mismo día, en el límite que me dais en dote señor, y válgame que en tales momentos nadie es incestuoso, hubiera sepultado a toda mi familia.
GODOFREDO
Siendo criados, ¿os empeñáis en proliferar vuestra prole, aun cuando el día de difunto os intima abstinencia?
BONIFACIO
Este bruto quiere, a lo bruto, hacinar una numeraria bastardía en el límite de vuestra generosidad. Yo me quejo, pero éste hace de su queja una fe supernumeraria. Señor, no sabéis cuanto me costó hacerlos callar en el camino, que tuve que amordazarles mientras reverenciaban al rey.
ELISEO
Por qué tenéis que hablar por nosotros de nuestra mudez. Permitidme, señor, callar la parte propia. No en latín, por cierto…
(Se tapa la boca, balbuceando)
¿Estamos de acuerdo, Efrén?
EFRÉN (se tapa los oídos)
Repetid de nuevo.
GODOFREDO
Callaos, tunantes.
(Efrén asiente. Eliseo le destapa los oídos al advertir la rudeza del vasallo)
Ahora os convoco para que salgáis de aquí. Vos, Eliseo, id en pos de quienes os escucharán en confirmación de su destino, y, como os he dicho, no digáis mucho que ellos entenderán que son los principales a mi mesa. Apuraos, hombre, y que vuestro cansancio no omita ningún adverso dintel de los marcados en mi glorioso pórtico.
(Sale Eliseo)
Efrén, llamad a mi hijo.
(Sale Efrén)
BONIFACIO
Señor, mis muslitos son enjutos, no me mandéis a los predios de la bruja, que como ancas de rana los desgajará para un hervido, mejor corro a apuraros la cena de Navidad.
GODOFREDO
¿Qué decís, infame? ¿Qué os hace pensar que yo acuda a un espantajo? Si vuestro despojos os sugiere fantasmas de cocción, id, pues, a que ella os preparé un bebedizo que ablande la abstinencia de vuestra mujer. Ahora, largaos de aquí…
(Sale Bonifacio)
¿Qué visión enrarecida le anima a este insensato a suponer supersticiones en mi porvenir?
(Entra Alfredo)
ALFREDO
Padre, ya que me llamáis, os llamo por el título que os aguarda…
GODOFREDO
Y que, en herencia legitima, os aguarda a vos.
ALFREDO
Sea el bautizo de nuestra estirpe.
GODOFREDO
Es preciso que convengamos las parciales greñas. Después del banquete, otros serán los colores de mi tinta.
ALFREDO
Según he visto en mi destierro, señor, los contratos se sellan en copiosa sangre, y por más que se pormenoricen excepciones y se líen las promesas de los incursos, otros advenedizos incurren de soslayo y aun de frente. Se precisa, entonces, que vuestra tinta, que en el desorden ordena conjurar lutos parciales, también ordene los jerárquicos lutos, según un contrato universal.
GODOFREDO
Sea vuestra espada la que os abra camino a tal magistratura… Venid, amado hijo, ya veis que desde que vuestra madre murió no pensé en otra nodriza para vos que no sea la misma ambición vuestra. Haced familia tal en las suplencia de mis retiros os insto. Permitidme que en el límite de la antevíspera os aconseje más. Bien temprano cogisteis el camino de las armas, llevado con su puntería atinasteis en tierra extranjera, pero, puesto que vos ya hacéis mención, os recomiendo que no soltéis la empuñadura secreta que reservéis en vuestro lecho. Os recomiendo que andéis con recelo siempre. Os recomiendo, hijo, que el oprobioso desorden de espadas ajenas no os retracen cuando os encaminéis con el rigor del cetro.
ALFREDO
Por vuestra magistratura habré de heredar tales dones…
(Oscurece)
Escena 3
(En otra estancia)
ALFREDO
¿Así que la conocéis, mujer?
FLORA
La he visto guarecerse cuando sospecha ser espiada.
ALFREDO
¿Quién ordenaría su reclusión? ¿A quién delegan en su custodia?
FLORA
En principio, señor, pensé que una huraña locura le llevaba a lejanos derroteros. Nunca antes le vi tan cerca, y, viéndole allí en su ahogo, juzgué que la locura, señorial también en su servidumbre, le custodiaba. Con el tiempo transigí trato con ella, le llevé las raciones diarias de un horario que ella espaciaba displicente; mas con el tiempo hasta me habló. Mientras charlábamos, descubrí que la rapidez de sus preguntas respondía por el honor de una mente clara.
ALFREDO
Con grados más bruscos me apercibí de lo mismo, mujer. Alguien la obliga a vegetar para adecuarla al tono de una ceremonia estéril. El vejestorio, cual jardinero, y aun desaconsejado por las raíces de su linaje, larga la criatura sin nudos que compitan con talones inmóviles. Luego, hela sola, a seguro de un miedo patriarcal, pues ¿qué salida está al frente cuando la frente, abrasada por el delirio, lleva por doquier una cruz tan propicia a quien le apunte? Sobre los rincones de donde la raptaron, una profecía de ceniza se cierne como el luto que vela solícitas arañas, y a cubierto de ese arenoso ultimátum ningún auxiliar transciende. Ah, sólo la sumisión de un bastardo sacrifica su único néctar para salvar el tronco común de su desventurada costra.
(Confidencial.)
Como presumís, mujer, nada le he dicho a mi padre, sus asuntos están tan cerca de sus vecinos que un viento de sospecha puede cundir entre esos límites. Quienquiera que imponga tal ultraje, pagará hasta la mora de esos retrasos que me impacientan.
FLORA
Por eso vengo a vos.
ALFREDO
¿Qué decís, Flora?
FLORA (saca un papel de su vestido)
Al contarle que os conozco, me dijo que mi piedad podía abreviar su espera, y esta nota me encomendó que os entregara, a cuya grafía también coincide mi edad de oficiar.
(Le extiende el papel)
Tenedla, tan fielmente os la pongo en vuestras manos, cuanto se precisa el trance de mi lealtad.
ALFREDO (escrutando la caligrafía)
Un dístico.
FLORA
Una clave, según implica mi servidumbre.
ALFREDO
Una clave que no consigue su medio, apenas en el papel la veo perpleja y pálida. Algo añadido os hubo de encomendar con sus dulces labios.
FLORA
Que no sean la acritud de los míos las que adulteren la dosis, luego esto dijo: ‘decidle que al cocinero más viejo, a la sazón también cocinero del rey, debe entregar los versos, pues sus arrugas valen, según es el que preside la mixtura. Es una receta inmemorial que marca el plato primero según la rima del vino. Id, que como mensajera sois vieja y los viejos se arriman sabiamente según la rima. Id, que sólo a la sazón de la vejez se complace a un plural banquete en que el tirano muera. Id, que pinta el vino el semblante final del tirano y no la resaca de un nuevo amanecer’.
ALFREDO
Ahora el asunto se aclara, y cuanto no entiendo en la rima se arrima a la sentencia; luego un terceto remata el soneto. Dejemos, pues, que la tinta ate al cuellos estos nudo que urde.
(Distante)
Mas hay algo que intriga, ¿cómo un cómplice cató de antemano el vino del banquete?
FLORA (disculpándose)
Fui yo quien le dijo tal; lo supe desde que vuestro padre deliraba en secreto, y, quizá por imprudencia como presumís, ay… (mas se me figura que mi trasgresión se anima para bien) le dije que tras una ocasión festiva yo iba guardarme de un peligro, bajo el mismo techo conforme al bien de ambas. Tantas preguntas me combatían en sus interinatos, que hube de rendirme en desventaja de mis respuestas, a la intemperie. Entonces, me dijo que su violado nombre aún no borraba los morados que el ultraje tatuó. Me dijo que el infame de seguro concurriría al banquete, luego me habló de vos, de cómo le habíais conocido, y de vuestra amorosa complicidad. Entre el ir intercalando un punto y otro, al fin me confió la urdimbre escrita de su puño. Yo misma, Alfredo… ay, dios sabe que aun por hacerlo de espaldas a vuestro padre no quiero tronchar en su fiesta más que una rama podrida…
ALFREDO
Tranquila, mujer. Tenéis la licencia de su hijo.
FLORA (aparte)
Perdonadme del incestuoso crimen, mi dios…
ALFREDO
Vos misma preparasteis la pócima, según erais la embajadora de instruirla dentro, ¿no es verdad?
(Aparte)
Ay, ya el eclipse desfavorece el perfil que retrata.
FLORA
Sí, yo misma colegí los cogollos deletéreos en una dosis, y así pinté la última cena, según la edad que me reúne a una vejez tan mutua como servicial.
ALFREDO (como para sí)
¿Banquete cuya copa está marcada con las señas del dístico? Bendigo la ocasión en que venganza, amor y herencia principian mi felicidad en un mismo brindis. Ya veremos esa noche quien es el cobarde que, en lugar de ceñir espada, porta la corona de una intimidad abominable. Destronado por el mismo brillo caerá. Y si otros, a quienes nada de esto incumbe, mezclan en su imaginación una denuncia de complot, entonces serán purgados en la misma mesa, y tras el prematuro sobresalto apuraré el brindis. Sé que el consejo de mi padre favorecerá las razones de mi anticipación.
(Sale)
FLORA (aparte)
Ya las favorece…
(Con pesar)
Ay, ya veremos, también en los rincones de la misma noche, si vos heredáis a vuestro padre, pues sin despedirnos huiremos y las arañas devanarán el sudario de vuestro encono…
(Oscurece)
Escena 4
(En la corte)
GUILLERMO
¿Qué se hizo Cleofás?
SIERVO
No se hizo en vuestra corte, mi señor, pues ya hace que no está frente a vos; en cambio lejos se hizo el enfermo y por mucho tuvo que deshacer la hacienda de lindar con la muerte.
GUILERMO
¿Qué decís?
SIERVO
Que por simular una tos mientras yo lo espiaba en los matorrales, casi se ahoga el vasallo. Su paje, que fue naufrago en dos travesías, lo rescató casi en la otra ribera. ¿Lo mando a buscar, señor?
GUILLERMO
No; no, no… Antes que un consejero melifluo, una desgreñada criatura de los montes es quien mejor se allega a mis esperanzas. Una paciente y tosca cocinera de recetas sombrías. Una que, de caldo en caldo, nutre profecías adversas con cucharadas de estiércol. Una que con mal de ojos bizcos le guiña un ojo a muertes repentinas. Una que de las savias punzantes aguza ponzoña, y que de vísceras incompletas o impares, fermenta la cantinela de un redivivo. Una mujer que, entre la enmarañada intemperie, dormita mientras las arañas rellenan sus turbias cuencas. Una que con estornudos de azufre aviva el fuego. Una mujer, de cuyos corrosivos orines destila la miel de obtusos enamorados. Una mujer, cuyas longevas uñas se hincan de maldición en maldición. Una mujer que con torcidos auspicios hace germinar escamas de monstruos en un caldero hirviendo. Una mujer con espuelas en sus mordiscos y piojos calvos entre sus canas. Al punto llego de anticiparos sus señas. Ya es hora, pues, de que ella reanime el reloj con otros de sus giros… sí, en su lance va mi puntería. Sí, ella, que en el bosque oculta sus canciones y pullas… Sí, vos, traed un recadero.
SIERVO (tartamudeando)
Al punto os lo envío, mi señor.
GUILLERMO
Si antes retrasé la espada, al topar con el punto que antaño la bruja marcó con su báculo (si consumada la porción que hubo profetizado la vieja, apareció el consejero a partir del cual ni los consejos siguen a tientas), ya es hora de que otro venturoso vaticinio adelante un trecho largo sin alcanzar a mi arisca muerte.
(Entra el heraldo)
HERALDO (hace una reverencia)
Mi señor, heme con vos.
GUILLERMO
Marchaos al arrollo, y seguidlo contra corriente. Cuando lleguéis al punto donde abruptamente se estrecha el cauce, veréis en el fondo cristalino el mapa de un deshojado trébol, allí os detendréis a escuchar el gorgoteo del agua. En el murmullo escucharéis el canto de un pájaro que no habéis escuchado antes. Volved, entonces, vuestra vista al cielo, y el primer pájaro vespertino que veáis seguidlo hasta que se detenga en un árbol. Reanudad vuestra expedición hasta el tronco convenido. Del otro lado de las raíces, hallaréis a una vieja en cuclillas, harapienta, nervuda y encorvada. No le habléis, ni desconfiéis de su silencio, tampoco de sus pullas aunque os sacan los ojos ver que tiene razón; sólo tendeos ahí toda la noche, pernoctad lo más del día siguiente bajo la sombra de ese follaje. No cortéis nada del árbol, no matéis deliberadamente ningún insecto que os perturbe. Llevad una ración si presumís que el hambre os turbará la espera. Si la vieja desaparece de vuestro lado, no desesperéis; pues a término de vuestra estancia os recordará la vuelta y ese será el primer prodigio que me vaticine. Seguidla, entonces, no le advirtáis la ruta, más bien id a su arbitrio, secundad su lenta cojera sin azuzarle jamás, y, si veis que el silencio de otrora os fue ventajoso, no despreciéis la renta de callaros. Mas os conviene que no objetéis mis advertencias, pues de cierto os digo, por bien vuestro, que si después de haberme escuchado mancáis vuestra obligación, aun por morir de miedo, renquearás todos los días sin hallar la muerte. Pues mi orden, tal os he recitado según observancia de cuanto escucháis, es un conjuro que os obliga a cumplir u os castiga a vagar eternamente por contrario al cumplimiento.
HERALDO (resuelto)
Mi señor, pronto estaré en el bosque, el itinerario que marcasteis corregirá mis impericias en el arte de escrutar tales prodigios. Ya me veréis de vuelta, en esta misma estancia, tal ahora me veis, pero al lado de la bruja que esperáis.
(Sale)
GUILLERMO
Otra profecía que me anime. Mando a castigar el desacato y ya la mora burla la prisa de mis dones… La bruja, la bruja de mi padre, que de mi abuelo fue doncella. Que venga la repulsiva bruja a advertir su ombligo a la otra mitad del cuerpo vigoroso, hasta la cabeza que todo lo calcula. Si antes la visceral espada me describió el orbe, mientras a zancadas iba cabalgando, ya pienso que es mejor que en adelante los pensamientos ciñan la corona.
(Oscurece)
Escena 5
(En el bosque)
QUIRIMA (cantando)
¡Adonde una verdad fácil engorda
La mentira ojival tallas nos borda!
Así, pues, diligente costurero,
En el sitio vestisteis la traición.
Mas los ojales, mis sepultureros;
Mas alzada aquí, invicta la porción.
(Tronando las manos)
De talla entera y desnuda. Sí, señor… Ay, con una canción de doncella, y cuatro dientes de ajo cariado, se hace reír a una jorobada. Con una canción de doncella y unas plumas de cuervo se puede volar hasta el balcón de una fogosa viuda. Con una canción de doncella y una doncella se adivina la edad de una doncellueca. Ay, pero nada para mis huesos de vieja, que arden al calor de una extinta juventud, se puede hacer con una canción de doncella. Con una canción de doncella pruebo el acre sabor de mis desdentadas ponzoñas… y el resinoso estribillo repite la acritud de mi saliva.
(Ríe)
A muchos he malogrado, bien al dejarles cojitrancos, bien al apagarles la sed en un candelero; mal por consagrarlos a un himeneo pernicioso, mal por reservarles un hijo díscolo y torcido… Sí, si yo fuera ciega el mal de ojo vería por mí, y tan bien hallaría mi camino, que ya verían quienes a tientas yo le guiñe un ojo. Tantas recetas para tantos males, tantas conjunciones para tantas curas… Pero, Quirima, conciliad la formula que os desate los nudos de vuestros dedos. Mirad que a un dolor me ligan, como el pastor ata su oveja descarriada.
(Examinando las especies en derredor)
Es muy temprano para untar rocío en mis soñolientas rendijas. Esta parra bien puede eclipsar al paraíso y así regir un horóscopo verdadero, mas en este sombrío paraje sólo taparía mi desflorado vértice. Ay, qué vieja estoy…
(Cantando)
Plenilunio de la fama,
Tienes punto que menguar;
La vieja por buena dama
Ya no quiere por ti espiar…
(Reparando el pimpollo)
Este cogollo es acre y os frunce la boca como un culo apercibido, y sólo al sesgo alivia los dolores en el solsticio de un solar a la intemperie.
(Con un ritmo íntimo)
Ay, si al agua clara y quieta tuviera que ver mi rostro marchito… pero si dejo caer una lágrima, tan pesadas como suelen ser las mías, corono mi llanto con el orbe de un reino superficial, púrpura que no le sienta al ahogo de cuanto se asienta en el fondo de mis sales.
(Pausa, aguza el oído)
Callaos, alguien se acerca.
(Guareciéndose tras el árbol)
¿El rey, que manda tal heraldo, con vivir su profecía no se conforma? Pues mejorarle el porvenir le costará comprobarlo hasta su muerte…
(Aparece el heraldo en escena)
HERALDO (acercándose con reserva)
Bien, aquel ha de ser el tronco, escalofriantes desde acá se oye el ulular de su savia. Mirad que rugosa corteza, tal si inmóviles escarabajos se rezagan en el ascenso. Estoy en calma. Respiro con regular sucesión, y a la calma de este bosque sincronizo mi vaho. No digáis nada que os perturbe, no recordéis supersticiones probables ni nada que se le parezca. Qué bonitos insectos son aquello que no veo, si os mato es porque no os veo, mas la ceguera os rinde un merecido tributo… creedme que no soy malo, mi maldad no es la que os encuentra para vuestra desgracia, es la ignorancia mía la que yerra en vosotros. Pero no, ni siquiera es ella, pues con qué abnegación me acunó para bien de cuanto debía saber. Ya que no el bien en cada desafortunado paso, pues con bien sólo puedo convenir una mejor suerte, luego es la fiebre que en vuestra tumba hinca su báculo; sí, insectos, es que soy mortal como vosotros y el enemigo común ya nos espolea hasta la muerte… Callaos, ¿acaso no aceptasteis misión sin mutar semblante? Pues id según lo dicho. De cierto no he llegado tardíamente, pues no se agita mi respiración y con sosiego soy impuntual a cualquier retraso que me instigue. Calmaos, estoy bien, es sólo la hojarasca la que cruje, no mis huellas. ¿Qué serán esas hojas que cuelgan de sus ramas, acaso conjuros que sudan en pos de una floración? Callad, hombre…
(Castañeando)
Hache, hache, hache, hache, hache… Callad, hombre, pero si la hache es muda, mudo os dejaré de un hachazo, y luego mudo semblante… ay, si con la misma hacha pudiera truncar ese terrible árbol. ¿Qué digo? No dije eso; el eco me remeda mal. Callad, no digáis más, mas es justo que hable conmigo y me aconseje un poco, antes de emprender un silencio arduo.
(Camina en sigilo. Al descubrirla el Heraldo se tiende temeroso y cierra los ojos)
QUIRIMA (quedamente)
…Mas los ojales, mis sepultureros;
Mas alzada aquí, invicta la porción.
(Tronando los dedos)
Antes que los acordes de una doncella, o un consejero melifluo, necesito un par de huevos hueros que a mano izquierda se encojan.
(El heraldo abre los ojos apremiantes)
También una garganta atragantada hasta los ojos, luego vapor al espejo de quien muere en una noche de fiebre y, en remate de un despecho, zapatillas de un diligente heraldo.
(Bostezando)
Con esa cocción mañana reviviré a quien mutile…
(Cantando mientras dormita)
Para qué en ola te hincas,
Que en tus pies no calza huellas,
Mientras en calma resuellas,
Pues otra por romper brinca…
(Oscurece.)
TELÓN
A C T O I V
Escena 1
(En el banquete. Comensales y criados)
GODOFREDO (presidiendo la mesa)
Señores, bienvenidos. Ocupad el sitio en que se ocupe vuestra predilección. Allegaos a mi mesa, que en ella presidiréis vuestra parte sin que os importune mi hospitalidad. Este techo, que se cierne a una altura constante, al ras también os guarece de otros por cuya intemperie destapan patéticos augurios y sólo se cierran, tal las tinieblas de un ofuscado celaje, a la esperanza. Os digo porque quienes no comen con vosotros tampoco atestiguan vuestra hacienda, ni la fidelidad con que os dedicáis a vuestros límites. Mirad los manjares que os aguardan en una rasante orilla, ¿no son acaso frutos de vuestros labrantíos? Cada vianda, fiambre, pan y licor, ¿no han derivado de la jerarquía de vuestras casas? ¿No habéis tributado al rey cuanto aquí cesa en conmemoración de súbditos devotos? Pues de cierto os digo que quienes con su ausencia se apegan a la incertidumbre de su propia ración, se perderán en el naufragio y en el afán pretenderán vanamente la orilla que vuestros apetitos presiden. Pues qué multicolor pábulo festejará la saciedad de vosotros. Sí, señores, reconocéis el mejor homenaje de que somos propicios a favor de la corte. De cuanto os agasajo, bien sopesaréis el ombligo de vuestras virtudes. ¿Qué ocasión superior no bendice la afinidad de nuestros votos divinos? Mirad el cielo ahora, que a través de esos vanos os muestra las sutilezas ricamente bordadas con su prodigiosa industria. Apenas los ángeles son vestidos con la misma inmaculada celeridad. No os constipéis cuando la luz refresque vuestros ojos, ni toméis de pañuelos los escudos que se bordan en esos vértices. Si os encandila discernir sus milagros, si os enceguece con su revelación y sus auspicios, entonces a tientas busquéis cuanto al paso os conviene. Señores, acomodaos en los escaños principales que os he mandado a labrar. A regir habéis venido, por eso os hablo de asuntos comunes y os oigo al unísono de vuestras preguntas. Heme aquí, cierto es que entre vuestros codos hinco los míos en oración. Como vosotros, la fe me une a mis amigos.
UN COMENSAL
A vuestra convocatoria comparece también vuestro mejor juicio, señor; contento estoy de completar, junto a vosotros, el censo cuya diligencia discuta y salve nuestros límites.
GODOFREDO
Me alegro por vos.
ALFREDO
Quienes con la escolta de murmuraciones se fueron al difícil atajo de un rumor, acaso ahora se rezagan para contar a nadie su baldío testimonio. La sospecha infundada cedió sitio a la inmovilidad, y sólo los estertores de ese intermedio mutan los retrasados espasmos. No obstante, señores, poco conviene que omitamos el voto de sus ausencias, porque ellas si son agradables a esta ocasión; luego no conviene que a la sombra de sus antorchas demos luz a su maldad a no ser para mermarla en el fondo de un caldero. Nuestros vecinos, aun del otro lado, les convienes ser parciales al lado que haya de rescatar su sitio, aunque lejos de nos sea sepultada su prole; pues es una ley el que a los incursos se les castigue aun sin convenir obediencia.
(Aparte)
Ya cumplí con el banquete. Ahora el banquete ha de cumplirme. De cierto que no falta el rabo, que mirándome con el rabillo de su ojo ciego, se ha de sentar para siempre.
OTRO COMENSAL
Caballeros, mi partido no me hace creernos parcialices antes que la asamblea de ordinario nos acalore. Aquellas sesiones administran los legajos que contraemos y la desavenencia con las cuales rara veces colindamos. Dejemos, pues, que tal intendencia oblitere cuanto aquellos usurparon sin siquiera delegar excusas.
GODOFREDO (condescendiente)
El rey presidiría una opinión similar.
(Aparte)
Cuando vosotros seáis vuestros iguales.
OTRO COMENSAL (A Godofredo)
Permitidme, señor, que, tal hubo expuesto vuestro hijo, eche de menos a quienes vuestra hospitalidad extraña; pues, según la ley de asuntos comunes, también suscribo mi parte.
GODOFREDO
Decís con tino, pues igual son de todos los asuntos que nos unen.
(Aparte)
Ya sabré resolver el nudo.
(A la concurrencia)
¿Qué no nos comunicaría más estrechamente que el agua, señores? ¿Acaso no habéis visto que los ríos se suceden sin parar un punto? La sed, en cambio, ¿no se detiene a abrevar en los arroyos?
ALFREDO (aparte)
También en copas envenenadas.
GODOFREDO
Pues que las espigas de nuestras cosechas concluyan lo mismo unánimemente. Reguemos los brotes con la misma agua del vecino; luego las espigas dorarán nuestro reino con el mismo oro.
OTRO COMENSAL
Os secundo sin parar un punto.
(La concurrencia asiente en murmullo)
GODOFREDO
Antes que el ánimo del contrapunto se incline a abrevar precipitadamente, os digo también que debemos contribuir a una recluta más distinguida en su belicoso linaje. Aún de la corte no he recibido las estimaciones que se precisen, ni los efectos con los cuales se les invista a este número incierto de su verdadero don. Mas a fe que ya la perspicacia del rey tasa esas cuentas, así conviene que nos adelantemos, ya que no con mesura, con generosidad.
UN COMENSAL
¿Caballería?
GODOFREDO
Sí.
UN COMENSAL
¿Aún más?
GODOFREDO
¿No alcanzáis a ver que, tras los ventanales de vuestras pesadillas, un dorso se vuelve con fiereza, y su joroba que cabalga en el sobresalto aún es desconocida para nuestra delirante frente? ¿Qué sabemos de ellos, sino lo que los muertos extranjeros no nos alcanzan a decir? ¿Es preciso, entonces, que nos contemos como aquellos extintos nos cuentan a la vera de sus despechos?
CLEOFÁS
Ciertamente es una preocupación que tasa el rey; dentro de unas semanas ya su cuenta contará los votos.
OTRO COMENSAL (entre el murmullo de aprobación general)
Y su sequito le escolta…
(Un criado se adelanta a escanciar el vino)
UN CRIADO
Señores.
(Alternativamente rebasa una a una las copas)
ALFREDO (aparte)
Poned la pócima en su copa, y que en ella florezca lo que se cultivó en tierra… y que la muerte coseche los estériles higos.
(El criado escancia en la copa de Alfredo)
GODOFREDO (levantando la copa)
Brindo con vosotros. Si antes os dije que mis codos, entre los vuestros, se hincaban en oración, ahora elevo el brindis de mi copa hasta la fe que nos incumbe.
TODOS
Brindemos, pues.
(Beben)
UN COMENSAL (catando afectadamente)
El alma de nuestra vid, qué bien nos hará ver doble el paraíso.
CLEOFÁS
Ya os dijo Godofredo, cual os repetirá, faltaba que con probarlo hubierais de probar tal se os dijo en memoria vuestra.
ALFREDO (aparte)
Nadie cae, ay, soy yo quien ha sorbido… lento es el veneno que me mata; con tardanza llegaré a odiar a mi Violeta. Mejor ir a por ella, cruel, traidora… ay, violeta es la vid en que confié.
(A Godofredo, conteniendo su malestar)
Padre, el buen vino ruboriza la resolución de mi cansancio. Permitid que salga a tomar un respiro…
(Aparte)
Estertor dadme el aliento de morir del otro lado.
GODOFREDO
Que esta noche sublunar refresque vuestros desvelos, mas volved cuando ya sus disuasiones no os retengan. Mirad que al amanecer es la alborada…
ALFREDO (aparte)
Y también mi ocaso… ah, padre, vedme partir a la luz de mi menguado entendimiento…
(Sale)
UN COMENSAL
Bebo hasta al fondo por la abundancia.
GODOFREDO
Señores, con unas cuencas de rebosante ceguera brindamos, con nuestras cuencas doble veremos el brindis. Y doble ha de ser, según ya salta a la vista, si vaciamos los ojos que no nos ven…
(Todos ríen. Oscurece)
Escena 2
(Cerca del viñedo, en la oscuridad)
ALFREDO (dando tumbo)
Ay, muero. Pero, ¿adónde me llevan estos pasos envenenados que en tierra aún no echan raíces y afuera ya despuntan? ¿Adónde voy si el atajo de una copa me embriaga dolorosamente? Sí, marchad, Alfredo… al frente daréis con la joroba del monstruo que en blanco os hace mohines. Si una fuerza subsidiaria, terca en su disminución, pugna con su pobre esgrima los reductos que ya gana la ponzoña, que sea para inocularos vuestro germen de venganza con esta púa, mujer.
(Esgrime una daga, la deja caer.)
Ay, Violetas serán las flores de mi sepelio; más que honrado con el luto de mi enemiga, seré burlado con su rubor. Ay, si mi vencido pulso al menos alcanzara a desflorar su impunidad. ¿No pasé noches tumultuosas en lechos en los que la retama de mujeres ajenas endulzó mis labios? A ingentes peligro escapé, y un peligro enmascarado con la inocencia del ultraje vengó mis evasiones. ¿No fui quien con los velos de sus ardides eclipsó la radiante luna en pos de regir un falso horóscopo que me salvara de las turbas? Ahora heme aquí; bajo esa brillante luna cojeo, repto o me arrastro en la figura cambiante de un signo adverso que siempre me comprende. Nueve meses me trajeron a tierra, y el calendario, que sobre este mismo ras mis huellas acompasa, rematará sus nueve meses en el inventario de un abreviado etcétera. ¿Qué es un cautivo? Contestadme vos, que por el anonimato habéis sido birlado, y así os aludieron sin falta. Con cuánta soberbia mellé las dudas de mi orgullo, así he de memorizar las rimas de un epitafio urdido en contra de mi cautiverio… ay, no sabemos qué fronteras comunes miden la talla del sudario. Violeta… sí, en un tiempo le dejé libre, y no cupo en presagios míos… entonces en sus abrazos sacrifiqué mis besos, y mis fogosos brazos hasta abrazaron sus ocultas abominaciones. Todo en ella era simple como su vengativa fe de todos los días, pero yo conseguí solazar mis párpados, acaso ya plenos de vicios vigorosos, en matices menos frecuentes; así, a mis deleites, con brusco y nocivos acordes excitaba. Así me sustraía a un horario trémulo y ambiguo. Ella me birló, y tras su timo, una cruda magnitud del espacio aún irresoluto… y mis vicios y mis costumbres de bruces me embotaron, todas las oraciones de mis anteriores edades en vano señalaron, alzadas al cielo como lápida anónimas, la traición… Mas no es ella la culpable de la costumbre, del vicio desenvuelto en la rudeza. Fue mi carne que sonrío hasta la dentadura de un loco. Mi mano, que hubo eclipsado a muchos enemigos, no pudo amordazar la herida intolerable. No hay justicia cuyas escaleras prolonguen oficios fuera de mí; pues mis culpas con mis daños las engalano (pues mis culpas con mis daños son engalanadas) y mi nueva estancia —moda terrible que corresponde a mi semblante— con la partida de ella, y no con mi marcha intolerable que es castigo, la he de santificar…
(Aguzando la vista. Entra Flora.)
¿Qué veo, otra silueta venda mis ojos? ¿Es la sombra de la muerte que se agranda tal mi pequeñez se acerca al fin? ¿Flora? Flora, infame, vuestro nombre igual es hostil al bautizo vuestro. Con el acto más servil, traicionasteis vuestra abnegada servidumbre. Vuestro nombre, de un rapto, deshonró la otrora reputación que os ungía. Infame.
(Cae)
FLORA (acudiendo presurosa)
Señor. ¿Qué decís, qué os pasa?
ALFREDO
Un dístico, vieja infame… ay, mas mi muerte no rima con mi venganza… lejos estáis de que os ahorque…
FLORA
Ay, dios, el veneno fue trocado, lentamente cambio sitio, y tan filial fue su cercanía. Más contiguas son mis súplicas que las precauciones de un incestuoso homicida… tened misericordia de mí… sois la luz de Violeta, ella, para salvaros, os hallaría a oscuras. Con ella escaparéis mañana… Miradme, no me deis la espalda, que vuestros abrasadores ojos no aparten su lumbre de mis crudos argumentos. Escuchadme, no fue ella la que amputa vuestros lazos… En el vientre un lazo más fuerte, os vengará del tirano…
(Atrayéndolo a sí)
Escuchad… os traeré la devoción de vuestra amante; otra dosis del antídoto vendrá con las artes del desvelo… Calmad vuestro ardor, si el veneno ha demorado en el punto en que la prisa de encontraros tan tarde me trajo a vos, es porque de cierto os salvaréis en el ocaso del enemigo. En dulces brazos, cuya ausencia me amarga, despertaréis…
(Sale Flora. Oscurece)
Escena 3
ALFREDO (delirando)
Violeta, lanzas despuntan en flor… Un reino de mañana… un reino que… Una daga os predigo para vuestro seno… La empuño por última vez, con fiereza tiembla en mi mano, póstumamente le empuño como hubiera empuñado el cetro… decidme… No, no, no supe si era su beso aquel roce que enumeraba mis labios, o si era una cifra impar que prolongaba el ruinoso testamento de mi boca. No supe si dormía sobre mis labios que antes por nada habían de blasfemar, o si era su homicida sueño que besaba ésta, mi piadosa boca con la cual le rendí juramento… Hombres pintarrajeados los veo venir… en mi profecía deliran… y se pintan con los colores de mi fiebre… quién sois, quién anda tan temprano, ¿la que tarde llega? O más bien venís a corroborar mi fin… Veníos, que tiemblo con la daga… y llegáis temprano…
(Entran Violeta y Flora)
VIOLETA (se echa al regazo de su amante, le hace empuñar la daga)
Tomaos, pues, de ese fiero báculo y tantea en mí la verdad, pues verdaderamente os amo y el báculo de vuestra ceguera aquí, en mi seno, es el cetro que el puño mío no reñiría. Venid, que no soy vuestra enemiga. Jamás os malograréis ante mis cuidados… jamás, que es cuanto he de profetizar a vuestros enemigos. Ay, las palabras, aun en defensa vuestra, me traicionan…
(Estalla en sollozo)
Señor, por él fuimos timados. Mi veneno era veloz, mas por su deletérea arte lo redujo en el letargo, no sé si maldecir la mora que os dio alcance en vuestra inocencia o si bendecir ese rezagado punzón, cuya tardanza, ay, escolte la cura. Ah, hora aciaga que pende de su cenit…
(Pausa. Sollozando.)
Mirad, mujer, como la ponzoña se ha vuelto en contra…
(Severamente)
¿No fuisteis vos, quien extraviada como una abeja palaciega, inoculasteis el veneno de mi miel? ¿No instruisteis la rima infalible con la temerosa servidumbre de volveros contra vuestro señor? Mirad, que temerario equivoco refuta vuestros dones; mirad cómo me afligís con la embajada de vuestra locuaz demora. ¿Acaso dejasteis que un desprevenido cocinero improvisara, a la sazón del infame, la sazón de otra dosis y otro escaño?
FLORA
Tales dudas, niña, también me afligen, mas, estando contenidas en vuestras preguntas, os respondo con el amor que jamás os ha sido infiel. De cierto que no se me ocurre cómo pudo trocarse las rimas. No sé qué lira aguzo los dardos en otra dirección… filial. Pero de cierto os digo, y aun me guardo de sus móviles, que Godofredo no computó tal cifra adversa.
VIOLETA (ensimismada)
Callaos, mujer… que vuestra garganta de corneja no proclame vuestro pecado…
(Atusando los cabellos de su amante)
Ay, si al menos su silencio os arrancará la voz unida con la maldad que la produce.
FLORA (sollozando)
Niña, me laceráis; pero pisadme que mis heridas besan vuestros santos pies. A fe que él no morirá. Si mi subrepticio trámite en la cocina aderezó por yerro a vuestras lágrimas, de cierto que yo misma, ya sin mora, os he de indemnizar todo lo más que os haya afligido, así tenga que guisar el llanto de un dios severo para sostener la vera de tal juramento. Niña, conozco una bruja que doncella fue de un rey… muchas fueron las mañas que unas vecinas aprendieron de ella, y todas las argucias que aventajan a sus pupilas os servirán para libraros de este trance. Ahora, en los auspicios de este ulular, salgo a buscarla… ya os traeré vuestra salvadora, así no salve mi alma en el encargo.
(Sale)
VIOLETA (apremiante)
Sí, sí, sí… Anciana diligente, que Dios os acompañe en el camino de vuestra perdición. Marchaos, vieja… ganad la bendición que os tribute un guiño a vuestra alma perdida.
(Volviéndose al regazo de su amante)
Como el fugaz vuelo de un pájaro, labrasteis un río con vuestra vida. A mi vida como labriego distéis vigor. Ahora, un mal vino, turnándose de bruces, rebasa impunemente el brindis del cauce. ¡Qué importa los cálculos, más allá de los signos! ¡Qué importa las rimas, si allá está el crepúsculo como braza, mirad que arde en la ciénega, es alba de cenizas ulteriores! ¡Oh, ciénega de recuerdos, de verdades y caras! ¿Qué tan cara cotiza la efigie su arenga, y cuánto la nariz que respira flores babosas? Vos estáis tendido en la sombra de una luna clara, y sobre la vuestra… una luna mas rutilante me turba. La memoria huye al veros tan pálido, señor. Yo, sin embargo, os recuerdo vuestro juramento. No dejéis que la muerte clave vuestra “eternidad” al patrón de una mortaja ajena. Dejad que los cobardes síntomas, apremiantes en corromper vuestro reposo, huyan por donde sus vellos erizados indiquen, no le retengáis por fuerza de vuestro coraje. Que huyan de horror, de miedo… quedaos, mi valiente. Cuidad que mi coraje os sea cómplice. Ah, con qué ceguera nuestro propio veneno haya el atajo que nos mata…
(Oscurece)
Escena 4
(Alrededor de Alfredo)
VIOLETA (interpelando)
Contestadme con vuestro nombre.
(Entra Flora y Quirima)
FLORA
Violeta, entre las enredaderas que antaño mi imaginación alcanzaba a discernir, os encontré a quien conmutará la pena vuestra por la mía. Esta anciana, docta en mezclar un mundo cuya promiscuidad es hostil, también conjura los rescoldos de enfermedades venideras y aviva la ceniza de males pasados. Confiad en que su arte aventaja al mío.
QUIRIMA
Buscaba una vid, en cuya raíces plantar una planta espinosa; suerte tenéis de encontrarme en la flor de mis viejas plantas.
VIOLETA
Venid, venerable mujer, socorred a mi amado. Mirad que la muerte compite con vuestras virtudes y con ardid os ha tomado ventaja. Venid, poned sobre su pecho un corazón de ruiseñor enamorado, ungid su frente con los óleos de una encina, hacedlo despertar con el pestañeo de un águila, sacrificad el fruto primogénito de una piadosa castidad. Decidme cuántas noches de luna debo amantarle; ay, mujer, colegid a vuestro repertorio las lágrimas que vierto en esta hora aciaga…
QUIRIMA (con senil parsimonia)
Hasta este sitio bien le puede dar alcance la muerte, en una puesta tan rezagada no puede yacer; cerca está de la fogosa alba que un fin principia para perderle. Sí, la muerte le persigue, ya tatúa el revés de un ombligo. Mas de cierto que si lo lleváis lejos, sólo los cuidados de mi cura se allanarían a ras de su rozagante piel. Calmaos, señoras. No temáis, no morirá.
FLORA
¿Adónde ha de llevársele?
VIOLETA
Donde haya de ser, ya en el sitio mis esperanzas me esperan. Démonos prisa…
(Aparte)
Aunque por auspicio del mal, que el bien nos premie.
QUIRIMA
Debemos llevarle a mi cubil. Es un altar lejano adonde la muerte sólo llega para rezar. Estará bien, el bálsamo del camino le aliviarán. Allá lo dejaréis, que antes de que el sol centre el cielo de mañana, os buscará con sus propios pasos. Tomadlo, pues…
FLORA (aparte)
Es la cruz de mi desdicha, mi niña…
VIOLETA
Dulce peso, endulzadme con vuestra cura…
QUIRIMA (aparte)
Como pesa la amarga venganza.
(Salen. Oscurece)
Escena 5
(En el bosque, allí el cadáver de Alfredo)
QUIRIMA (echando repollos en el caldero)
¿Es un hombre belicoso el que quiere ser salvado? ¿Quién toca la puerta de mi cubil con sus huesos? ¿Ya muere quien quiere que una mujer le quiera tan vívido como ella vive? ¿Es simpático el señor? ¿Ceñís ceño como un culo senil? Pues no me guiñéis así, que me caga veros tan serio. ¿Qué le decís al espejo que empañáis? Si pudierais ver el hervor de esta caldero, responderíais cuando menos una pregunta a la cocinera que os está interpelando. ¿Sabéis que mermo en este cacharro una cucharada vuestra? No sé si también tengo que recordaros vuestra memoria con el mismo oloroso veneno que bebisteis. De tan allá se llega sin recordar el acá, acaso acaecido antes de volver a caer en suerte. Os hubimos traído a rastras, hombre. Un trío de mujeres os trajo, un trío que a dúo os lloraba, pues yo en silencio completaba otro dúo. ¿Vuestra absorta duda no
Godofredo (Vasallo insurrecto)
Violeta (Cautiva)
Alfredo (Heredero del vasallo)
Flora (criada principal)
Guillermo (el señor del feudo)
Cleofás (el vasallo traidor)
Quirima (la bruja)
Bonifacio
Efrén (criados)
Eliseo
Vasallos
Comensales
Criados
Heraldos
Prólogo
Promedia en la tierra el derecho de usurpar el deber de un tirano venido a menos. El segundo de ese censo, ya menos incipiente según su costumbre, dilucida los preliminares de la conspiración en el decurso de tales ansias. Pero la subsidiaria pugna tiene reos principales que transigen o transcurren, ya no sólo bajo el influjo terrible de una purga sangrienta, sino más bien por el verdadero pulso de la sangre que se derrama en otros infatigables recodos. El principal, aún en su solio, segado por la omnipresente profecía de una bruja, se impacienta en los rigores de la intriga, así demora la vera de su espada que, si se apura, malamente puede coincidir en una vaina que la embote. Mas, siéndole parcial la profecía en sus jornadas venturosas, ya declina hasta el punto predicho aun por la tardanza. Los dos monstruos del paisaje palaciego se acechan; el principal, auxiliado por un espía, se arrellana conforme a su ley y en la excepción busca salvación; el que aspira encumbrarse, ya destrona subrepticiamente las esperanzas del rey. Así la casa del vasallo se cierne oscura, como la bellota del trance, y las intemperies íntimas las tutelan peores subalternos. Allí, una joven, raptada por el usurpador, usurpa sitio entre las flores marchitas de su cautiverio. Su enconada renuencia es castigada por el tirano. Su celadora, a la sazón ya no del cuidado impío sino al de su don de servidumbre, la salvaguarda y aun por complicidad de su enojoso deber no la descuida. Madura está la tierra y no las espigas del socorro[1], para que el rebelde, con el advenimiento de su sucesor, mude la corona en otro linaje. El heredero, venido de barbarie extranjera, ya parece llevar consigo las medallas del porvenir. Se allega al viejo; recorre las huellas infantiles que el desarraigo hubo hundido hasta un fondo aún más palpable. Antes de volver a ceñir el sello de la intriga y la espada de la guerra, descubre, en el permitido recreo de la vid, la joven cautiva. Alucinada ella lo condena, y alucinada se deja disuadir del subitáneo amor del extranjero. Mas, guardándose de ojos de vinagre, lo despacha sin revelar el usufructúo del anonimato. Lo cita a un día cercano en que le vea para seguir viéndole. La cuidadora advierte en el incesto la ocasión de eliminar al tirano con un ardid parricida, y con entusiasmada ignorancia la criatura la secunda. Se pacta una cena en que los más de quienes tributan al rey concurran en afiliación jerárquica. El usurpador en ella preside la vela que todo lo vela. Los platos se distribuyen en el tablón de doble fondo, y el vino pernicioso se escancia en las copas de todos los comensales. Mas la deletérea dosis del insospechado parricida la apura el mismo, en vano espera ver caer al raptor, y sus rodillas doblan para otra fe que ya es perjura de su antiguo afecto. Sale y desfallece sin mostrar al padre su ignorancia mortal. La celadora lo descubre en la maleza furtiva, descubre el odio de quien timado maldice su burlador entre fiebres. Lo socorre en vano y, sintiéndose culpable hasta el oprobio, va por la amante cuyo dolor aun lo empeora. Ya, arrasada por los reproches de su criatura, resuelve ir en pos de la malicia y el truco. Busca la bruja que el rey ya busca. Pacta con ella la cura que ya el rey se persuade de conseguir para sus fiebres, y en la horrible coincidencia la bruja resuelve su venganza, la de conjurar la estirpe de un rey. Así, como la revuelta de un padre desasistido por el hijo, se precipitan todas las incógnitas; el rey se extravía antes que corroborar las ruinas de su reino, y hasta la complicidad de un parricida es sentenciada adversamente. La viuda enfrenta al tirano, encinta busca atarle, pero es cortada al sesgo de la ignorancia. En sangre recae el énfasis y así el nuevo rey prueba su uva hebén, a la vera de un criminal incesto que le deshereda.
A C T O I
Escena 1
(Estancia de Guillermo)
CLEOFÁS
Mi señor, es poco cuanto se ha de decir de vuestro vasallo Godofredo. En la última vendimia, fue entonces la última uva la que redondeó cabalmente el guarismo de esa buena cosecha. Si yo, al crepúsculo de esa savia detenida, me embriagara mientras escruto el vino que en la boca taso, nada veré doble que no sea la nada de dos caras: dos efigies de una moneda que nada a la sazón de su brindis calcula, aunque con igual doblez tintinea. Pero como sabéis, se compra y se vende con mejor trato en tanto se ahorre uno la arenga de encarar esos perfiles. Y, en tiempos tal vez austeros, no ha que gastar de tan precavida hacienda. Pero si lo doble duplica su amenaza mientras al espejo se maquilla, pues contra la hipocresía de su arco, ya que por duplicidad del antídoto, si debéis aguzar escrúpulos, pues sabido es que si nada muestra su flagrancia en contra de vos, es porque tampoco está del lado vuestro y así transige.
GUILLERMO
Luego en otro lado conspira, a favor de una suerte impar.
CLEOFÁS (saca una moneda)
Señor, si queréis se corrobora con echar una volada. Este círculo es antiguo, y su centro, como el de todos los de su especie, es el corazón de una extinta autoridad, con el que ahora nadie compraría un cascarón huero. Mirad como sus dos rases, retrato leal de ningún ceño fruncido imperecederamente, aún al tacto son mellados. Dejemos, pues, que nos confirme su oratoria de Cesar remoto.
GUILLERMO
Callaos, insensato. Dejad que esas plumas escriban su propio testamento. Cual Ícaro no os empluméis con el luto de otra era, pues un enlutado sol os derretirá hasta la cera en donde acuñáis el sello de vuestra incuria. Tampoco vengáis con la rapacidad de un mal albur, pues vos mismo caeréis en el fondo de esa corrupta dieta y una indigestión será vuestro único recreo en el infierno.
(Desenvaina la espada)
Y tanto más verídica se transfigura en carne mi amenaza, que el metal vigente os mancará en el mismo sito en que caigáis en tentación, y ni que vuestra cojera se demude en el ayuno hallaréis otro reposo que no sea en el tormento. Es la vara con que mido lo que amputo o cuanto aun con un simbólico tajo completa mi destajo.[2]
CLEOFÁS (guardando la moneda)
Calmaos, majestad.
GUILLERMO (ciñe espada)
Entonces no me perturbéis. Aun enceguecido por el furor, de una estocada tanteo el blanco que me irrita.
CLEOFÁS
Mi respetuoso consejo es que no os apoyéis mucho en ella, pues también para los más de los monótonos ha sido su báculo. ¿Cuántos cojos rezagados alcanzarían vuestras prisas triunfales para advertiros la adversa premura de traspasar un ajeno quicio?
GUILLERMO
¿Qué decís, tunante?
CLEOFÁS
Que a veces es propicio un paño de lágrimas como la vaina de un filo belicoso, y aun lo primero aventaja otro trámite si el contraste es la paciencia. Si cierto es que con desenvainar una espada ya habéis ganado un trecho, otra porción extrema se consigue con desenvainar, ante la vista de muchos, el rocío de un mal de ojo. ¿Cuánto no se puede promediar en una gradación infinita de ardides, siempre a la vera de esas dos rentas?
GUILLERMO
¿Qué queréis decir, hombre, que os mate con el extremo de mi espada, y luego entinte la extrema insolencia en vuestro llanto, acaso para suscribir cuanto tasáis a vuestra viuda?
CLEOFÁS
Obligadme a no reñir con vos, mas si mi servidumbre aún os ofende yo cambio partido hasta complacer vuestros excesos. Revisad lo que os digo: él hostiliza vuestras sospechas, pero aún no podéis imputarle un desacato a traza de su porte; ni uno al que tengáis que castigar con el rigor de dudas incipientes. Exigidle, más bien, que sus tributos colmen la legitimidad de vuestro sueño…
GUILLERMO (aparte)
O la salvación de mis pesadillas.
CLEOFÁS
Exigidle que cosechas fuera de tiempo indemnicen el estío. Ganaos el voto general de que sus retrasos y reticencias ya os mueven a imponer vuestro derecho, acaso tan parcial como indiscutible. Irritadlo con comparecencias y desplantes tan minuciosos como la maduración del trigo. Con las espigas de su mismo trigal, intrigad entre sus pares. Sé que está por llegar su heredero: me cuentan que sus ignominiosas aventuras de caballero andante bien lo pueden hacer andar un poco más, tal vez hasta la horca. Dejad, pues, que la servidumbre demore en la difamación de tales andanzas. Que en danzas la chusma se diviertan con ese tema; serán la envidia de su prójimo, y éste, por despecho, ruborizará la otra mejilla que sangren en pos de engordar otro chisme reciente.
GUILLERMO
Se me figura que con esa retahíla habéis promediado vuestro consejo. Con mucho habéis dicho bien; lo que es un milagro para alguien cuya única virtud es la servidumbre.
CLEOFÁS
Mis vicios no tienen que importunar sino mi sueño, señor.
GUILLERMO
Aunque también podrían avenirse. Así que despertaos, para que comparezcáis con sus tesoros a tributar mis desvelos.
CLEOFÁS
Sin importunaros, naturalmente.
GUILLERMO
Tanto por importunar a otro madrugador. Ya he de advertiros que os conviene que la procedencia de vuestro consejo instruya su ley allá bajo, y qué mejor disciplina debéis a vuestros importes que la bajeza vuestra, así ningún punto os difamará por delegarlo a otros. Sí, que la turbación de la subalterna casa compita con sus rivales. Desigual será la lucha, si con mi derecho me inclino a principiar la encarnación de vuestra servidumbre, ¿no lo creéis, mi fiel Cleofás?
CLEOFÁS
Y mi fe me mueve a cumpliros en peregrinación…
GUILLERMO
Partid, pues.
(Sale Cleofás)
Que las joyas, a mi frente ceñidas, ya van al frente, y si no me apuro se rezagan mis ansias y la fiebre anticipa sitio en mi frente.
(Se sienta en el solio, mira en derredor, abrumado)
Pero mirad entorno a vos, ¿no estáis sentado donde se os figura que ha de ser? Sí, ya he llegado al punto, tal hubo predicho ella. Veo que los muros me asedian; se estrechan mis dudas, tal hubo predicho en trance.
(Se levanta, desafiante)
Este punto no será mi sol, sino apenas la puntual alba de un longevo devenir, y aun crepusculares son las mieles que endulcen mi larga dicha…
(Oscurece)
Escena 2
(En una estancia de Godofredo)
GODOFREDO
Con el cerco que siembro ya os cerco, tan cerca de vos llevo la cerca que cuando despertéis sólo saltaréis a vuestra pesadilla. ¿Qué sobresalto, pues, palpitará aún entre las púas de mi cosecha? Mientras más siembre, en los límites que me imponéis, más estrecha, también atrapadas entre raíces, se malogrará vuestra muerte. Guillermo, Guillermo, sólo sois un súbdito con corona, mi magnánimo porte no destronará vuestro porvenir, mas mis serviles os trocarán las alhajas por sus escupitajos; con tal pedrería, opaca y blanda, regiréis, constipado, entre las pestilencias de vuestra ruina.
(Entra Flora)
FLORA
Señor, perdonadme que irrumpa así. Pero mirad en mí la urgencia de una criatura que os suplica misericordia.
GODOFREDO
¿Y vos habláis por su condición? ¿Tan mal está que, con maldad o malicia, intercala una embajada subalterna?
FLORA
Tanto porque calla es que su silencio en vano me ha disuadido de no interceder. Soy locuaz, como se sabe, señor, y muchas multas justamente he pagado por el precio de mis profusos mensajes; multas a la que la misma elocuencia imputada se obliga a enaltecer; pues acaso en mora de una servidumbre que nunca os lleva la contraria, os acato siempre. Castigadme, pues, si los excesos de mis temores han proferido palabra y no han callado como la apretada cicatriz que salve a mi niña.
GODOFREDO
Entonces, ¿algo la hiere? ¿Las flores de las que ella es devota? Mirad que sus pétalos son fragantes, pero los espinosos serpentines son los que encumbran la fragancia destilada.
FLORA
No son las flores cuanto la hiere, señor. Más bien el perfume, intercalado con la sospecha de una espina, es un rito al que ella ha dado un nombre providencial. Todas las mañanas se ciñe una guirnalda de flores silvestre que, como premio a mi apremio, se inclinan a la vera de mis atajos; las corto en manojos de docenas y en varias cuentas las llevo a su alcoba. Aunque ha menguado la prisa de sus laboriosos dedos, pálidos en una urdimbre de malestares, se me figura, ay, que con discreción orna su sepulcro. Su silencio, su frugal dieta, el luto prematuro de su desnudez sumergida en las aguas perfumadas de una cuenca… Ay, tal inventario, señor, vacía mis ojos para rebasar mi llanto. Las lágrimas distantes, que caen de tan cerca, son el único resquicio del fulgor extinto de sus ojos. Como una flor se llama, como una flor se nos marchita nuestra adorable y pálida Violeta. Señor, os suplico que conmutéis el cautiverio, oscuro y húmedo, por los apacibles días de la vid. Os suplico que le dejéis cuidar las persistentes flores del viñedo que ya en doquier se descarrían.
GODOFREDO
La rapté de una estancia inmunda, la sustraje de padres crueles que le instigaban con las espinas que ahora ella, contraria a mi favor, tributa. La traje aquí. Le concedí de antemano una gracia en mi casa, rodeándola de vuestros cuidados. La quise para mí lecho, y por ello me apeé de mi rudeza con que la fuerza de mi brazo la trajo en volandas, acaso para ganarme el favor de su femenil reproche. Pacientemente visteis que le di sitio a mi mesa, sus huraños hábitos, y la ingratitud de otros modales fingidos por añadidura, colmaron la espera de mi brindis, muchas gotas casi rebasaban el sudor de mi ira, y por no rebosar un puño no contuve mis lágrimas. Aunque le congratule su signo y le insté un porvenir feliz, ella procedió contrariamente; por eso le castigo.
FLORA
Ella ha venido de un lugar duro, no le confinéis en la dureza de esa alcoba. Señor, mirad sus tiernas mejillas, no es el odio cuanto las abraza así, es la gélida vegetación de transcurrir a la sombra, mientras teje las flores de cuanto se marchita. Vegetar a la sombra de un odio que no es el vuestro, con los rayos del avaro sol tasados en crepúsculos, le hace cavar al ras de malas raíces. ¿Qué floración despuntaría el letargo de su condena, si no es la promesa de un fruto adverso? Al confinarla así, os cerráis vos mismo al entendimiento, y la obligáis a ella que coma del carnoso mal, de cierto con la misma fruición con que Eva mordió la manzana de su amante.
GODOFREDO
¿Osáis blasfemar con un desacato al margen de mis límites, mujer? Bien heredera sois de vuestro ejemplo… ¿o sois la serpiente que instiga a Violeta?
FLORA
No, mi señor. En cambio soy una penitente que os ruega compasión. Dejad que la niña gane su tiempo. Entre los recodos del viñedo, hallaría el horario a cuya observancia os honre.
GODOFREDO
Justo es advertiros de su ingratitud, pues dejadla al sol parece ser otra condena que le broncearía a la luz de su desdén. La muchacha es terca, como quizá habéis alentado vos misma. Sin embargo, tenéis razón en que el recreo de unas horas de intemperie le demuestre que un techo es el atajo de un cielo venturoso. Su fe, que aun por no cumplirse la desespera, necesitará ensayar el vértigo en cada escala que promedie mi techo. Tendrá cuanto le engalane, si sonríe al lado de mis títulos.
FLORA
¿Entonces le dejáis que salga al viñedo, señor? Allí, una barraca ha de guarecer su reposo al ras de mi vigilante orilla. Ya veréis que mejor le sentará el semblante. El follaje sombrío de su mente se atenuará y sus cuidados trocarán tales tallos por las flores de su celo.
GODOFREDO (a distancia)
¿Está enloqueciendo?
FLORA
No, señor. Sólo que no es de cuerdo acorralar su cordura.
GODOFREDO
Qué cuerda afináis cuando vuestra servidumbre desentona, anciana. Iros, pues. Cuidadla mientras ella cuide de las flores. Mirad que se llama Violeta.
FLORA (hace una reverencia)
Señor.
(Sale)
GODOFREDO
Qué tormentoso tesoro puedo salvar de mis botines.
(Entra Bonifacio)
Escena 3
BONIFACIO
Señor, comparezco con la prontitud de la noticia. El rey Guillermo os insta a que aumentéis espigas a la contada cosecha, a que suméis a lo que ya despuntó, y aun ninguna otra demanda compensa sus excesos de exigiros un trigal inexistente para el tiempo ordinario; y nada más a vos exige una cuota superlativa.
GODOFREDO
Le daremos su porción, Bonifacio, pues ya me caso con un ardid. Si os preguntaréis cómo puedo sumar si, en un esfuerzo sumo, el último grano que cae nace en pos de su sola cuenta… pues os digo que ya sembré la duda conforme a quien me insta.
BONIFACIO
Señor, es raro que el estío dé una mejor espiga de cuantas ahora pinchan su cenit.
GODOFREDO
Fue a mediodía que sembré, antes el alba me agobió, mas el crepúsculo es para regocijo de quien lucha en el retumbo de su paz.
(Aparte)
Si, ya veré despuntar las puntas de mis huestes.
BONIFACIO
¿Qué hacemos por de pronto, señor, llevar lo del día mientras preparáis los reclamos de la próxima asamblea?
GODOFREDO
Quedaos aquí. En un rato llegarán vuestros pares, que vuestra impaciencia no sume una cuenta impar.
BONIFACIO
¿Y qué hacer con ellos, puesto que son mis pares que a nones juegan?
GODOFREDO
Por de pronto completar el censo de vuestras servidumbres, eso os nivela a vuestra pregunta. Luego, en razón del conjunto, obrar sin que nada os demore, sin distraeros en nada. Llevaréis la porción a la que tenemos derecho.
BONIFACIO
¿La que se debe, señor?
GODOFREDO
A la que tenemos derecho, bellaco.
BONIFACIO
Bien, señor, pero un derecho así nos torcería el lomo.
GODOFREDO
Si no os alivia el ir erguido en pos de un derecho ulterior, qué tanto os puede alentar la onerosa joroba del deber.
BONIFACIO
Ciertamente que no os entiendo. Pero de cierto que las razones incomprensibles son los ojos por que mejor veo, aunque torvamente insistan en mis deberes, señor… no vaya ser que al espejo sean mal de ojos.
GODOFREDO
Dejad de deliberar cuestiones que no le incumben a la raza de la que desciendes. Quedaos acá, es vuestro deber no llevar la contraria a los derechos que en una recta sin mora os ordeno. Si gustáis que el deber os hostigue, pues ciertamente mi cuidado no escatima la renta de iros espoleando siempre.
BONIFACIO
Entonces, señor, ¿simplemente confió el tributo?
GODOFREDO
Ni más ni menos. Escuchad lo que se os diga, sed corteses, ya que no aún cortesanos. La sumisión vuestra es el tributo que anticipo para Guillermo.
(Aparte)
El primer signo invisible de subversión.
(Se acerca a Bonifacio)
Si os pregunta de mi semblante, contestad parca y sosegadamente. Si insiste en que ampliéis vuestra respuesta, obligándoos con la misma superlativa demanda con que exigió al trigal, contestad con los contados granos que no lleváis. Decidle, pues, que cuanto ha pedido, a razón de su impaciencia, en la tierra apura su prosperidad. Decidle que en la próxima cosecha doble serán las espigas las que despunte y triple la hoces que las sieguen. Si desea que lo indemnice antes con algún tributo intermedio, decidle que muchos varones ya han madurado como el trigo de su tesoro, y con tez oro tintinean más enérgicos. Muchos fueron criados para suplir cualquier déficit. Si acepta la recluta, no discutáis con él un cómputo que os lleve a la imprudencia. Sólo escucháis cuanto tendréis que advertir acá. Que vuestros compañeros os escolten en silencio, pero si veis que sus bocas profetizan ya una vívida herida en vuestro lomo, entonces cicatrizadles el tajo con las raras raíces del camino, mejor sería conjurar sus comisuras con la promiscuidad de vuestro azar.
BONIFACIO
Mejor sería, señor; apuesto a que sí. Yo, como buen supersticioso, siempre guardo combinaciones en la cruz donde desmaya mi bolsa; hojas que antaño fueron talladas en la piedra ruda, cogollos que adormecen los monstruos de los malos sueños, pétalos que enserian virginidades distraídas y polen que hace estornudar otra vez al empolvado enano…
GODOFREDO
Callaos, antes que os constipéis con el repertorio de vuestra vulgaridad. Haced tal he dicho, y, cuanto no se os figure de mi voz, ya remachan vuestras cadenas.
(Sale)
BONIFACIO
Qué señor más señorial, cualquiera diría que no debe observancia a un superior. Señoreal hubiera querido nacer, pero según su plumaje pomposo no es más que un pavo real sin corona… tal vez se lo coman antes de navidad. Ay, que no completen la cena con mis muslitos…
(Mirándose las piernas)
Viéndolos bien, al lustro de estas calzas, no están ni tan mal formados, y a fe que tampoco me calza mal el anacronismo… veo que si no me sirvo de estos muslos de avestruz, bien puedo esconder la cabeza por no huir a tiempo… Aunque si las plumas del tirano prevalecen, yo seré, al tiempo que cómplice servil, el comensal más próximo en su lado siniestro…
(Entran Efrén y Eliseo.)
Escena 4
EFRÉN
Qué hay, Bonifacio. Se nos dice que escoltemos vuestro servicio.
BONIFACIO
La servidumbre es la que debéis escoltar, por lo que subalterno sois de cuanto yo, en guía del grupo, soy encomendado.
ELISEO
Duro es que tengamos que sudar sobre la misma tierra que nos sala.
BONIFACIO
Más duro es que tengáis que ablandar, con llanto o súplicas, a quien restaña el látigo sobre vuestro lomo. Imaginaos cuánto tenéis que llorar, y cuánto que rogar, cuán doloroso para vos la comunión de esa renta, tan lejos el más allá para que el señor suelte el fuste acá. Es mejor que no os resistáis a sufrir, con menos llagas se convencerá quien castiga, el arte es la paciencia de detallar apenas lo mínimo.
EFRÉN
Al menos en un feudo ulterior, en el que señores seremos de nuestro propio tormento, nos aguarda, al fin, la extensión que nos sucede.
ELISEO
Terratenientes, cuando nos tape la tierra… Ya verán esos siervos el rigor de nuestro cetro.
BONIFACIO
Pero cómo podéis pretender una ley propia, si se os enterrarán en donde el señor arruma las cruces de su puntería. ¿A quién regiréis? ¿A quien mengue vuestra hacienda? Luego reinaréis sobre vuestra ruina, pero sólo hasta que os destronen. Ahora os contaré hasta el número que entendáis: según me contó una tía, un anciano, a quienes sus parientes daban por muerto, se le sepultó bajo una lápida ajena, pero apenas por debajo del epitafio. Cuando el hombre despertó de su fúnebre modorra, escarbó con sus miembros embotados la medida con la que unos haraganes le cubrieron, escarbó hasta el fondo de su resurrección. Cuando al fin brotó, cual la primaveral semilla del estiércol, regresó a casa, y todos los concurrentes al sepelio le dieron por aparecido; unos se desmayaron en el corro; la viuda se le figuró que ya lo acompañaba en el otro reino, y, antes que reconocer a su marido, con prisa reparó en las caras de los parientes la corona de quien preside el paraíso…
ELISEO
¿Creyó hallarla en alguna coronilla?
BONIFACIO
No, cómo creéis, tras tanto velar, más bien se le figuró que aquel apagado velorio era el infierno… (Todos ríen)
ELISEO
Bonifacio, ¿recordáis haber visto alguna vez como vuelve los más olvidados?
BONIFACIO
¿Los más olvidados? De cierto que no los recuerdos. ¿Quiénes son que los recordáis en memoria vuestra?
ELISEO
Sois rápido, pero os juro que si olvido el suegro, mi mujer tiranizará mi memoria con peor rigor.
EFRÉN
Accedere naturae partes.[3]
ELISEO
Ella no entendería esa parte que decís, pues a fe que aun con mi ignorancia la cojo in fraganti.
EFRÉN
Sine illum priores partes hosce aliquos dies apud me habere.[4]
ELISEO
Bonifacio, decidle a este truhán que me hable en cristiano, si no quiere que lo crucifique en la marca del silencio; pues habéis de saber que, justo por yo no saber ni la “o” por lo redondo, con otra “x”, y no con un cero, firmo mi amenaza…
(Bonifacio ríe)
EFRÉN
No os ofusquéis, señor. Nada digo contra vos. Dejad a vuestra mujer que sea según su partido: ne expepers partis esset de notris bonis.[5] No os ofendería nunca, ¿acaso no entendéis mi silencio?
ELISEO
Si calláis en latín, pues no. A partes iguales, partes privadas no publican su justicia…
EFRÉN (aparte)
No la cojáis más in fraganti, pues un día la escojo a la vera vuestra.
BONIFACIO (quien los había escuchado con atención, riéndose)
Callaos los dos, pues de silencio os vengo a hablar.
(Aparte)
Actoris partes defendere…[6]
ELISEO
Ya que calláis, Efrén, que las veletas de vuestra boca giren sin atinar la dirección de vuestros pedos.
BONIFACIO (ya severo)
Callaos os dije. Siendo el más gracioso de los tres, ¿tengo que reprimiros?
EFRÉN
Adelante, Bonifacio, que ya de silencio no tenemos que discutir.
BONIFACIO
Declamada sea el refrán, pues debemos partir con el socorro, y a fe que mejor sería que pedir auxilio. Así que debéis cuidaros de no hablar delante de otro que no os obligue como yo, luego sólo por mi voz tendréis voz… ¿Entendisteis, vos, Eliseo?
ELISEO
Si me obligáis, sí. Siempre he sido listo, cuando conviene pensar en los azotes que el desacato implica.
EFRÉN
¿Cómo es posible que tal presuma ser mejor que la torpeza de su justificación?
BONIFACIO
Pues si sois tan apremiante para preguntar así, a lo bruto, más conviene anticipar al menos lo falso, no hay que desairar al impostor… Con vos también va, Efrén; así que solo mi voz os ordena voz. Si un desorden troca la pinta de vuestro silencio, vosotros sabréis que sin desorden ordeno que calléis para siempre. Nuestros serviles hábitos han de llevarse sin recodos, han de ser directos e impostergable en sus prefiguraciones. Así que no vengáis a joder con acertijos ni pullas ni coplas. El ingenio es un lujo retrogrado que el progreso de nuestras votos debe despreciar sin remordimientos. Ahora a marchar, no vaya ser que no seamos en la sermonada de mañana.
EFRÉN (a Eliseo)
Qué serio se pone cuando nos ordena, desordena mis esperanzas.
ELISEO (a Efrén)
Y qué alegre, cuando se burla de nos, me entristece que no respete nuestros chistes.
ELISEO
Genus est, quod plures partes amplectitur, ut animal; pars est quod subest generi, ut equus.[7]
EFRÉN (enojado)
¿De qué especie sois vos que con latín intriga? Decidme, ¿me ofendéis en latín? Pues yo con una lengua más vulgar os respondo, según intriga a mi parte…
(Salen. Oscurece)
Escena 5
(En otra estancia)
GODOFREDO
Con la claridad de este día se encandila el alba, y el ocaso, aun inmune a sus jarabes, no concilia su letargo a la luz de estas vespertinas sombras. Hoy llega mi hijo, el único, el heredero que lejos llevó consigo el patrimonio de su casa. Mujer, ya veréis la condecoraciones de su estirpe. Veréis que los efectos marciales que ciñe le honran para un trono.
FLORA
Viene de lejos, señor. Tan lejos ha dejado sus monedas, que la suerte de haberla trocado por otras lo traen con bien a la casa de su padre. Muy conocido es entre la gleba que una fama ganó como caballero andante, pero se dice que si sigue andando así, le pararán en el mismo sitio donde yazca insepulto.
GODOFREDO
¿Qué decís, mujer del demonio? ¿Cómo os atrevéis, deslenguada, hablar así? Sin son ciertos las murmuraciones que exageráis con vuestra insurrecta servidumbre, aun por flaca os pesará haberlas proferido en la casa en que servís, pues entonces no querríais engordar sino para figurar nada y así sufrir menos. Si me juzgáis severo, ya veréis porque soy padre de mi hijo, y por su rigor extrañaréis mi connivencia.
FLORA
Perdonadme, señor. No os alteréis. Lo que se dice apenas incumbe al ignorante que lo afirma. En esa tierra tan disputada, la servidumbre sólo empuña el cetro que sus adversos tesoros ignora.
(Entra Alfredo)
Mirad, señor, aquí viene vuestro amado heredero.
GODOFREDO
Largaos de aquí, mujer. Iros a ver como retoña la jardinera.
FLORA (a Alfredo)
Señor, seáis bienvenido.
ALFREDO
Padre, dejad que me vea. Flora, si mala fue la venida, repleta de tormentos e incomodidades, ahora la fatiga la torna vuestra bienvenida.
FLORA (con una reverencia)
Señores, permitidme partir lejos, para que os encaréis, padre e hijo, sin la media de mi cara. En este plazo, yéndome lejos, os serviré mejor.
(Sale Flora)
ALFREDO
Padre, esta Flora no despunta. Si ha de tasar un fruto con su lenta savia, brotará para confirmar un luto.
GODOFREDO
Pues es natural bajo este techo los artificios de esta anciana, en los recodos de su lengua a veces halláis el doblez de una buena multa. Pero allegaos. Qué me decís, amado hijo.
ALFREDO
Que el retorno tuvo tantas interrupciones como la partida. Tengo tanto que contaros que quizá me interrumpa un número igual de asuntos.
GODOFREDO
Hablad, hijo, pues ya otro tanto de cifra gemela aguza mi apetito.
ALFREDO
Pues os digo, padre, que cuantos rige Guillermo, están embotados como el arado que conducen. La gente desapegada se ciñe al apero con sopor, e igual abre la tierra para la semilla como para al finado. Pero, qué puedo contar que no hayáis sabido por empeño propio. Mas si puedo contaros la mar de zozobras, y hasta fábulas que se urden para dormir tales náufragos. No sabéis, padre, como indistintas fronteras por doquier se yerguen, cual serpiente tientan el tiento del viajero; y ora os ofrece el fruto de la perdición, ora os acomete con una mordedura fiel a su raza, sin alegoría en su inoculación mortal. Mientras estuve de mercader, pinté tan marcial cual convenía; tan atroz en la defensa como fuese atacado en mi doble fondo. Creedme que los usureros son en el canje tal los enemigos más briosos lo son en el bando contrario. Se gana bien si estáis mejor armado, luego podéis curtir mejor si estafáis a los hostiles. Hay lugares en donde la moneda, cuya efigie es sólo su peso en oro, rueda más que los siervos que se revelan en vano. Lugares, padre, en donde el vértice cierto es el sepulcro, pero ni así alguien se puede arrepentir a solas; sabido es que todos los muertos de una sola peste o un solo fierro, gemelos de muchos, van a taparse en comunión plural. Hay agujeros tan grandes que sólo los rebasan las extintas proles para las cuales fueron cavados. El desorden y la voracidad son los señores que mejor han repartido sus feudos entre la gente bárbara y distante. Ciertamente la regencia de Guillermo es la mejor organizada de cuantas tuve ocasión de comparar.
GODOFREDO
Venid, Alfredo. Estáis de vuelta, ingentes peligros os demostraron que sois el único heredero, cuya excepción corresponde también a mis planes, pues qué otra naturaleza dicta ley con vuestra llegada.
ALFREDO
Qué decís, Padre.
GODOFREDO
Os digo que sois vástago de vuestra estirpe. Así, como vuestros ojos se entornaron en el sopor de crepúsculos sangrientos, habéis aprendido a aguzar la vista en un mínimo resquicio. Virtuosa arte, cuando a través de un hilo de luz se destrama cuanto en el mundo desnuda su violencia…
ALFREDO
Y os digo, padre, que el lío de los homicidas cambia las promiscuas monedas del orbe.
GODOFREDO
Pero por un ojal de metal se debe ver la costura del misterio.
ALFREDO
Resuelto en acuñar a la mitad el signo que administre tales trámites.
GODOFREDO
¡Con qué brillo tintinea el brillo de vuestra inspiración!
ALFREDO
A ver, ¿me compráis un candil a la vista de una mortaja? ¿Turbáis mis ojos, don maravilloso de cuanto me reserva lo sucesivo, con las velas de un sepelio? Pues, sin llevar luto, estoy a oscuras, y así no atino a comprender a la luz de esas cuentas, padre…
GODOFREDO
No, hijo. Para revelaros el luto de quien se esconde, enlodo sus oscuras velas, que henchidas lo llevan al rutilante abismo. De este lado, mientras os miréis al espejo, debéis ver que soy fiel a vuestra herencia, y así el reflexivo rigor, de reflejaros doblemente, nos congratula.
ALFREDO
Excusadme que, aun por verme a ras de vos, no veo una entendida arruga que sobresalga de tal madeja.
GODOFREDO
Ya veréis. ¿Acaso no veis vuestros mismos ojos? Pues, ¿cómo podéis llamaros ciego si llegasteis por perseverancia vuestra al espejo que os pulí? No os extrañéis, amado hijo, de cuanto os rodea, pero aquí la savia cambia. El comercio, insepulto, sólo transige con los buitres que le hostigan, pero con otros efectos he cambiado cuanto aún espera consumar su cambio. Subterráneamente premedito el sepelio de Guillermo, acaso insepulto y al arbitrio de los mismos buitres. Ya os cuento, hijo, la cuenta de esas velas.
(Oscurece)
TELÓN
A C T O I I
Escena 1
(En los jardines)
VIOLETA
¿Qué rocío apacible se adviene a hurtadillas? Mirad como en igual sigilo se reparte en una numeraria estirpe. Ah, las flores de afuera crecen mansas, en cuclillas de sus raíces anticipan un salto lento y laborioso, acaso hasta la cruel y vertiginosa mano que las siega. Los pétalos que Flora llevó a mi cautiverio, mutiladas de su arbitrio silvestre, no crecían más, todo transcurrir no reverdecía en aquellas ocasiones en que yo lloraba, sobre su mal, un mal propio. Sí, mis lágrimas cayeron en sigilo, a la sombra de mi llanto suplían la copiosa ausencia de un rocío precedente. Pero, ¿no lloro ahora, cruelmente librada en estos predios en que la vid destila su porción terrena? ¿Adónde voy si las raíces de mi llanto prosperan en el solio de un paciente revés? ¿Quién puede arrancarse de sus huellas para caminar al margen de una sepultura que se hunde al peso de cada planta? ¿No son los brindis de un raptor, que ahora en derredor veo en sus primarios frutos, las cuencas rebosantes con que es escrutado el talle mío? Mirad, racimos de ojos por doquier… ¿No veo por las órbitas, donde el llanto apenas destila un breve desahogo, que se ahoga mi porción de sal? ¿Con qué cuidado celo los tonos de estas flores, sino con el luto de mi porvenir?
(Enderezando los tallos)
No me guardéis reverencia, porque, tan deshecha estoy, que no puedo imponeros una regencia de dolor. Soy yo, queridas, quien aguarda por vosotras. Creced, la savia os apremia. Creced, que la miel tiene su tiempo y en el alambique de una ponzoña guarda la dosis que me aguarda.
(Murmurándole a una de las flores)
Tú has adelantado a tu prójimo. Dime si una altura superlativa puede llevarte a espalda de tu huella. Mira el campo, ¿qué breve intervalo en mi pesar me hace rehuir para siempre de un pertinaz raptor? No mires arriba… Dime, pues. No eleves oraciones a un cielo tan distante, pues no verás, sino por una fe ciega apenas, un amén diminuto que se aleja mientras más te hundes. Aun por crecer de tus raíces, aventajas en virtud la fe que desflora el cielo. Mira en derredor. ¿Qué breve intervalo? Contéstame… Contéstame…
(Entra Alfredo)
ALFREDO
¿Qué queréis que os conteste?
VIOLETA (en un sobresalto)
¿Quién sois vos?
ALFREDO
¿Es eso lo que me preguntabais antes de conocerme? Pues os digo que mi nombre importa poco si sabéis que soy yo.
VIOLETA
¿Vos?
ALFREDO
Es una pregunta verdadera a la que no puedo ser infiel. Mas he de halagaros el que hayáis de preguntar mejor de lo que os respondo.
VIOLETA
¿Qué buscáis aquí, las uvas que me vigilan? Mirad que si coméis unos de esos ojos, menos imputaciones advertiréis a vuestro señor. ¿Es él que os envía? Pero os pregunto esto otro: ¿Cómo puedo fugarme si la complicidad de estas flores no me quieren escoltar? De cierto veis que están quietas…
(Lentamente y con pena)
Y, sin disuadirlas, yo las secundo…
ALFREDO
Sois generosa al preguntarme sin avaricia. Yo no os doy el nombre, pues no quiero que vuestro prodigo habito tase tan pocas letras. No sé, sin embargo, por qué me censáis a unas iniciales que ya os perturban. Si el juramento de un extranjero os calma, tened como cierto el mío, que por venir de tan lejos no halla su verdad en el desarraigo sino a la vera del retorno. He venido a ver estos nuevos viñedos, y encuentro que el jardín de mis recuerdos infantiles reverdece con la fragancia de otrora, mas un nuevo y maravilloso perfume se impone a mi memoria. Sin haberos conocido antes, no os olvido, mujer. Luego, hacer memoria es deshacer recuerdos que no os honran debidamente. Pero, decidme, mi bella niña, jardinera al parecer de sus virtudes, ¿qué os perturba así, qué monstruosa tiranía se adorna con vuestras saladas perlas? De cierto que ornada así puede figurar como un galán de cualquier encumbrada corte. Mas, aun purgando la flor de una noble juventud, sancionaré con mi espada a quien os oprime así, me volveré contra quien me aventaje en título de ser mi blanco tan claro a mi enconado luto. Decidme, niña, ¿sois de este fronterizo viñedo que para nadie parece trazar un límite? ¿De qué fortaleza venís? ¿Qué padre os veja malogrando su precioso legado? Decidme, ¿es mi arrebato la que os arrebola las mejillas? ¿Teméis? No queméis mis esperanzas con vuestros rubores, dejad que la luz de vuestras mejillas guíe mi tiento… y que vuestros besos, bella, dicten su ley en mis labios.
VIOLETA
No temo por vos, en las mejores palabras habéis probado ser hombre de una palabra, y se me figura que no sólo con ellas, y si como celo de ellas, cumpliréis lo dicho con el rigor de vuestro brazo. Si veis que mis mejillas enrojecen es porque al fin el tono de mis esperanzas se impone, nunca para burlar las de un aliado gallardo. Agostada bajo la sombra de un cautiverio, deliré como los profetas a quienes en mis horas de sobriedad les pedía misericordia y acaso un tributo afortunado de sus vaticinios… Ay, mas pobre de mí, pues no importa ya describiros mi tormento, pues de cierto que ahora veis que la penosa sucesión de ellos os inspira lástima.
ALFREDO
No es lástima la que me inspiráis. Mas si habré de sentir una lástima que me haya de combatir resueltamente, será por mí mismo al no poderos convencer de lo contrario. Lo contrario os tributa un verdadero homenaje, mujer. A vuestra belleza, a vuestro delicado talle, a vuestro cutis dulcemente arrebolado con el fulgor de una energía secreta, a vuestros dedos entrecruzados con la alterna belleza de un credo tenue, a vuestra fragante cabellera, profusa e inextricable para salvación de mis laberintos, honro estos frutos que antaño os espiaban. Si un adverso vino juzgasteis de sus promesas, yo con un brindis futuro torno lo caduco. Pero decidme, ¿qué protector cruel os ha relegado en su hacienda?
VIOLETA
No sabéis cuánto me conmueven vuestras atenciones. Ya no veo consuelos en vuestros cumplidos, pues otra porción cumplen que me placen verdaderamente. ¿Preguntáis que qué celador con ruindad me confina? Muchos, señor, puedo deciros. Tanto que, sólo al padecer el mismo delirio de mis fiebres, podéis contarlos a la vera de relampagueantes tormentos. Uno aquí, otro acullá; si duermo, si velo…
ALFREDO (aparte)
Ah, pobre. ¡Qué belleza así perturbada guarda su equilibrio en apenas un punto!
VIOLETA
Vivo allá, en aquella barraca… antes los muros me perseguían en un solo punto, al que mis pesadillas llamaban lecho. El canto de las piedras, encrucijada de cauces secos, cantaban el terciopelo de un hongo. Sólo un fantasma, que maternalmente se gana la enemistad de su amo, cuida que a mis vertiginosos paisajes no llegue la impaciencia de un perseguidor.
(Mirando con suspicacia alrededor, en sigilo)
Puesto que me cortejáis mientras prometéis vengarme, y así tanta fe pongo a mi devoción, os doy mi amor. El cielo que desde su altura me ha rebajado tanto, ahora me dice tan cerca al oído que conviene que no sepáis más. Iros, mas con amor os digo que os espero en mi cautiverio.
(Empujándolo)
Iros, iros, iros…
ALFREDO
Aquí será vuestro altar.
(Aparte)
Clandestina si os encumbráis en el delirio; más ya os aperéis de vuestra fiebre en pos de regir invicta la fe…
(Sale)
VIOLETA (volviéndose a las flores)
Veis que sobre la tierra otros pasos vienen. Aunque de tierra extranjera, mi amado, del primer golpe, deshizo la yunta que labraba mi pernicioso camino hasta al cielo. Su ternura, venida de un recóndito destierro, me enternece. Todo cambia, señoritas, libertada seré de este predio en que floreció la raíz de un tirano… sí, pero debo cuidarle de que no le descubran, de que no prevalezca inerme en la mira del carcelero… mañana, dijo; sí… tardará tanto en llegar que se me figura un inconcluso ayer el hoy que se demora… seré libre en sus brazos, si sus brazos me cercan… y si en brazos me acerca a él. Libre, libre; y nada a ras de la locura ha de retoñar. Llanto decís, no, no, no son lágrimas los frutos que veis en mis ojos; translúcidos, salados, húmedos, sí, pero fructifican felizmente…
(Girando)
Mirad como sobre mis pies bailo un nuevo himno. Si tenéis fe en que no os abandonaré a discreción de un despechado tirano, os arrancaréis de allí para secundarme. Venid conmigo, girad, girad… él mañana, tras el giro de un sol brillante, vendrá…
(Entra Flora)
Escena 2
FLORA
Violeta, mi niña. ¿Tan ávida estáis de girar en el centro de una turbada alegría?
VIOLETA
No, mujer, ahora los acordes corrigen mi baile, alegremente aprendo de un paso a otro, de una vuelta a otra. Mas me entristecen que las flores a mi cuidado se cuiden de secundar mi tiento…
FLORA (tocándoles los cabellos)
Mi bella. Criatura, si con mis cuidados os pudiera guardar de la tiranía. Os cuido cual más os creo necesario para vuestra fe, mas, aun por vuestro credo, cuido que vuestras oraciones tristes surquen el cielo en vano. Os cuido porque os amo, mas so pena de mi amor también se me ordena que os cuide. Cómo desearía que mis cuidados no contravinieran el origen de su celo. Con igual género mi observancia me divide, y, siendo la misma, me alejo de vos cuando me sentís tan cerca.
(Con los labios casi rozando los de Violeta)
Qué tormento, cuando tan cerca estoy de vos, que la última cerca nos separa. Si escucháis que mis labios os rozan es porque muy lejos de vos beso vuestro retrato. A dúo os cuido y doblemente sufro por vos, en este trío sólo un tercero nos salva, ya que invisible él, que invisible no sea su milagro… Veo en vuestros ojos, apacibles ahora, la sombra de un venturoso brillo. Venid, mi frutal ave.
VIOLETA (ganando otra vez el fulgor)
No es una sombra la que veis cual máscara, es la vivacidad de mis ojos oscuros las que alumbran la nueva ruta de mi llanto, mujer. Vos, ¿no visteis quien partió de aquí, con el halo de una promesa que mañana lo divinizará?
FLORA (con premura)
¿Alguien os importunó, Violeta?
VIOLETA
No, mujer, alguien, a quien ya llamo mi amado, halló la ocasión de ser oportuno tal es propicia mi devoción a él.
FLORA (casi sin respiro)
¿Vuestro amado? ¿Adonde el vino ostenta un vértigo antes que se rebase el colmo cuyo ras aun profana el límite de vuestra memoria?
VIOLETA
Aquí, mujer. Ciertamente no era una aparición hostil, ningún rasgo febril de mis delirios marchitaba su rostro. La pureza de su voz gorgoteaba como un límpido hontanar, sus ojos claros aclaraban cuanto su voz decía. La viril templanza de sus promesas, ora rugientes cual las olas del pedregal, ora crepitante cual la espuma de una orilla salvadora, enaltecía su distintiva talla de viajante.
FLORA (aparte)
Se me figura que describís a vuestro hijastro.
(En voz alta.)
¿Os dijo su nombre?
VIOLETA
Se llamará como lo llame mañana.
FLORA (aparte)
Ah, mi niña. El cruel monstruo también engendró la perdición de vuestras esperanzas.
VIOLETA
¿Qué decís, mujer?
FLORA
No os conviene, Violeta, que nos alejemos más de lo que la distancia nos separe. Si sois apartada de mí, aún más lejos que la vera de nuestra paradoja, cualquier otra tiranía aventajará el cautiverio de hoy.
VIOLETA
Decís mal, mujer… mañana veré a quien libremente llamaré mi libertador.
FLORA (aparte)
Ahora veo que las anónimas pretensiones de un incestuoso os librará de un lazo filial. Luego fiel he de ser con mi derecho, y si el parricida os sigue amando, seréis bien cuidada en adelante…
(Interpelando cuidadosamente)
Si decís que en el confiáis, puesto que improvisó su anonimato sin los apuros de un delirio, confío entonces en que puede reprimir a quien os hubo raptado, al trocar el despecho del verdugo con su propia muerte. Mas aún no debéis denunciar a quien furtivo espera que lo maten, tampoco debéis confesar a vuestro salvador los pormenores que os relacionen directamente.
VIOLETA (escrutadora)
¿Qué completa vuestro discurso, mujer? ¿Qué alevosía os ilumina así los ojos, rigiendo luego la conjunción de mis estrellas? ¿Cómo podéis pretender ventaja en un atentado cuya jerárquica víctima os oprime de antemano? Decidme…
FLORA
¿Acaso con un cómplice cuya intrepidez sólo conoce vuestro amor? Pues basta, mi niña, que sea así, y que vos creáis aún más por la fe que le tengáis. Habrá un banquete en casa de Godofredo, asistirán muchos de sus vecinos y otros principales en los que no descuento a quien conocisteis hoy. Según vuestras femeniles descripciones, es de porte caballeresco, así que de cierto asistirá. Sí, ya veréis; con su propia muerte acusaréis a vuestro carcelero…
VIOLETA (adelantándose con atención)
¿Cómo es tal?
FLORA
Muchas savias pulsan una inocua fracción, por separado no completan un tributo mortal, mas si la plenitud de nuestro ingenio las colige en una sola pócima, aderezada con los legítimos deseos de la venganza, su destino enerva una veta cual ponzoña. De cierto que esto haremos: con una seña se macula el plato.
VIOLETA (ya con creciente malicia)
Y tras una subrepticia clave delataremos el comensal ahíto…
FLORA (con pesadumbre)
Sí, mi niña, y si en adelante vuestra libertad no conviene mi servidumbre, entonces yo, aun bajo el yugo de mi signo, os he de libertar de quien os acerque cuanto a la distancia de lo desconocido ya os odia… Si por él sois defraudada, yo de su inconstancia os rescataré.
VIOLETA (girando con vivacidad)
Los acordes de este himno corrigen mi baile. Flores, ya no temáis… venid conmigo. De cierto que vuestros rubores me advierte timidez, y no miedo…
(Oscurece)
Escena 3
GUILLERMO
Numerario ha sido el séquito que envió el infame. Numeraria la porción, pero sin que la cifra profetizara un grano más en el momento mismo del vaticinio. Un trío remitió hasta mi corte… un trío que frente a mí recitó tres veces cuanto se les impartió sin mora. Uno encabezó el coro y los otros le secundaron calladamente. Cleofás, mis demandas tal vez le hostigan, mas la calma es depositaria de un interés secreto. Ninguna reticencia se subleva desmañadamente, y, sin embargo, ya notáis que sospecho un subsidiario móvil por el cual aún me guarda reverencia. El haberlos despachado afrentosamente de mi corte, no castiga el desparpajo de quien los envió…
(Entra un heraldo.)
HERALDO (hace una reverencia)
Señor, permitidme paso hasta vuestro solio…
GUILLERMO
Pasad, heraldo. ¿Qué buenas noticias inviste vuestro porte?
HERALDO
Pues no soy yo quien juzgue propicia la talla que me salva de la intemperie. Decid vos si merezco salvarme de una deshonrosa desnudez. Si el castigo es ir en pelotas, de antemano boto a favor de vuestro voto.
GUILLERMO (severamente)
De cierto os digo que habléis antes de que mande a redondearos la vida en una picota.
HERALDO
Perdonadme, señor. Bien, lo que he venido a decir por mi puede ser mal dicho, pero al menos me aventaja mi buen talante…
CLEOFÁS
Entonces, ¿queréis que os talen antes, bellaco?
GUILLERMO (desenvaina la espada con rabia)
Iréis en bola, pero antes os desinflo en el centro.
CLEOFÁS (interviene)
Señor, calmaos. Es poco conveniente matar un heraldo antes de su prédica, pues, aun siendo buenas lo que trae, mala será la venganza de sus noticias.
GUILLERMO (conteniéndose)
Ahora hablad, tunante.
HERALDO (acobardado)
Señor, que el hijo de vuestro vasallo Godofredo llegó para su regocijo…
GUILLERMO
¿Qué decís ahora, Cleofás; conviene matarlo, puesto que lo dicho me combate?
CLEOFÁS
Ahora las noticias que os dio bien pueden allegarse cual cómplices.
HERALDO (prosternándose)
No, señor. Os suplico piedad. ¡Piedad!
GUILLERMO
Pues marchaos en pelota a darle una vuelta a vuestro cuello.
HERALDO
No os entiendo, mi señor.
CLEOFÁS
Que por celo de vuestro brazo os colguéis de uno con más viril sabia, antes que, en una vuelta, la multa dé alcance a vuestro pudor.
HERALDO
Señor, tengo hijos tiernos…
GUILLERMO
Y con el plazo de vuestras moras mi rabia tuvo nietos.
HERALDO
Señor…
GUILLERMO
Bien, iros… y no tentéis más, que os daré mortalmente en el centro de lo que sois: un cero que redondea su coraje. (Se marcha.)
CLEOFÁS
Como os dije, señor, el heredero estaba por venir. No habéis agotado mi consejo aún. Si pretendéis de su calma una rudeza, difamadle el hijo. Seguid apremiándole como el temor de perder una gran cosecha lo apremia. En la próxima sesión de vasallos, vuestra parcial censura será el partido de la mayoría. Expulsaréis a un enojoso refractario y nosotros a un ostensible vecino. Ahora os dejo, pues una parte también debo cumplir con mis pares. Os dejo en vuestro impar recogimiento. Señor.
(Hace una reverencia y sale)
GUILLERMO
Impar habéis dicho, mas con dos ojos veo cuanto con singular saña me turba… o con dos ojos soy doblemente ciego, siendo la ceguera el único pomo de que echar garra. Ya es hora que remonte nuevas profecías… no queda otro plazo, puesto que nada allana su cuesta. A cuesta cargo cuanto se acuesta con mal sueño…
(Oscurece)
Escena 4
(Otra vez el viñedo)
VIOLETA
El retraso, que no se perdona su prisa, le espolea; yo os perdono siempre. Mirad aquí viene, nombre tenéis que puntual a esta hora me llama. Vuestra promesa vuelve para jurar la fidelidad que, envuelta en la premura de ayer, marchó a cumplir sin falta la tardanza de hoy. Venid, amado, yo os perdono siempre…
(Entra Alfredo)
ALFREDO
Mi bella, aún el cautiverio, llano y expansivo, os abruma. Decidme, pues, si el blanco con el cual mi espada soñó tornar rojo en un solo ensayo se aclara en vuestra mente. ¿Ya simplificáis los monstruos de vuestros delirios? Decidme uno y yo le haré único de una estocada. Si para hallarlo habré de embriagarme con esta cosecha que os apremia en derredor, contad con que contaré al infame entre los dobles que vea. Decidme, pues, si os contentáis que, una vez vengada por la fuerza de mi brazo, os lleve del brazo vuestro, tiernamente vestida con el mismo celo de las caricias vuestras. Dadme los irresolutos folios que vuestros pálidos dedos estrangulan, y en ellos sentenciaré las estrellas que auspician al monstruo.
VIOLETA
Ah, mi señor, a vuestra voz me allego. No conviene exponeros abiertamente, mas os revelaré mi verdugo con vuestro propio tino. Será vuestra saña, la fidelidad de las instancias que empeñéis, las que mejor delaten en plenitud la entereza del muerto. Veréis quien es, como empeora hasta morir; y de un salto conoceréis el nombre y los dolientes con los cuales guarda la afinidad de un luto miserable. De ese azaroso episodio, saldremos a un acto reciente; la fuga de huellas que nos secunden reservará para sí el testimonio de acompañarnos. Marcharemos lejos, acaso a las tierras de las cuales venís, reconoceréis, por las sospechas de mis ojos, cuanto en tiempo tal vez crueles visteis en principio. Venid, amado. No me digáis vuestro nombre antiguo, pues de cierto ya os bautice en la pila de mis aguas, y a la vera de tal fe mi amén coincide con vuestro origen. Pero ahora debemos convenir en que la libertad urde vengar el oprobio.
ALFREDO
Con cuánta excitación, mi bella, me trazáis la talla de una venganza, que aun, ay, con el brillo de vuestros sollozos no alcanzo a distinguir. ¿Cómo, sin conocer a mi enemigo, puedo aventajarlo en vuestras urdimbres, si allá, en esa intrincada virtud, él ya profanó algunos recodos?
VIOLETA
Una clave os daré. Sí, sí, sí, señor, una clave os daré; un dístico, llave y cerrojo contiguos, y vos abriréis el sepulcro.
ALFREDO (aparte)
¿Es su turbada mente la que acentúa su equilibrio?
(Interpelándola.)
¿Cómo ha de ser, mi bella?
VIOLETA
Habrá un banquete al que de cierto asistiréis, pues vuestro porte es de principal. Uno de los comensales, que concurra hambriento, sólo verá pagado su apetito cuando una dosis lo engulla para siempre.
ALFREDO
A fe que no decís mal, pues hay un banquete al que yo concurriré.
(Aparte)
¿Así que el miserable anticipa el censo, y ya parcial lo oísteis entre sus muros? ¿A derecha o a izquierda de quien preside?
VIOLETA
Por principal es siniestro, dadle, señor, el lado huero que convengáis. El monstruo, que central ocupó su hora infame, es parcial a mi odio. Dejadlo a un lado, de un lado espera, pues ya lo veo de reojo. A su sitio llegará la sentencia de soslayo. ¿Acaso mi odio no se trocará en un guiño que aguce la vista de nuestro venturoso porvenir?
ALFREDO
Os rescataré luego. Mas dadme un beso que endulce el amén de mis labios, la fe de nuestras preces necesita de sus ungidos celadores.
(La besa.)
Mirad que los prodigios de esta enervada savia ya rigen sus eclipses en buena luna. Venid, amada… Dadme la clave de esa clave.
VIOLETA (besándole)
De cierto os doy cuanto os niego a todos; y tomo como mejor pago el precio de vuestro animosa boca. Acullá, cuando ya un señorial usurpador caiga entre el consuelo de sus deudos, hemos de partir, hacia el mundo que conocisteis con orgullo. Amos de nuestras alegrías, esclavizaremos tristezas, y, aun siendo exigua la servidumbre, el devoto lujo ornará nuestro dichoso lecho…
ALFREDO (besándola fogosamente)
Querida, la muerte será el alma de quien corrupto tenga cuerpo para emparentar con su bocado…
VIOLETA (mientras lo desviste)
Dejadme que os desnude. Las manos que yo misma oprimí con el infructuoso rezo de aquellos aciagos días, ahora quieren tentaros, palpar suavemente la vitalidad de la cual parten vuestras caricias. Dejadme que os pueda conocer cual sois. ¡Qué dios no profane nuestra enlace con incestuosas bendiciones!
(Oscurece)
Escena 5
(Aclara la escena, aparece Violeta terminándose de vestir)
VIOLETA
Aquí estáis, mujer…
(Entra Flora.)
FLORA (aparte)
Y aun por estar en este mismo paraje que os relaja, casi no soy la misma que miráis…
VIOLETA
Ya he concertado con él el asunto. Como me habéis dicho el asistirá al banquete. Pero, ¿Por qué os entristece cuanto por naturaleza de lo predicho debe alegraros?
FLORA
Yacisteis anticipadamente, mi niña. Un niño tendréis como fruto de vuestra impaciencia. Sí, bien lo sé. Yo, que con guiños de alumbre he burlado muchas veces los deleites del tirano, sé que esta excepción no mide con regla cuanto a término tendrá su medida. Ah, sí, en tales ocasiones adentro se concibe lo que quizá el exterior de una promesa falsa abandona, mas la amorosa vera, que ya es de vos, crece con otra edad y a término bueno abrevia su plazo en el vientre.
(Tocándole el vientre)
Meses que igual celaré, puesto que tampoco me acercan…
VIOLETA
Vuestras dudas me intiman un falso miedo, Flora… No habléis así, mujer. ¿Con cuántas candidez dejamos que las dudas usurpen sitio a nuestras certezas, y así demora el pensamiento que responde por tales lujos usurpados?
FLORA
Escuchadme, si os viene a la memoria el haberme escuchado. Os recomendé tasar las palabras, pues en la economía del significado no os hubierais revelado desnuda, sin la mesura de vuestro verbo. ¿Recordad que os dije que ningún exceso os sobraría para perjuicio, si aventajabais la prisa insensata de ir delante por nervio de una ceguera insensible? Pero no temáis, también lo inverso prueba la cordura, ¿acaso no os grito de tan allá el consejo que os susurra al oído? No temáis, pues a fe que ya conozco a quien, en nombre de vuestra mano, me llama en complicidad. Seguro ya estáis encinta, os congratulo, pues llegaréis a su lecho en cintas primorosamente atadas a él. Venid, no temáis. Alguien verdadero nacerá tan fiel a quien tentasteis con vuestras caricias.
VIOLETA (apremiante)
Sí, mujer. Si tan cierto es que vuestra congratulaciones corresponden a un lazo futuro, si a término de tales atenciones ya conocéis el hombre, para cuyo nombre una mitad concibo, pues ya habéis predicho la resolución de quien me salva. Le revelaré el rival que sólo a los ojos de una venganza consumada habrá de reconocer.
FLORA (aparte)
Revelaréis precisamente aquello contra lo cual él, sin saberlo, se rebela.
VIOLETA
Juramento es el que profiero…
(Tocándose el vientre.)
Y tan cierto de ir a la vera de quien dentro aún calla vuestras bendiciones.
FLORA (abrazándola)
Venid, mi niña…
VIOLETA (separándose súbitamente)
¿Ya tenéis la pócima?
FLORA
Sólo espera que la ponzoña de vuestros versos, de un piquete, delate el blanco.
VIOLETA
En ellos pondré mi arte…
(Oscurece.)
TELÓN
A C T O I I I
Escena 1
(En la estancia principal de Godofredo)
GODOFREDO
Cuando a la vista de vuestros reductos le distingáis, a mis puños enfrentaréis con un puñado de hombres, pero, Guillermo, ¿qué puñado os reservo en mi puño? ¿No fue bajo mi regencia que las más de vuestros hombres crueles fueron criados? ¿No les adiestré bajo las sombra de árboles plantados por los siervos de mi tierra? Soy el padrastro de su crueldad, y ellos ya se guardan del incesto, porque cuántos fratricidas le esperan en los campos que osen envilecer: tribus que venida de afuera se adentrará en su raza hasta sacar de dentro los corazones hostiles. Estoy cerca, Guillermo, y no lo sabéis. En vuestra precaria corte demoráis con los subterfugios de intrigas; tarde veréis mi puño, y de cierto adentro ya se decide vuestra temprana suerte. Para destronaros del título mío, os coronaré con un tajo, pues a fe que os confirmo una corona a vuestra medida, y eterno será el reinado que os mortifique, y lo de nunca también será para vos eterno, y larga la regencia que hinque su cetro para una fe más rapaz. Vasallo me habéis llamado con soberbia; pero hecho polvo del que venís seréis el otro, y el orgullo de un muerto acepta humildemente su destino, así vuestro porvenir condesciende con su corta espera; y luego, como os dije, ab aeterno: seréis el solo súbdito en la fosa de muchos.
(Tocan a la puerta.)
ELISEO (sin abrir la puerta)
Señor, aunque la amenaza a veces colma mi prisa, al pronto os aviso que el señor Cleofás aguarda por vos.
GODOFREDO
Hacedlo pasar, hombre, y marchaos más rápido, no os detengáis, no vaya ser que el ultimátum os pare al punto de demostraros la ventaja.
(Sale Eliseo)
CLEOFÁS (Abre la puerta)
Mi querido Godofredo, cuánto tiempo de diligencias puede demorar un venturoso horario, en que, durante los días de apacible reposo, se venga a visitar a los amigos.
GODOFEDRO
Pasad, hombre. Sin embargo os advierto que no hay reposo cuando se conviene que la paz de los sepulcros no perturbe la paz de los vivos.
CLEOFÁS
Entonces, permitidme que la más de la brega la empeñe yo.
GODOFEDRO
Hombre, contadme del infame Guillermo. ¿Aún contiene su cólera en los brindis de sus intrigas?
CLEOFÁS (riéndose)
No sabéis, señor, el odio insensato que os tiene. No sólo arremetería contra vos, sino que, muy contrario a su carácter, escucha mis consejos con paciencia, acaso para que su aversión supla ensayos rudos por medios más verosímiles de venganza.
GODOFEDRO
¿Así que se distrae el hombre?
CLEOFÁS
Sí, tal hemos acordado. Mientras él cree que os removerá a la vera de vuestros vecinos, nosotros ya mellamos la fe de sus últimos días. ¿Los hombres de la ribera están listos? ¿Un censo insospechado como decís, a espaldas de quienes no son adeptos, aguzan sus bélicas puntas? Ya me imagino las greñas de esos bárbaros, pintarrajeados como las quemaduras del infierno, tal le reclutasteis de la misma fogosa juventud.
GODOFEDRO
Sí, el primer ataque omitirá mi ira. Preciso es que ante la vista de Guillermo, el tumulto parezca ajeno a mi insurrección, aun ajeno a nuestra comunidad.
CLEOFÁS
Mas contra vuestra indiferencia se volverán sus otros vasallos. Tan rápido la parcialidad de vuestra espada debe irrumpir, que el desorden puede tomaros ventaja.
GODOFEDRO
Son unos cobardes, Cleofás. Anticipando las ventajas de su cobardía, convoqué un banquete en donde ellos presidirán su indigestión; el día de mañana serán los cortos súbditos que en sigilo caguen el hartazgo. Quienes figuren en el banquete se avienen mejor mientras mejores crean sus virtudes.
CLEOFÁS
Soy de vuestro dictamen.
GODOFEDRO
Y tal día escucharéis otra porción.
(Acercándose)
Mi hijo llegó, Cleofás, las experiencias de días brutales, y los crepúsculos lejanos en donde la tierra fiera eclipsa a los hombres bajo el sol, le adiestraron cual yo no podía hacer jamás. Mas ahora ofrezco un terreno fecundo a sus estratagemas, cual ningún estéril rival le hubiera cedido en gajes de sus ruinas. Él encabezará la rebelión cuando las huestes de Guillermo se vean azoradas por los “bárbaros.” Con apenas dos cargas su juicio ha de embotar toda resistencia, he allí, entonces, cuando mi sospechosa indiferencia se volverá feroz.
CLEOFÁS
Godofredo, ya habéis adelantado, a la par de mis obligaciones, la vera de vuestra investidura.
GODOFEDRO
Tanto porque al convocarlos antes de la sesión que ya Guillermo amaña, reuniré, en principio, a quienes me adversan menos. Y en testimonio de sus suspicaces arrugas, propondré indemnizar la vejez común de nuestras vecindades. Agasajaré a los concurrentes en nombre de la corte; los convidaré a una mesa oblonga de cuartones devastados en menguante, a una mesa cubierta de un mantel urdido en el telar de la corte. Regaré sus esperanzas, por mojar una trama que haga rendir mejor nuestros cultivos. Les hablaré de aumentar la recluta en la proporción fronteriza de unos distantes bárbaros, cuya primera embajada es la arenga. Y quienes hayan de advenirse a mi fingida sumisión, serán los más diligentes sumisos que medien para la conjura de mis promedios.
CLEOFÁS
Habéis dicho bien. Espero hasta la cena de esa cita, entonces. Me cuido de no emparentar con la glotonería de los ignorantes, luego, con mi frugal ración, me guardo para el brindis del día siguiente…
GODOFREDO
Brindo por ello.
CLEOFÁS
Por cierto, ¿dónde pernoctan las huestes?
GODOFREDO
Aún en mi imaginación, señor… No os apuréis, que ya os imagino mi cercano par, que impar será su suerte.
CLEOFÁS
Bien, yo también brindaré el mismo día. Ya verán las cuencas desheredadas, como nosotros dos nos repartiremos la heredad.
(Sale)
GODOFEDRO
Habláis por vuestro guiño, tuerto, y ya se aguzó un dardo impaciente para cuando despabiléis.
(Entra Flora)
Escena 2
FLORA
Señor, tan pronto como soy, heme aquí, os traigo noticias de Violeta, que mi retiro protege a la saga de sus oraciones.
GODOFEDRO
¿Cómo le ha sentado su retiro?
FLORA
De una tregua huraña, pasó a la laboriosa abstracción del anhelo, luego a la luz, que encandilaba el vértigo de su ceguera, circunscribía los recientes límites que ella palpaba. Tal manecilla que en el retraso tienta el garrote de un piadoso tesoro, así sus trémulas manos redondeaban las faltas de su vista, en la hora siguiente de sus tentaciones, pero piadosas son las esperanza del descarriado, que halla según su espera el pomo de la virtud. Vistió los hábitos en tanto los ceñía en la mora, y, por ulterior a la sincronía, sus dedos llevaron la cuenta de las flores que celaba. Pronto aprendió a hablar sin el acento de aquel cautiverio. Una vez le sorprendí recitando un ingenioso dístico, y con igual rima, ya con menos reticencia, miraba vuestros muros. La misma evolución, con que sus acordes iban alegrando sus guiños, les hacía tornar su mirada cambiante hasta aquí. Ya veréis que la terapia consagrará a la salud vuestra un primoroso premio. Sin que yo la guíe hasta vos, ella, frente a vos, os dirá el lugar al cual me refería. Sí, al punto tendréis sus dulces tardanzas en vuestro lecho.
(Con vehemencia)
No sabéis, señor, como en tan corto plazo ha cambiado. Sus mejillas han enrojecido con la tibieza del sol, y el tono que antaño la ruborizaba ahora le es el grado distintivo de una mejoría. Un tierno bronceado aviva la otrora palidez. El cabello suelto, ya no atado con los nudos de flores marchitas, prodiga un bálsamo a la resolana. Sus pies se plantan con ligereza y no echan raíces en ninguna huella precedente. Toda su gracia sigue el decurso de un baile que crece con gradual tino y se acerca a vos, a vuestra ceremonial espera.
GODOFEDRO
¿Alfredo no la ha descubierto aún?
FLORA
De cierto que no, señor; mientras la celo sólo de flores me habla.
GODOFEDRO
Como presumís, nada le he dicho a mi hijo. En tiempos inciertos vivimos, y es bueno que ya lo sepáis mujer, en que los climas asoman sus lutos amenazantes. Tengo un techo y mil filo que se erizan en tormenta. En este descampado, desenvaino el arado belicoso. Cuando escampe ya sobrevendrá el sosiego de una ceremonia. Aunque no entendáis las señales que el cielo de mis ojos os insta, manteneos en el viñedo con ella, es el único prado virgen después del banquete. Así como las cosechas de esas vides intactas esperan por el brindis de mis copas, tal aguarda mi mujer.
FLORA
Decidme, señor, ¿a partir de cuándo debo moderar esta observancia?
GODOFEDRO
Después del banquete os diré tal al punto transige con vos.
FLORA
Y a vuestro hijo… ¿su escaño en el banquete, lo promueve a otra sucesión?
GODOFEDRO
¿Qué pretendéis de esa pregunta, mujer, sino segar con sus garfios el pábulo de vuestra curiosidad? De cierto que si no os dais por satisfecha, es porque descuidáis mucho la vigilancia que os he ordenado.
FLORA
Ay, señor, si tanto la he vigilado que mi amoratado despecho remeda su nombre para consolarle en el mismo tono contiguo.
GODOFEDRO
Pues no desatéis más la lengua, mujer, porque libre os ceñirá un nudo al cuello. No tentéis más al apéndice que al cabo profiera el último grito de sus recodos, más bien manteneos apegada al pregón que os reserva una solución fija. En cuanto a Violeta, no le digáis nada de estos esbozos. Retratadla en nítida fidelidad, mostradle el espejo de su apacible retiro, en el agua en calma un cielo se calma. Celebrad un banquete en la barraca si queréis figuraros la escena de aquí, mas una vez que os advierta observancia, cumplidla aun sin las trasgresiones de vuestra locuacidad. Ahora, marchaos.
FLORA
Señor, lo que fuere que os aguarde, segura estoy de que vuestro heredero irá en pos de secundaros.
GODOFEDRO (a gritos)
Marchaos, marchaos a vuestras obras de servidumbre. No importunéis más.
FLORA
Os sirvo, señor.
(Aparte)
En un plato os sirvo.
(Sale)
GODOFREDO (en un grito)
Bonifacio, Efrén, Eliseo, venid al punto. (Para sí.) Estos monigotes amenizarán mi énfasis.
(Entran los siervos)
ELISEO
Señor, henos aquí, juntos, gemelos de tres cabezas.
EFRÉN
En trío os podemos repetir el dúo.
BONIFACIO
Yo doy fe de ellos, señor.
GODOFREDO
Os condujisteis con prudencia; la embajada que os encomendé bien la llevasteis a término. Tanta tierra caminasteis que con los mismos pasos habéis medido un sepulcro más profundo, os congratulo por vuestra pericia.
BONIFACIO
Señor, es doloroso tasar la espera con la tierra que me dais, pero de cierto que me duele más, que, siendo del polvo y al polvo yendo, no haya echado un polvo el día de difunto.
EFRÉN
Tenéis razón, Bonifacio, mi mujer me dice que la honra para un día de entierro es no enterrar en el límite de un lecho disoluto. Aunque contrario os parezca que el no tener que enterrar me lastime, me sentí tan desgraciado como si el mismo día, en el límite que me dais en dote señor, y válgame que en tales momentos nadie es incestuoso, hubiera sepultado a toda mi familia.
GODOFREDO
Siendo criados, ¿os empeñáis en proliferar vuestra prole, aun cuando el día de difunto os intima abstinencia?
BONIFACIO
Este bruto quiere, a lo bruto, hacinar una numeraria bastardía en el límite de vuestra generosidad. Yo me quejo, pero éste hace de su queja una fe supernumeraria. Señor, no sabéis cuanto me costó hacerlos callar en el camino, que tuve que amordazarles mientras reverenciaban al rey.
ELISEO
Por qué tenéis que hablar por nosotros de nuestra mudez. Permitidme, señor, callar la parte propia. No en latín, por cierto…
(Se tapa la boca, balbuceando)
¿Estamos de acuerdo, Efrén?
EFRÉN (se tapa los oídos)
Repetid de nuevo.
GODOFREDO
Callaos, tunantes.
(Efrén asiente. Eliseo le destapa los oídos al advertir la rudeza del vasallo)
Ahora os convoco para que salgáis de aquí. Vos, Eliseo, id en pos de quienes os escucharán en confirmación de su destino, y, como os he dicho, no digáis mucho que ellos entenderán que son los principales a mi mesa. Apuraos, hombre, y que vuestro cansancio no omita ningún adverso dintel de los marcados en mi glorioso pórtico.
(Sale Eliseo)
Efrén, llamad a mi hijo.
(Sale Efrén)
BONIFACIO
Señor, mis muslitos son enjutos, no me mandéis a los predios de la bruja, que como ancas de rana los desgajará para un hervido, mejor corro a apuraros la cena de Navidad.
GODOFREDO
¿Qué decís, infame? ¿Qué os hace pensar que yo acuda a un espantajo? Si vuestro despojos os sugiere fantasmas de cocción, id, pues, a que ella os preparé un bebedizo que ablande la abstinencia de vuestra mujer. Ahora, largaos de aquí…
(Sale Bonifacio)
¿Qué visión enrarecida le anima a este insensato a suponer supersticiones en mi porvenir?
(Entra Alfredo)
ALFREDO
Padre, ya que me llamáis, os llamo por el título que os aguarda…
GODOFREDO
Y que, en herencia legitima, os aguarda a vos.
ALFREDO
Sea el bautizo de nuestra estirpe.
GODOFREDO
Es preciso que convengamos las parciales greñas. Después del banquete, otros serán los colores de mi tinta.
ALFREDO
Según he visto en mi destierro, señor, los contratos se sellan en copiosa sangre, y por más que se pormenoricen excepciones y se líen las promesas de los incursos, otros advenedizos incurren de soslayo y aun de frente. Se precisa, entonces, que vuestra tinta, que en el desorden ordena conjurar lutos parciales, también ordene los jerárquicos lutos, según un contrato universal.
GODOFREDO
Sea vuestra espada la que os abra camino a tal magistratura… Venid, amado hijo, ya veis que desde que vuestra madre murió no pensé en otra nodriza para vos que no sea la misma ambición vuestra. Haced familia tal en las suplencia de mis retiros os insto. Permitidme que en el límite de la antevíspera os aconseje más. Bien temprano cogisteis el camino de las armas, llevado con su puntería atinasteis en tierra extranjera, pero, puesto que vos ya hacéis mención, os recomiendo que no soltéis la empuñadura secreta que reservéis en vuestro lecho. Os recomiendo que andéis con recelo siempre. Os recomiendo, hijo, que el oprobioso desorden de espadas ajenas no os retracen cuando os encaminéis con el rigor del cetro.
ALFREDO
Por vuestra magistratura habré de heredar tales dones…
(Oscurece)
Escena 3
(En otra estancia)
ALFREDO
¿Así que la conocéis, mujer?
FLORA
La he visto guarecerse cuando sospecha ser espiada.
ALFREDO
¿Quién ordenaría su reclusión? ¿A quién delegan en su custodia?
FLORA
En principio, señor, pensé que una huraña locura le llevaba a lejanos derroteros. Nunca antes le vi tan cerca, y, viéndole allí en su ahogo, juzgué que la locura, señorial también en su servidumbre, le custodiaba. Con el tiempo transigí trato con ella, le llevé las raciones diarias de un horario que ella espaciaba displicente; mas con el tiempo hasta me habló. Mientras charlábamos, descubrí que la rapidez de sus preguntas respondía por el honor de una mente clara.
ALFREDO
Con grados más bruscos me apercibí de lo mismo, mujer. Alguien la obliga a vegetar para adecuarla al tono de una ceremonia estéril. El vejestorio, cual jardinero, y aun desaconsejado por las raíces de su linaje, larga la criatura sin nudos que compitan con talones inmóviles. Luego, hela sola, a seguro de un miedo patriarcal, pues ¿qué salida está al frente cuando la frente, abrasada por el delirio, lleva por doquier una cruz tan propicia a quien le apunte? Sobre los rincones de donde la raptaron, una profecía de ceniza se cierne como el luto que vela solícitas arañas, y a cubierto de ese arenoso ultimátum ningún auxiliar transciende. Ah, sólo la sumisión de un bastardo sacrifica su único néctar para salvar el tronco común de su desventurada costra.
(Confidencial.)
Como presumís, mujer, nada le he dicho a mi padre, sus asuntos están tan cerca de sus vecinos que un viento de sospecha puede cundir entre esos límites. Quienquiera que imponga tal ultraje, pagará hasta la mora de esos retrasos que me impacientan.
FLORA
Por eso vengo a vos.
ALFREDO
¿Qué decís, Flora?
FLORA (saca un papel de su vestido)
Al contarle que os conozco, me dijo que mi piedad podía abreviar su espera, y esta nota me encomendó que os entregara, a cuya grafía también coincide mi edad de oficiar.
(Le extiende el papel)
Tenedla, tan fielmente os la pongo en vuestras manos, cuanto se precisa el trance de mi lealtad.
ALFREDO (escrutando la caligrafía)
Un dístico.
FLORA
Una clave, según implica mi servidumbre.
ALFREDO
Una clave que no consigue su medio, apenas en el papel la veo perpleja y pálida. Algo añadido os hubo de encomendar con sus dulces labios.
FLORA
Que no sean la acritud de los míos las que adulteren la dosis, luego esto dijo: ‘decidle que al cocinero más viejo, a la sazón también cocinero del rey, debe entregar los versos, pues sus arrugas valen, según es el que preside la mixtura. Es una receta inmemorial que marca el plato primero según la rima del vino. Id, que como mensajera sois vieja y los viejos se arriman sabiamente según la rima. Id, que sólo a la sazón de la vejez se complace a un plural banquete en que el tirano muera. Id, que pinta el vino el semblante final del tirano y no la resaca de un nuevo amanecer’.
ALFREDO
Ahora el asunto se aclara, y cuanto no entiendo en la rima se arrima a la sentencia; luego un terceto remata el soneto. Dejemos, pues, que la tinta ate al cuellos estos nudo que urde.
(Distante)
Mas hay algo que intriga, ¿cómo un cómplice cató de antemano el vino del banquete?
FLORA (disculpándose)
Fui yo quien le dijo tal; lo supe desde que vuestro padre deliraba en secreto, y, quizá por imprudencia como presumís, ay… (mas se me figura que mi trasgresión se anima para bien) le dije que tras una ocasión festiva yo iba guardarme de un peligro, bajo el mismo techo conforme al bien de ambas. Tantas preguntas me combatían en sus interinatos, que hube de rendirme en desventaja de mis respuestas, a la intemperie. Entonces, me dijo que su violado nombre aún no borraba los morados que el ultraje tatuó. Me dijo que el infame de seguro concurriría al banquete, luego me habló de vos, de cómo le habíais conocido, y de vuestra amorosa complicidad. Entre el ir intercalando un punto y otro, al fin me confió la urdimbre escrita de su puño. Yo misma, Alfredo… ay, dios sabe que aun por hacerlo de espaldas a vuestro padre no quiero tronchar en su fiesta más que una rama podrida…
ALFREDO
Tranquila, mujer. Tenéis la licencia de su hijo.
FLORA (aparte)
Perdonadme del incestuoso crimen, mi dios…
ALFREDO
Vos misma preparasteis la pócima, según erais la embajadora de instruirla dentro, ¿no es verdad?
(Aparte)
Ay, ya el eclipse desfavorece el perfil que retrata.
FLORA
Sí, yo misma colegí los cogollos deletéreos en una dosis, y así pinté la última cena, según la edad que me reúne a una vejez tan mutua como servicial.
ALFREDO (como para sí)
¿Banquete cuya copa está marcada con las señas del dístico? Bendigo la ocasión en que venganza, amor y herencia principian mi felicidad en un mismo brindis. Ya veremos esa noche quien es el cobarde que, en lugar de ceñir espada, porta la corona de una intimidad abominable. Destronado por el mismo brillo caerá. Y si otros, a quienes nada de esto incumbe, mezclan en su imaginación una denuncia de complot, entonces serán purgados en la misma mesa, y tras el prematuro sobresalto apuraré el brindis. Sé que el consejo de mi padre favorecerá las razones de mi anticipación.
(Sale)
FLORA (aparte)
Ya las favorece…
(Con pesar)
Ay, ya veremos, también en los rincones de la misma noche, si vos heredáis a vuestro padre, pues sin despedirnos huiremos y las arañas devanarán el sudario de vuestro encono…
(Oscurece)
Escena 4
(En la corte)
GUILLERMO
¿Qué se hizo Cleofás?
SIERVO
No se hizo en vuestra corte, mi señor, pues ya hace que no está frente a vos; en cambio lejos se hizo el enfermo y por mucho tuvo que deshacer la hacienda de lindar con la muerte.
GUILERMO
¿Qué decís?
SIERVO
Que por simular una tos mientras yo lo espiaba en los matorrales, casi se ahoga el vasallo. Su paje, que fue naufrago en dos travesías, lo rescató casi en la otra ribera. ¿Lo mando a buscar, señor?
GUILLERMO
No; no, no… Antes que un consejero melifluo, una desgreñada criatura de los montes es quien mejor se allega a mis esperanzas. Una paciente y tosca cocinera de recetas sombrías. Una que, de caldo en caldo, nutre profecías adversas con cucharadas de estiércol. Una que con mal de ojos bizcos le guiña un ojo a muertes repentinas. Una que de las savias punzantes aguza ponzoña, y que de vísceras incompletas o impares, fermenta la cantinela de un redivivo. Una mujer que, entre la enmarañada intemperie, dormita mientras las arañas rellenan sus turbias cuencas. Una que con estornudos de azufre aviva el fuego. Una mujer, de cuyos corrosivos orines destila la miel de obtusos enamorados. Una mujer, cuyas longevas uñas se hincan de maldición en maldición. Una mujer que con torcidos auspicios hace germinar escamas de monstruos en un caldero hirviendo. Una mujer con espuelas en sus mordiscos y piojos calvos entre sus canas. Al punto llego de anticiparos sus señas. Ya es hora, pues, de que ella reanime el reloj con otros de sus giros… sí, en su lance va mi puntería. Sí, ella, que en el bosque oculta sus canciones y pullas… Sí, vos, traed un recadero.
SIERVO (tartamudeando)
Al punto os lo envío, mi señor.
GUILLERMO
Si antes retrasé la espada, al topar con el punto que antaño la bruja marcó con su báculo (si consumada la porción que hubo profetizado la vieja, apareció el consejero a partir del cual ni los consejos siguen a tientas), ya es hora de que otro venturoso vaticinio adelante un trecho largo sin alcanzar a mi arisca muerte.
(Entra el heraldo)
HERALDO (hace una reverencia)
Mi señor, heme con vos.
GUILLERMO
Marchaos al arrollo, y seguidlo contra corriente. Cuando lleguéis al punto donde abruptamente se estrecha el cauce, veréis en el fondo cristalino el mapa de un deshojado trébol, allí os detendréis a escuchar el gorgoteo del agua. En el murmullo escucharéis el canto de un pájaro que no habéis escuchado antes. Volved, entonces, vuestra vista al cielo, y el primer pájaro vespertino que veáis seguidlo hasta que se detenga en un árbol. Reanudad vuestra expedición hasta el tronco convenido. Del otro lado de las raíces, hallaréis a una vieja en cuclillas, harapienta, nervuda y encorvada. No le habléis, ni desconfiéis de su silencio, tampoco de sus pullas aunque os sacan los ojos ver que tiene razón; sólo tendeos ahí toda la noche, pernoctad lo más del día siguiente bajo la sombra de ese follaje. No cortéis nada del árbol, no matéis deliberadamente ningún insecto que os perturbe. Llevad una ración si presumís que el hambre os turbará la espera. Si la vieja desaparece de vuestro lado, no desesperéis; pues a término de vuestra estancia os recordará la vuelta y ese será el primer prodigio que me vaticine. Seguidla, entonces, no le advirtáis la ruta, más bien id a su arbitrio, secundad su lenta cojera sin azuzarle jamás, y, si veis que el silencio de otrora os fue ventajoso, no despreciéis la renta de callaros. Mas os conviene que no objetéis mis advertencias, pues de cierto os digo, por bien vuestro, que si después de haberme escuchado mancáis vuestra obligación, aun por morir de miedo, renquearás todos los días sin hallar la muerte. Pues mi orden, tal os he recitado según observancia de cuanto escucháis, es un conjuro que os obliga a cumplir u os castiga a vagar eternamente por contrario al cumplimiento.
HERALDO (resuelto)
Mi señor, pronto estaré en el bosque, el itinerario que marcasteis corregirá mis impericias en el arte de escrutar tales prodigios. Ya me veréis de vuelta, en esta misma estancia, tal ahora me veis, pero al lado de la bruja que esperáis.
(Sale)
GUILLERMO
Otra profecía que me anime. Mando a castigar el desacato y ya la mora burla la prisa de mis dones… La bruja, la bruja de mi padre, que de mi abuelo fue doncella. Que venga la repulsiva bruja a advertir su ombligo a la otra mitad del cuerpo vigoroso, hasta la cabeza que todo lo calcula. Si antes la visceral espada me describió el orbe, mientras a zancadas iba cabalgando, ya pienso que es mejor que en adelante los pensamientos ciñan la corona.
(Oscurece)
Escena 5
(En el bosque)
QUIRIMA (cantando)
¡Adonde una verdad fácil engorda
La mentira ojival tallas nos borda!
Así, pues, diligente costurero,
En el sitio vestisteis la traición.
Mas los ojales, mis sepultureros;
Mas alzada aquí, invicta la porción.
(Tronando las manos)
De talla entera y desnuda. Sí, señor… Ay, con una canción de doncella, y cuatro dientes de ajo cariado, se hace reír a una jorobada. Con una canción de doncella y unas plumas de cuervo se puede volar hasta el balcón de una fogosa viuda. Con una canción de doncella y una doncella se adivina la edad de una doncellueca. Ay, pero nada para mis huesos de vieja, que arden al calor de una extinta juventud, se puede hacer con una canción de doncella. Con una canción de doncella pruebo el acre sabor de mis desdentadas ponzoñas… y el resinoso estribillo repite la acritud de mi saliva.
(Ríe)
A muchos he malogrado, bien al dejarles cojitrancos, bien al apagarles la sed en un candelero; mal por consagrarlos a un himeneo pernicioso, mal por reservarles un hijo díscolo y torcido… Sí, si yo fuera ciega el mal de ojo vería por mí, y tan bien hallaría mi camino, que ya verían quienes a tientas yo le guiñe un ojo. Tantas recetas para tantos males, tantas conjunciones para tantas curas… Pero, Quirima, conciliad la formula que os desate los nudos de vuestros dedos. Mirad que a un dolor me ligan, como el pastor ata su oveja descarriada.
(Examinando las especies en derredor)
Es muy temprano para untar rocío en mis soñolientas rendijas. Esta parra bien puede eclipsar al paraíso y así regir un horóscopo verdadero, mas en este sombrío paraje sólo taparía mi desflorado vértice. Ay, qué vieja estoy…
(Cantando)
Plenilunio de la fama,
Tienes punto que menguar;
La vieja por buena dama
Ya no quiere por ti espiar…
(Reparando el pimpollo)
Este cogollo es acre y os frunce la boca como un culo apercibido, y sólo al sesgo alivia los dolores en el solsticio de un solar a la intemperie.
(Con un ritmo íntimo)
Ay, si al agua clara y quieta tuviera que ver mi rostro marchito… pero si dejo caer una lágrima, tan pesadas como suelen ser las mías, corono mi llanto con el orbe de un reino superficial, púrpura que no le sienta al ahogo de cuanto se asienta en el fondo de mis sales.
(Pausa, aguza el oído)
Callaos, alguien se acerca.
(Guareciéndose tras el árbol)
¿El rey, que manda tal heraldo, con vivir su profecía no se conforma? Pues mejorarle el porvenir le costará comprobarlo hasta su muerte…
(Aparece el heraldo en escena)
HERALDO (acercándose con reserva)
Bien, aquel ha de ser el tronco, escalofriantes desde acá se oye el ulular de su savia. Mirad que rugosa corteza, tal si inmóviles escarabajos se rezagan en el ascenso. Estoy en calma. Respiro con regular sucesión, y a la calma de este bosque sincronizo mi vaho. No digáis nada que os perturbe, no recordéis supersticiones probables ni nada que se le parezca. Qué bonitos insectos son aquello que no veo, si os mato es porque no os veo, mas la ceguera os rinde un merecido tributo… creedme que no soy malo, mi maldad no es la que os encuentra para vuestra desgracia, es la ignorancia mía la que yerra en vosotros. Pero no, ni siquiera es ella, pues con qué abnegación me acunó para bien de cuanto debía saber. Ya que no el bien en cada desafortunado paso, pues con bien sólo puedo convenir una mejor suerte, luego es la fiebre que en vuestra tumba hinca su báculo; sí, insectos, es que soy mortal como vosotros y el enemigo común ya nos espolea hasta la muerte… Callaos, ¿acaso no aceptasteis misión sin mutar semblante? Pues id según lo dicho. De cierto no he llegado tardíamente, pues no se agita mi respiración y con sosiego soy impuntual a cualquier retraso que me instigue. Calmaos, estoy bien, es sólo la hojarasca la que cruje, no mis huellas. ¿Qué serán esas hojas que cuelgan de sus ramas, acaso conjuros que sudan en pos de una floración? Callad, hombre…
(Castañeando)
Hache, hache, hache, hache, hache… Callad, hombre, pero si la hache es muda, mudo os dejaré de un hachazo, y luego mudo semblante… ay, si con la misma hacha pudiera truncar ese terrible árbol. ¿Qué digo? No dije eso; el eco me remeda mal. Callad, no digáis más, mas es justo que hable conmigo y me aconseje un poco, antes de emprender un silencio arduo.
(Camina en sigilo. Al descubrirla el Heraldo se tiende temeroso y cierra los ojos)
QUIRIMA (quedamente)
…Mas los ojales, mis sepultureros;
Mas alzada aquí, invicta la porción.
(Tronando los dedos)
Antes que los acordes de una doncella, o un consejero melifluo, necesito un par de huevos hueros que a mano izquierda se encojan.
(El heraldo abre los ojos apremiantes)
También una garganta atragantada hasta los ojos, luego vapor al espejo de quien muere en una noche de fiebre y, en remate de un despecho, zapatillas de un diligente heraldo.
(Bostezando)
Con esa cocción mañana reviviré a quien mutile…
(Cantando mientras dormita)
Para qué en ola te hincas,
Que en tus pies no calza huellas,
Mientras en calma resuellas,
Pues otra por romper brinca…
(Oscurece.)
TELÓN
A C T O I V
Escena 1
(En el banquete. Comensales y criados)
GODOFREDO (presidiendo la mesa)
Señores, bienvenidos. Ocupad el sitio en que se ocupe vuestra predilección. Allegaos a mi mesa, que en ella presidiréis vuestra parte sin que os importune mi hospitalidad. Este techo, que se cierne a una altura constante, al ras también os guarece de otros por cuya intemperie destapan patéticos augurios y sólo se cierran, tal las tinieblas de un ofuscado celaje, a la esperanza. Os digo porque quienes no comen con vosotros tampoco atestiguan vuestra hacienda, ni la fidelidad con que os dedicáis a vuestros límites. Mirad los manjares que os aguardan en una rasante orilla, ¿no son acaso frutos de vuestros labrantíos? Cada vianda, fiambre, pan y licor, ¿no han derivado de la jerarquía de vuestras casas? ¿No habéis tributado al rey cuanto aquí cesa en conmemoración de súbditos devotos? Pues de cierto os digo que quienes con su ausencia se apegan a la incertidumbre de su propia ración, se perderán en el naufragio y en el afán pretenderán vanamente la orilla que vuestros apetitos presiden. Pues qué multicolor pábulo festejará la saciedad de vosotros. Sí, señores, reconocéis el mejor homenaje de que somos propicios a favor de la corte. De cuanto os agasajo, bien sopesaréis el ombligo de vuestras virtudes. ¿Qué ocasión superior no bendice la afinidad de nuestros votos divinos? Mirad el cielo ahora, que a través de esos vanos os muestra las sutilezas ricamente bordadas con su prodigiosa industria. Apenas los ángeles son vestidos con la misma inmaculada celeridad. No os constipéis cuando la luz refresque vuestros ojos, ni toméis de pañuelos los escudos que se bordan en esos vértices. Si os encandila discernir sus milagros, si os enceguece con su revelación y sus auspicios, entonces a tientas busquéis cuanto al paso os conviene. Señores, acomodaos en los escaños principales que os he mandado a labrar. A regir habéis venido, por eso os hablo de asuntos comunes y os oigo al unísono de vuestras preguntas. Heme aquí, cierto es que entre vuestros codos hinco los míos en oración. Como vosotros, la fe me une a mis amigos.
UN COMENSAL
A vuestra convocatoria comparece también vuestro mejor juicio, señor; contento estoy de completar, junto a vosotros, el censo cuya diligencia discuta y salve nuestros límites.
GODOFREDO
Me alegro por vos.
ALFREDO
Quienes con la escolta de murmuraciones se fueron al difícil atajo de un rumor, acaso ahora se rezagan para contar a nadie su baldío testimonio. La sospecha infundada cedió sitio a la inmovilidad, y sólo los estertores de ese intermedio mutan los retrasados espasmos. No obstante, señores, poco conviene que omitamos el voto de sus ausencias, porque ellas si son agradables a esta ocasión; luego no conviene que a la sombra de sus antorchas demos luz a su maldad a no ser para mermarla en el fondo de un caldero. Nuestros vecinos, aun del otro lado, les convienes ser parciales al lado que haya de rescatar su sitio, aunque lejos de nos sea sepultada su prole; pues es una ley el que a los incursos se les castigue aun sin convenir obediencia.
(Aparte)
Ya cumplí con el banquete. Ahora el banquete ha de cumplirme. De cierto que no falta el rabo, que mirándome con el rabillo de su ojo ciego, se ha de sentar para siempre.
OTRO COMENSAL
Caballeros, mi partido no me hace creernos parcialices antes que la asamblea de ordinario nos acalore. Aquellas sesiones administran los legajos que contraemos y la desavenencia con las cuales rara veces colindamos. Dejemos, pues, que tal intendencia oblitere cuanto aquellos usurparon sin siquiera delegar excusas.
GODOFREDO (condescendiente)
El rey presidiría una opinión similar.
(Aparte)
Cuando vosotros seáis vuestros iguales.
OTRO COMENSAL (A Godofredo)
Permitidme, señor, que, tal hubo expuesto vuestro hijo, eche de menos a quienes vuestra hospitalidad extraña; pues, según la ley de asuntos comunes, también suscribo mi parte.
GODOFREDO
Decís con tino, pues igual son de todos los asuntos que nos unen.
(Aparte)
Ya sabré resolver el nudo.
(A la concurrencia)
¿Qué no nos comunicaría más estrechamente que el agua, señores? ¿Acaso no habéis visto que los ríos se suceden sin parar un punto? La sed, en cambio, ¿no se detiene a abrevar en los arroyos?
ALFREDO (aparte)
También en copas envenenadas.
GODOFREDO
Pues que las espigas de nuestras cosechas concluyan lo mismo unánimemente. Reguemos los brotes con la misma agua del vecino; luego las espigas dorarán nuestro reino con el mismo oro.
OTRO COMENSAL
Os secundo sin parar un punto.
(La concurrencia asiente en murmullo)
GODOFREDO
Antes que el ánimo del contrapunto se incline a abrevar precipitadamente, os digo también que debemos contribuir a una recluta más distinguida en su belicoso linaje. Aún de la corte no he recibido las estimaciones que se precisen, ni los efectos con los cuales se les invista a este número incierto de su verdadero don. Mas a fe que ya la perspicacia del rey tasa esas cuentas, así conviene que nos adelantemos, ya que no con mesura, con generosidad.
UN COMENSAL
¿Caballería?
GODOFREDO
Sí.
UN COMENSAL
¿Aún más?
GODOFREDO
¿No alcanzáis a ver que, tras los ventanales de vuestras pesadillas, un dorso se vuelve con fiereza, y su joroba que cabalga en el sobresalto aún es desconocida para nuestra delirante frente? ¿Qué sabemos de ellos, sino lo que los muertos extranjeros no nos alcanzan a decir? ¿Es preciso, entonces, que nos contemos como aquellos extintos nos cuentan a la vera de sus despechos?
CLEOFÁS
Ciertamente es una preocupación que tasa el rey; dentro de unas semanas ya su cuenta contará los votos.
OTRO COMENSAL (entre el murmullo de aprobación general)
Y su sequito le escolta…
(Un criado se adelanta a escanciar el vino)
UN CRIADO
Señores.
(Alternativamente rebasa una a una las copas)
ALFREDO (aparte)
Poned la pócima en su copa, y que en ella florezca lo que se cultivó en tierra… y que la muerte coseche los estériles higos.
(El criado escancia en la copa de Alfredo)
GODOFREDO (levantando la copa)
Brindo con vosotros. Si antes os dije que mis codos, entre los vuestros, se hincaban en oración, ahora elevo el brindis de mi copa hasta la fe que nos incumbe.
TODOS
Brindemos, pues.
(Beben)
UN COMENSAL (catando afectadamente)
El alma de nuestra vid, qué bien nos hará ver doble el paraíso.
CLEOFÁS
Ya os dijo Godofredo, cual os repetirá, faltaba que con probarlo hubierais de probar tal se os dijo en memoria vuestra.
ALFREDO (aparte)
Nadie cae, ay, soy yo quien ha sorbido… lento es el veneno que me mata; con tardanza llegaré a odiar a mi Violeta. Mejor ir a por ella, cruel, traidora… ay, violeta es la vid en que confié.
(A Godofredo, conteniendo su malestar)
Padre, el buen vino ruboriza la resolución de mi cansancio. Permitid que salga a tomar un respiro…
(Aparte)
Estertor dadme el aliento de morir del otro lado.
GODOFREDO
Que esta noche sublunar refresque vuestros desvelos, mas volved cuando ya sus disuasiones no os retengan. Mirad que al amanecer es la alborada…
ALFREDO (aparte)
Y también mi ocaso… ah, padre, vedme partir a la luz de mi menguado entendimiento…
(Sale)
UN COMENSAL
Bebo hasta al fondo por la abundancia.
GODOFREDO
Señores, con unas cuencas de rebosante ceguera brindamos, con nuestras cuencas doble veremos el brindis. Y doble ha de ser, según ya salta a la vista, si vaciamos los ojos que no nos ven…
(Todos ríen. Oscurece)
Escena 2
(Cerca del viñedo, en la oscuridad)
ALFREDO (dando tumbo)
Ay, muero. Pero, ¿adónde me llevan estos pasos envenenados que en tierra aún no echan raíces y afuera ya despuntan? ¿Adónde voy si el atajo de una copa me embriaga dolorosamente? Sí, marchad, Alfredo… al frente daréis con la joroba del monstruo que en blanco os hace mohines. Si una fuerza subsidiaria, terca en su disminución, pugna con su pobre esgrima los reductos que ya gana la ponzoña, que sea para inocularos vuestro germen de venganza con esta púa, mujer.
(Esgrime una daga, la deja caer.)
Ay, Violetas serán las flores de mi sepelio; más que honrado con el luto de mi enemiga, seré burlado con su rubor. Ay, si mi vencido pulso al menos alcanzara a desflorar su impunidad. ¿No pasé noches tumultuosas en lechos en los que la retama de mujeres ajenas endulzó mis labios? A ingentes peligro escapé, y un peligro enmascarado con la inocencia del ultraje vengó mis evasiones. ¿No fui quien con los velos de sus ardides eclipsó la radiante luna en pos de regir un falso horóscopo que me salvara de las turbas? Ahora heme aquí; bajo esa brillante luna cojeo, repto o me arrastro en la figura cambiante de un signo adverso que siempre me comprende. Nueve meses me trajeron a tierra, y el calendario, que sobre este mismo ras mis huellas acompasa, rematará sus nueve meses en el inventario de un abreviado etcétera. ¿Qué es un cautivo? Contestadme vos, que por el anonimato habéis sido birlado, y así os aludieron sin falta. Con cuánta soberbia mellé las dudas de mi orgullo, así he de memorizar las rimas de un epitafio urdido en contra de mi cautiverio… ay, no sabemos qué fronteras comunes miden la talla del sudario. Violeta… sí, en un tiempo le dejé libre, y no cupo en presagios míos… entonces en sus abrazos sacrifiqué mis besos, y mis fogosos brazos hasta abrazaron sus ocultas abominaciones. Todo en ella era simple como su vengativa fe de todos los días, pero yo conseguí solazar mis párpados, acaso ya plenos de vicios vigorosos, en matices menos frecuentes; así, a mis deleites, con brusco y nocivos acordes excitaba. Así me sustraía a un horario trémulo y ambiguo. Ella me birló, y tras su timo, una cruda magnitud del espacio aún irresoluto… y mis vicios y mis costumbres de bruces me embotaron, todas las oraciones de mis anteriores edades en vano señalaron, alzadas al cielo como lápida anónimas, la traición… Mas no es ella la culpable de la costumbre, del vicio desenvuelto en la rudeza. Fue mi carne que sonrío hasta la dentadura de un loco. Mi mano, que hubo eclipsado a muchos enemigos, no pudo amordazar la herida intolerable. No hay justicia cuyas escaleras prolonguen oficios fuera de mí; pues mis culpas con mis daños las engalano (pues mis culpas con mis daños son engalanadas) y mi nueva estancia —moda terrible que corresponde a mi semblante— con la partida de ella, y no con mi marcha intolerable que es castigo, la he de santificar…
(Aguzando la vista. Entra Flora.)
¿Qué veo, otra silueta venda mis ojos? ¿Es la sombra de la muerte que se agranda tal mi pequeñez se acerca al fin? ¿Flora? Flora, infame, vuestro nombre igual es hostil al bautizo vuestro. Con el acto más servil, traicionasteis vuestra abnegada servidumbre. Vuestro nombre, de un rapto, deshonró la otrora reputación que os ungía. Infame.
(Cae)
FLORA (acudiendo presurosa)
Señor. ¿Qué decís, qué os pasa?
ALFREDO
Un dístico, vieja infame… ay, mas mi muerte no rima con mi venganza… lejos estáis de que os ahorque…
FLORA
Ay, dios, el veneno fue trocado, lentamente cambio sitio, y tan filial fue su cercanía. Más contiguas son mis súplicas que las precauciones de un incestuoso homicida… tened misericordia de mí… sois la luz de Violeta, ella, para salvaros, os hallaría a oscuras. Con ella escaparéis mañana… Miradme, no me deis la espalda, que vuestros abrasadores ojos no aparten su lumbre de mis crudos argumentos. Escuchadme, no fue ella la que amputa vuestros lazos… En el vientre un lazo más fuerte, os vengará del tirano…
(Atrayéndolo a sí)
Escuchad… os traeré la devoción de vuestra amante; otra dosis del antídoto vendrá con las artes del desvelo… Calmad vuestro ardor, si el veneno ha demorado en el punto en que la prisa de encontraros tan tarde me trajo a vos, es porque de cierto os salvaréis en el ocaso del enemigo. En dulces brazos, cuya ausencia me amarga, despertaréis…
(Sale Flora. Oscurece)
Escena 3
ALFREDO (delirando)
Violeta, lanzas despuntan en flor… Un reino de mañana… un reino que… Una daga os predigo para vuestro seno… La empuño por última vez, con fiereza tiembla en mi mano, póstumamente le empuño como hubiera empuñado el cetro… decidme… No, no, no supe si era su beso aquel roce que enumeraba mis labios, o si era una cifra impar que prolongaba el ruinoso testamento de mi boca. No supe si dormía sobre mis labios que antes por nada habían de blasfemar, o si era su homicida sueño que besaba ésta, mi piadosa boca con la cual le rendí juramento… Hombres pintarrajeados los veo venir… en mi profecía deliran… y se pintan con los colores de mi fiebre… quién sois, quién anda tan temprano, ¿la que tarde llega? O más bien venís a corroborar mi fin… Veníos, que tiemblo con la daga… y llegáis temprano…
(Entran Violeta y Flora)
VIOLETA (se echa al regazo de su amante, le hace empuñar la daga)
Tomaos, pues, de ese fiero báculo y tantea en mí la verdad, pues verdaderamente os amo y el báculo de vuestra ceguera aquí, en mi seno, es el cetro que el puño mío no reñiría. Venid, que no soy vuestra enemiga. Jamás os malograréis ante mis cuidados… jamás, que es cuanto he de profetizar a vuestros enemigos. Ay, las palabras, aun en defensa vuestra, me traicionan…
(Estalla en sollozo)
Señor, por él fuimos timados. Mi veneno era veloz, mas por su deletérea arte lo redujo en el letargo, no sé si maldecir la mora que os dio alcance en vuestra inocencia o si bendecir ese rezagado punzón, cuya tardanza, ay, escolte la cura. Ah, hora aciaga que pende de su cenit…
(Pausa. Sollozando.)
Mirad, mujer, como la ponzoña se ha vuelto en contra…
(Severamente)
¿No fuisteis vos, quien extraviada como una abeja palaciega, inoculasteis el veneno de mi miel? ¿No instruisteis la rima infalible con la temerosa servidumbre de volveros contra vuestro señor? Mirad, que temerario equivoco refuta vuestros dones; mirad cómo me afligís con la embajada de vuestra locuaz demora. ¿Acaso dejasteis que un desprevenido cocinero improvisara, a la sazón del infame, la sazón de otra dosis y otro escaño?
FLORA
Tales dudas, niña, también me afligen, mas, estando contenidas en vuestras preguntas, os respondo con el amor que jamás os ha sido infiel. De cierto que no se me ocurre cómo pudo trocarse las rimas. No sé qué lira aguzo los dardos en otra dirección… filial. Pero de cierto os digo, y aun me guardo de sus móviles, que Godofredo no computó tal cifra adversa.
VIOLETA (ensimismada)
Callaos, mujer… que vuestra garganta de corneja no proclame vuestro pecado…
(Atusando los cabellos de su amante)
Ay, si al menos su silencio os arrancará la voz unida con la maldad que la produce.
FLORA (sollozando)
Niña, me laceráis; pero pisadme que mis heridas besan vuestros santos pies. A fe que él no morirá. Si mi subrepticio trámite en la cocina aderezó por yerro a vuestras lágrimas, de cierto que yo misma, ya sin mora, os he de indemnizar todo lo más que os haya afligido, así tenga que guisar el llanto de un dios severo para sostener la vera de tal juramento. Niña, conozco una bruja que doncella fue de un rey… muchas fueron las mañas que unas vecinas aprendieron de ella, y todas las argucias que aventajan a sus pupilas os servirán para libraros de este trance. Ahora, en los auspicios de este ulular, salgo a buscarla… ya os traeré vuestra salvadora, así no salve mi alma en el encargo.
(Sale)
VIOLETA (apremiante)
Sí, sí, sí… Anciana diligente, que Dios os acompañe en el camino de vuestra perdición. Marchaos, vieja… ganad la bendición que os tribute un guiño a vuestra alma perdida.
(Volviéndose al regazo de su amante)
Como el fugaz vuelo de un pájaro, labrasteis un río con vuestra vida. A mi vida como labriego distéis vigor. Ahora, un mal vino, turnándose de bruces, rebasa impunemente el brindis del cauce. ¡Qué importa los cálculos, más allá de los signos! ¡Qué importa las rimas, si allá está el crepúsculo como braza, mirad que arde en la ciénega, es alba de cenizas ulteriores! ¡Oh, ciénega de recuerdos, de verdades y caras! ¿Qué tan cara cotiza la efigie su arenga, y cuánto la nariz que respira flores babosas? Vos estáis tendido en la sombra de una luna clara, y sobre la vuestra… una luna mas rutilante me turba. La memoria huye al veros tan pálido, señor. Yo, sin embargo, os recuerdo vuestro juramento. No dejéis que la muerte clave vuestra “eternidad” al patrón de una mortaja ajena. Dejad que los cobardes síntomas, apremiantes en corromper vuestro reposo, huyan por donde sus vellos erizados indiquen, no le retengáis por fuerza de vuestro coraje. Que huyan de horror, de miedo… quedaos, mi valiente. Cuidad que mi coraje os sea cómplice. Ah, con qué ceguera nuestro propio veneno haya el atajo que nos mata…
(Oscurece)
Escena 4
(Alrededor de Alfredo)
VIOLETA (interpelando)
Contestadme con vuestro nombre.
(Entra Flora y Quirima)
FLORA
Violeta, entre las enredaderas que antaño mi imaginación alcanzaba a discernir, os encontré a quien conmutará la pena vuestra por la mía. Esta anciana, docta en mezclar un mundo cuya promiscuidad es hostil, también conjura los rescoldos de enfermedades venideras y aviva la ceniza de males pasados. Confiad en que su arte aventaja al mío.
QUIRIMA
Buscaba una vid, en cuya raíces plantar una planta espinosa; suerte tenéis de encontrarme en la flor de mis viejas plantas.
VIOLETA
Venid, venerable mujer, socorred a mi amado. Mirad que la muerte compite con vuestras virtudes y con ardid os ha tomado ventaja. Venid, poned sobre su pecho un corazón de ruiseñor enamorado, ungid su frente con los óleos de una encina, hacedlo despertar con el pestañeo de un águila, sacrificad el fruto primogénito de una piadosa castidad. Decidme cuántas noches de luna debo amantarle; ay, mujer, colegid a vuestro repertorio las lágrimas que vierto en esta hora aciaga…
QUIRIMA (con senil parsimonia)
Hasta este sitio bien le puede dar alcance la muerte, en una puesta tan rezagada no puede yacer; cerca está de la fogosa alba que un fin principia para perderle. Sí, la muerte le persigue, ya tatúa el revés de un ombligo. Mas de cierto que si lo lleváis lejos, sólo los cuidados de mi cura se allanarían a ras de su rozagante piel. Calmaos, señoras. No temáis, no morirá.
FLORA
¿Adónde ha de llevársele?
VIOLETA
Donde haya de ser, ya en el sitio mis esperanzas me esperan. Démonos prisa…
(Aparte)
Aunque por auspicio del mal, que el bien nos premie.
QUIRIMA
Debemos llevarle a mi cubil. Es un altar lejano adonde la muerte sólo llega para rezar. Estará bien, el bálsamo del camino le aliviarán. Allá lo dejaréis, que antes de que el sol centre el cielo de mañana, os buscará con sus propios pasos. Tomadlo, pues…
FLORA (aparte)
Es la cruz de mi desdicha, mi niña…
VIOLETA
Dulce peso, endulzadme con vuestra cura…
QUIRIMA (aparte)
Como pesa la amarga venganza.
(Salen. Oscurece)
Escena 5
(En el bosque, allí el cadáver de Alfredo)
QUIRIMA (echando repollos en el caldero)
¿Es un hombre belicoso el que quiere ser salvado? ¿Quién toca la puerta de mi cubil con sus huesos? ¿Ya muere quien quiere que una mujer le quiera tan vívido como ella vive? ¿Es simpático el señor? ¿Ceñís ceño como un culo senil? Pues no me guiñéis así, que me caga veros tan serio. ¿Qué le decís al espejo que empañáis? Si pudierais ver el hervor de esta caldero, responderíais cuando menos una pregunta a la cocinera que os está interpelando. ¿Sabéis que mermo en este cacharro una cucharada vuestra? No sé si también tengo que recordaros vuestra memoria con el mismo oloroso veneno que bebisteis. De tan allá se llega sin recordar el acá, acaso acaecido antes de volver a caer en suerte. Os hubimos traído a rastras, hombre. Un trío de mujeres os trajo, un trío que a dúo os lloraba, pues yo en silencio completaba otro dúo. ¿Vuestra absorta duda no